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Confesión Tetrapolitana

Artículo I.

De dónde se deben extraer los sermones.

1. En primer lugar, al suscitarse una controversia entre los doctores acerca de ciertos artículos de la doctrina cristiana, estando el pueblo, junto con nosotros, peligrosamente dividido a causa de predicaciones contrarias, ordenamos a nuestros predicadores que en lo sucesivo no mencionaran al pueblo, en ningún sermón, nada que no se enseñara en las Escrituras de Dios, o que no tuviera un fundamento seguro en ellas, tal como se decretó públicamente en la Dieta celebrada en Núremberg en el año 1522; lo cual, además, es también la opinión de todos los santos Padres. Por tanto, viendo que San Pablo escribe que «la Escritura dada por inspiración de Dios es útil para enseñar, perfeccionar, corregir e instruir, a fin de que el hombre de Dios sea hecho completo y perfecto para toda buena obra» (2 Tim 3, 16-17), no podíamos determinar otra cosa sino que era conveniente que también nosotros, estando en peligro de cisma, acudiéramos a la Sagrada Escritura, a la que en tiempos pasados no solo los santos padres, obispos y príncipes, sino también los hijos de Dios en todo lugar, en semejante situación, han recurrido siempre. Porque San Lucas atestigua, no sin un singular elogio a los bereanos, que ellos compararon el evangelio que habían oído del Apóstol con la Escritura, y que lo examinaron. Pablo también advierte a su aprendiz Timoteo que se ejercite diligentemente en las Escrituras (2 Tim 3, 14), y esta santa Escritura era tenida en tan alta estima por todos los santos obispos y doctores, que ningún obispo deseaba que se obedecieran sus ordenanzas, ni ningún doctor sus escritos, si no los habían aprobado mediante ella. Y, ciertamente, viendo que San Pablo testifica claramente que por la santa Escritura el hombre de Dios es hecho completo y perfecto para toda buena obra (2 Tim 3, 16-17), ninguna parte de la verdad cristiana y de la sana doctrina puede faltarle a quien, con todas sus fuerzas, se esfuerza por seguir y abrazar la Escritura de Dios.

2. Desde que los sermones empezaron a ser extraídos de las santas Escrituras de Dios, y cesaron aquellas mortíferas contiendas, tantos como fueron movidos por algún deseo de la verdadera piedad, obtuvieron un conocimiento mucho más certero de la doctrina de Cristo, y la expresaron fervorosamente en su modo de su vida. Y así como se apartaban de las cosas que se habían introducido perversamente en la doctrina de Cristo, así cada vez más eran confirmados en las cosas que son totalmente acordes con ella. De este tipo son los artículos que la Iglesia Cristiana ha creído firmemente hasta ahora con respecto a la santa Trinidad, a saber, que Dios el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una esencia y tres personas, y no admiten otra división o diferencia que la distinción de personas.

Lo anterior ha sido tomado de The Harmony of Protestant Confessions, ed. Peter Hall (versión digital de Internet Archive, 2011). Rogamos que cualquier copia o distribución de este material se haga junto con el debido reconocimiento a Irenismo Reformado.