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Cómo empezar y terminar una oración (san Ambrosio)

San Ambrosio, Padre de la Iglesia y obispo de Milán durante el siglo IV, hizo una breve explicación del Padrenuestro como parte de la instrucción a los catecúmenos recién bautizados de su iglesia1Esta se encuentra en su obrita De sacramentis, que no fue escrita por Ambrosio sino transcrita por un taquígrafo durante la instrucción del obispo a los catecúmenos.. En ella se propone enseñarles sobre cómo deben orar, o sobre cómo deben dirigirse a Dios en sus oraciones personales y privadas.

Algo interesante de su explicación es la división a seguir que presenta para la oración. Él dice: «La primera parte de la oración debe contener la alabanza a Dios, la segunda la súplica, la tercera la petición y la cuarta la acción de gracias»2Ambrosio de Milán, Los sacramentos, vol. 65 en Biblioteca Patrística (Ciudad Nueva, 2005), pp. 135-36.. Esta división de Ambrosio se inspira en el mismo Padrenuestro, pero también en las siguientes palabras del apóstol Pablo, donde éste presenta cuatro partes de la oración: «Exhorto, pues, ante todo, que se hagan oraciones, súplicas, peticiones y acciones de gracias» (1 Ti 2:1). Ya Orígenes había adoptado estas cuatro partes paulinas en su De oratione, de donde Ambrosio también se basa. En cualquier caso, tanto en Orígenes como en Ambrosio la alabanza a Dios es la primera parte de la oración, y es en ésta parte que quiero enfocarme aquí.

Que la alabanza a Dios es la primera parte de la oración es algo que Ambrosio prueba positivamente por la Escritura. En primer lugar, muestra que «la oración dominical» comienza con una alabanza a Dios: «Padre nuestro que estás en los cielos» (Mt. 6:9). Explica Ambrosio: «Alabanza de Dios es llamarle Padre; en Él está la gloria de la bondad paterna. Es alabar a Dios decir que habita en los cielos, no en la tierra»3Ibid., p. 136.. En segundo lugar, señala que la oración en el salmo 8 comienza con la alabanza cuando dice: «¡Oh, Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!» (Sal. 8:1).

Ambrosio también apela a la experiencia común para mostrar que es algo sensato empezar por la alabanza en la oración. Si fuésemos a pedirle algo a alguien ciertamente no empezaríamos por la petición: «Dime, si quieres rogar a un hombre y empiezas así: “¡Dame! He aquí lo que te pido”. ¿No te parece arrogante la petición? Por eso, la oración debe comenzarse por la alabanza a Dios, para rogar a Dios omnipotente, a quien todo es posible y tiene la voluntad de escuchar tu petición». Por supuesto, cuando vamos a pedir un favor a alguien no tenemos que alabarlo primero, pero por lo general sí se requiere cierta cortesía inicial, que se demuestra al menos en un saludo cordial, ya que de otro modo seríamos considerados groseros. En el caso de Dios nuestra ‘cortesía’ para con Él es empezar por su alabanza antes que por nuestra petición, ya que hasta humanamente hablando se consideraría una ofensa empezar por la petición.

La razón de comenzar por la alabanza la resume Ambrosio en una frase: «Cuando oras te conviene anteponer las cosas divinas a las humanas»4Ibid., p. 134.. En otras palabras, primero va la alabanza divina y luego la petición humana. Comenzar por la petición no es solo grosero y arrogante, sino también, dice Ambrosio, manifiesta nuestra avaricia y gula. Exhorta fuertemente Ambrosio: «No debes, como un hambriento de comida, empezar por la comida, sino que antes debes comenzar por la alabanza de Dios»5Ibid., p. 136.. Y es que a menudo no solo empezamos erróneamente por la petición antes que por la alabanza, sino que también empezamos pidiendo cosas materiales y terrenales antes que espirituales y celestiales. Pero como Ambrosio y otros Padres enseñaron, cuando pedimos: «El pan nuestro de cada día dánoslo hoy», pedimos principalmente por el pan espiritual de vida, que es Cristo, del que nos alimentamos por la Palabra y la eucaristía.

Finalmente, Ambrosio cree que así como se empieza por la alabanza se debe terminar por la alabanza: «Así como empezó con las alabanzas de Dios, así, cada uno de nosotros debe concluir con las alabanzas de Dios y la acción de gracias». Esto parecería contradecir su división inicial, la cual tiene a la acción de gracias como la última parte de la oración. Pero lo que realmente hace Ambrosio es incorporar la alabanza a la acción de gracias. Esta incorporación se puede ver en el mismo salmo 8 que Él ya ha mencionado y que divide en cuatro partes. Para Ambrosio la parte final de la acción de gracias comienza en el verso 6 y va hasta los versos finales, los cuales son todos un reconocimiento de los dones y beneficios que Dios ha otorgado al hombre. Pero lo interesante es que el último verso 9 es una repetición de la alabanza inicial del salmo (v. 1) que ya Ambrosio había identificado como la parte de la alabanza: «¡Oh, Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!». Tenemos, entonces, en el mismo salmo 8 la incorporación de la alabanza en la parte final de la acción de gracias, tal como Ambrosio sugiere que hagamos. De hecho, el terminar la oración con la alabanza era parte de la liturgia en la iglesia de Milán en tiempo del obispo milanés. Luego de la recitación dominical del Padrenuestro, se concluía con una doxología a la Trinidad, la cual decía así:

«POR NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, EN QUIEN Y CON QUIEN POSEES HONOR, ALABANZA, GLORIA, MAGNIFICENCIA Y PODER CON EL ESPÍRITU SANTO, POR LOS SIGLOS Y AHORA Y SIEMPRE Y POR TODOS LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS. AMÉN6Ibid., p. 137.».

Notas:

  1. Esta se encuentra en su obrita De sacramentis, que no fue escrita por Ambrosio sino transcrita por un taquígrafo durante la instrucción del obispo a los catecúmenos.
  2. Ambrosio de Milán, Los sacramentos, vol. 65 en Biblioteca Patrística (Ciudad Nueva, 2005), pp. 135-36.
  3. Ibid., p. 136.
  4. Ibid., p. 134.
  5. Ibid., p. 136.
  6. Ibid.
  7. Ibid., p. 137.

Estudiante de teología (Lic., Universidad Católica de Oriente). Traductor de literatura teológica y editor de Irenismo Reformado y Agustinismo Protestante.

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