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Los 67 artículos de Zuinglio

Por Ulrico Zuinglio (1484-1531)

Los artículos y opiniones que siguen, yo, Ulrico Zuinglio, confieso haberlos predicado en la digna ciudad de Zúrich como basados en las Escrituras que son llamadas inspiradas por Dios, y me comprometo a proteger y conquistar con dichos artículos, y donde no haya entendido correctamente dichas Escrituras, dejaré que se me enseñé de una mejor manera, pero solo a partir de esas Escrituras.

I. Todos los que dicen que el evangelio es inválido sin la confirmación de la Iglesia erran y calumnian a Dios.

II. La suma y sustancia del evangelio es que nuestro Señor Jesucristo, el verdadero Hijo de Dios, nos ha dado a conocer la voluntad de su Padre celestial, y con su inocencia nos ha librado de la muerte y nos ha reconciliado con Dios.

III. De ahí que Cristo sea el único camino de salvación para todos los que han sido, son y serán.

IV. Erra quien busca o señala otra puerta; aún más, este es un homicida de almas y un ladrón.

V. Por lo tanto, erran todos los que consideran otras enseñanzas como iguales o superiores al evangelio. Estos no conocen dicho evangelio.

VI. Porque Jesucristo es el guía y líder prometido por Dios a todos los seres humanos; promesa que fue cumplida.

VII. Que es la salvación eterna y la cabeza de todos los creyentes, los cuales son su cuerpo, pero este sin él está muerto y no puede obrar cosa alguna.

VIII. De esto se sigue que todos los que permanecen en la cabeza son miembros e hijos de Dios, y que esta es la Iglesia o la comunión de los santos; la esposa de Cristo; la Iglesia Católica.

IX. Además, que así como los miembros del cuerpo no pueden hacer nada sin el control de la cabeza, así nadie en el cuerpo de Cristo puede hacer algo sin su cabeza, esto es, Cristo.

X. Así como está loco el hombre cuyos miembros intentan hacer algo sin su cabeza, desgarrándose, hiriéndose y lesionándose a sí mismo, así cuando los miembros de Cristo emprenden algo sin su cabeza (Cristo), enloquecen y se lesionan y cargan a sí mismos con necias ordenanzas.

XI. De ahí que veamos en las llamadas ordenanzas clericales, en lo que respecta a su esplendor  (riquezas, clases, títulos y leyes), una causa de todas sus necedades, puesto que no son conformes a la cabeza.

XII. Así pues, aún se encolerizan, no por causa de la cabeza (pues esta, por la gracia de Dios, está ansiosa por elevarse en estos tiempos), sino porque no se les permite encolerizarse, sino que se intenta forzarlos a que escuchen a la cabeza.

XIII. Donde esta cabeza es escuchada se aprende clara y llanamente la voluntad de Dios, y por su Espíritu el hombre es atraído hacia él y es transformado según él.

XIV. Por lo tanto, todo el pueblo cristiano debe emplear su mejor diligencia para que el evangelio de Cristo se predique por igual en todo lugar.

XV. Porque en la fe descansa nuestra salvación, y en la incredulidad nuestra condenación; pues toda la verdad es clara en el evangelio.

XVI. En el evangelio se aprende que las doctrinas y los decretos humanos no ayudan a la salvación.

XVII. Que Cristo es el único sumo sacerdote eterno; de lo que se sigue que quienes se han llamado a sí mismos «sumos sacerdotes» se han opuesto al honor y el poder de Cristo; aún más, lo rechazan.

XVIII. Que Cristo, habiéndose sacrificado una vez, es hasta la eternidad un sacrificio seguro y válido por los pecados de todos los fieles, de lo que se sigue que la misa no es un sacrificio, sino un memorial de aquel sacrificio y una garantía de la salvación que Cristo nos ha dado.

XIX. Que Cristo es el único mediador entre Dios y nosotros.

XX. Que Dios quiere darnos todas las cosas en su nombre; de donde se sigue que fuera de esta vida no necesitamos más mediador que él mismo.

XXI. Que cuando oramos unos por otros en la tierra, lo hacemos de tal manera que creemos que todas las cosas nos son dadas solo por Cristo.

XXII. Que Cristo es nuestra justicia; de donde se sigue que nuestras obras son buenas en tanto son de Cristo, pero en tanto son nuestras no son ni rectas ni buenas.

XXIII. Que Cristo desprecia la comodidad y la pompa de este mundo; de donde se sigue que quienes acumulan riquezas en su nombre lo calumnian terriblemente cuando lo convierten en un pretexto para su avaricia y perversidad.

XXIV. Que ningún cristiano está obligado a hacer aquellas cosas que Dios no ha decretado; por lo tanto, se puede comer en cualquier tiempo todos los alimentos. De esto se ve que el decreto sobre el queso y la mantequilla es una falsedad romana.

XXV. Que el tiempo y el lugar están bajo la jurisdicción de los cristianos, y no al revés; de donde se ve que quienes fijan el tiempo y el lugar privan a los cristianos de su libertad.

XXVI. Que nada disgusta tanto a Dios como la hipocresía; de lo cual se ve que es una burda hipocresía y despilfarro lo que es un mero espectáculo ante los hombres. Bajo esta condena están las ropas, las insignias, las tonsuras, etc.

XXVII. Que todos los hombres cristianos son hermanos de Cristo y hermanos entre sí, y que no deben inventarse ningún padre en la tierra. Bajo esta condena están las órdenes, sectas, hermandades, etc.

XXVIII. Que todo lo que Dios ha permitido, o no ha prohibido, es justo, por lo que el matrimonio se permite a todos los seres humanos.

XXIX. Que todos los conocidos como clérigos pecan cuando no se protegen con el matrimonio después de haber tomado conciencia de que Dios no les ha capacitado para permanecer castos.

XXX. Que los que prometen la castidad [fuera del matrimonio] tonta o infantilmente asumen una gran carga; de lo cual se ve que quienes hacen tales votos hacen también injuria a los piadosos.

XXXI. Que ninguna persona especial puede imponer la excomunión a nadie, sino solo la Iglesia, es decir, la congregación entera de aquellos entre los que convive quien debe ser excomulgado, junto con su guardián, es decir, el pastor.

XXXII. Que solo se puede excomulgar a quien comete una ofensa pública.

XXXIII. Que los bienes adquiridos injustamente no se deben dar a los templos, monasterios, catedrales, clérigos o monjas, sino a los necesitados, si es que estos no pueden ser devueltos a sus legítimos propietarios.

XXXIV. El llamado poder espiritual no tiene justificación para su pompa en la enseñanza de Cristo.

XXXV. Pero el poder laico tiene su autoridad y confirmación en la obra y doctrina de Cristo.

XXXVI. Todo lo que el llamado poder espiritual pretende poseer y proteger en realidad pertenece al poder laico, si es que este es cristiano.

XXXVII. Además, todos los cristianos, sin excepción, deben obediencia al poder laico.

XXXVIII. En la medida en que no ordene lo que es contrario a Dios.

XXXIX. Por lo tanto, todas sus leyes deben estar en armonía con la voluntad divina, de modo que protejan al oprimido, aunque este no presente una queja.

XL. Solo este poder podrá dar muerte con justicia, y esto solo a quienes cometan una ofensa pública (si Dios no es ofendido que se ordene otra cosa).

XLI. Si ofrecen buen consejo y ayuda a aquellos por los que deben rendir cuentas a Dios, entonces estos, a su vez, les deben el mantenimiento corporal.

XLII. Pero si son infieles y transgreden las leyes de Cristo pueden ser depuestos en nombre de Dios.

XLIII. En resumen, es mejor y más estable el reino de quien gobierna únicamente en nombre de Dios, y es peor y más inestable el de quien gobierna según su propia voluntad.

XLIV. Los verdaderos suplicantes invocan a Dios en espíritu y en verdad, sin gran alboroto ante los hombres.

XLV. Los hipócritas obran para ser vistos por los hombres, por lo que reciben su recompensa en esta vida.

XLVI. De ahí debe seguirse siempre que el canto y clamor en la Iglesia sin devoción, y solo para obtener recompensas, es buscar fama o ganancia ante los hombres.

XLVII. Un hombre debe sufrir la muerte corporal antes de ofender o escandalizar a un cristiano.

XLVIII. Quien por su necedad o ignorancia es ofendido sin causa, no debe ser dejado enfermo o débil, sino que debe ser fortalecido, a fin de que no considere como pecado lo que no es pecado.

XLIX. No conozco mayor ofensa que la de no permitir a los sacerdotes tener esposas, pero sí permitirles contratar prostitutas. ¡Qué vergüenza!

L. Solo Dios remite el pecado por medio de Jesucristo, su Hijo y nuestro solo Señor.

LI. Quien asigna esto a los seres creados resta honor a Dios y se lo da a quien no es Dios. Esto es verdadera idolatría.

LII. De ahí que la confesión que se hace al sacerdote o al prójimo no debe ser tenida como una remisión del pecado, sino solo como una búsqueda de consejo.

LIII. Las obras de penitencia procedentes del consejo de los hombres (excepto la excomunión) no cancelan el pecado, sino que se imponen como una advertencia para los demás.

LIV. Cristo ha llevado todas nuestras penas y trabajos. Por lo tanto, quienquiera que asigna a las obras de penitencia lo que pertenece a Cristo, erra y calumnia a Dios.

LV. Quien pretende remitir a un penitente algún pecado, no es vicario de Dios ni de San Pedro, sino del diablo.

LVI. Quien remite algún pecado solo por dinero es compañero de Simón el Mago y Balaam, y el verdadero mensajero del diablo en persona.

LVII. Las verdaderas y divinas Escrituras no dicen nada de un purgatorio después de esta vida.

LVIII. La sentencia de los muertos solo la conoce Dios.

LIX. Y cuanto menos nos ha hecho saber Dios con respecto a ella, menos debemos intentar conocerla.

LX. No condeno que la humanidad pida encarecidamente a Dios que tenga misericordia de los muertos, pero determinar un período de tiempo para ello (como siete años para un pecado mortal), y mentir por ganancia, no es humano, sino diabólico.

LXI. Con respecto a la forma de consagración que han recibido los sacerdotes en los últimos tiempos nada dicen las Escrituras.

LXII. Además, las Escrituras no reconocen a ningún sacerdote sino solo a los que proclaman la palabra de Dios.

LXIII. Asimismo, las Escrituras ordenan que a estos se les rinda honor, es decir, que se les proporcione el alimento para el cuerpo.

LXIV. A todos los que reconozcan sus errores no se les debe forzar a sufrir, sino que se les debe permitir morir en paz, y entonces arreglar cristianamente sus legados para la Iglesia.

LXV. Dios tratará con aquellos que no quieran confesarse. Por lo tanto, no se debe usar ningún fuerza contra sus cuerpos, a no ser que se comporten tan criminalmente que no se pueda prescindir de ello.

LXVI. Todos los principales clérigos deben humillarse de inmediato, y con unanimidad deben erigir la cruz de Cristo, no las arcas de dinero, o de lo contrario perecerán, puesto que ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles.

LXVII. Si alguien desea conversar conmigo sobre los intereses, los diezmos, los niños no bautizados o la confirmación, estoy dispuesto a hacerlo.

Que nadie se empeñe en discutir con sofismas o necedades humanas, sino que antes venga a las Escrituras para aceptarlas como el juez (pues las Escrituras exhalan el Espíritu de Dios), a fin de que se descubra la verdad, y si se descubre, como espero, que se retenga. Amén.

Lo anterior ha sido tomado de Selected Works of Huldrich Zwingli (1484-1531), ed. Samuel Macauley Jackson (Philadelphia: University of Pennsylvania, 1901). Rogamos que cualquier copia o distribución de este material se haga junto con el debido reconocimiento a Irenismo Reformado.