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Advertencias contra la negación del bautismo infantil

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Cuando aún era bautista particular, recuerdo haber estudiado y comparado las confesiones de fe de Westminster (1646) y Londres (1689) con respecto al tema del bautismo infantil, así como haber leído algunos libros modernos al respecto. En última instancia la discusión me parecía irrelevante e indiferente. Afirmar o negar el bautismo infantil no parecía tener ninguna implicación importante. Además, de modo personal tampoco parecía tener relevancia. ¿Para qué preocuparme por una doctrina que no tiene relación con mi estado actual de vida? ¡Ni siquiera tengo hijos que bautizar! Gracias a Dios que hasta entonces no había visitado iglesias ‘presbiterianas’, porque mi percepción de que el bautismo infantil era irrelevante e indiferente se hubiese fortalecido más.

No fue hasta que comencé a leer a san Agustín, y sobre los teólogos reformados del periodo de ortodoxia y los primeros bautistas particulares, que mi percepción cambió. Entonces descubrí que la negación del bautismo infantil tiene implicaciones importantes y negativas para la doctrina e historia de la Iglesia. Considerarlas honestamente me ayudó a ver la discusión y los argumentos teológicos bajo una nueva luz. A continuación compartiré 3 de estas implicaciones. Asumiré aquí un lector familiarizado con los argumentos teológicos a favor y en contra, así como el hecho de que el bautismo infantil es una práctica piadosa conforme a la Palabra de Dios y entregada por los apóstoles a la Iglesia. Comencemos.

Implicaciones de la negación del bautismo infantil:

  1. Oposición a la práctica histórica y universal de la Iglesia cristiana. El bautismo infantil fue practicado por toda la Iglesia desde sus inicios. Entre los testimonios más antiguos de esta práctica tenemos los de Ireneo de Lyon, Tertuliano, Orígenes y Cipriano entre los siglos II y III. Agustín dio también testimonio de la historicidad y universalidad de dicha practica: «La costumbre de la madre Iglesia de bautizar a los niños jamás debe ser reprobada. De ningún modo debe ser juzgada superflua. Y debe sostenerse y creerse como tradición apostólica» (Del Génesis a la letra, X, 23, 39). Asimismo, esta fue la práctica común de la Iglesia medieval y de la protestante (tanto reformada como luterana). De hecho, una negación y oposición férreas al bautismo infantil no se vio en la Iglesia hasta el siglo XVI con la reforma radical de los anabautistas. Aunque la práctica histórica y universal de la Iglesia no es en última instancia determinante, no obstante, como dice Juan Calvino, «el común acuerdo de la Iglesia no es cosa de poca importancia» (Institución I, VIII, 12). De igual modo, oponerse a la práctica histórica y universal de la Iglesia de bautizar a los niños no es cosa de poca importancia. Al menos esto debería hacer que se reconsidere la posición propia. La Confesión de Westminster, al igual que la misma Confesión de Londres, aprueban este proceder cuando afirman que podemos ser movidos e inducidos por el testimonio histórico y universal de la Iglesia con respecto a alguna creencia o práctica (De la Sagrada Escritura I, 3).
  2. Negación del bautismo de la Iglesia histórica y universal. La negación del bautismo infantil es igual a afirmar que gran parte de la Iglesia cristiana histórica no ha sido bautizada, ya que al menos desde la edad dorada de la patrística (ss. IV-V) el bautismo infantil se convirtió en la practica bautismal más común entre las naciones cristianizadas. Millones de cristianos, entonces, a lo largo de los siglos, habrían vivido y muerto sin el verdadero bautismo cristiano, cosa que a todas luces es absurda. Los reformadores, en cambio, creyeron que el bautismo de Cristo había sido preservado siempre en la Iglesia por Dios mismo, incluso en sus peores tiempos y a pesar de las corrupciones humanas, como un testimonio del evangelio y la gracia de Dios en medio de ella. Dios no se ha dejado a sí mismo sin testimonio, y mucho menos ha dejado desprovistos a sus santos del sacramento de la regeneración y entrada a la Iglesia.
  3. El rebautismo. La práctica de rebautizar va de la mano con la negación del bautismo infantil, ya que negarlo supone que no hay verdadero bautismo y que se requiere uno nuevo. Hoy en día el rebautismo se realiza principalmente con personas bautizadas en la Iglesia de Roma, que, al convertirse en su adultez a iglesias neoevangélicas, son rebautizadas por considerarse inválido su primer bautismo en la niñez. En cambio, las primeras iglesias evangélicas confesaban: «Debido a que algún rastro de la [verdadera] Iglesia queda en el papado, y la virtud y sustancia del sacramento permanecen, y como la eficacia del bautismo no depende de la persona que lo administra, confesamos que aquellos bautizados en ella no necesitan un segundo bautismo» (Confesión de Francia, 1559, XXVIII). El rebautismo fue condenado por la Iglesia cristiana desde los primeros siglos. Agustín fue el mayor combatiente de esta práctica contra los donatistas, quienes rebautizaban a todos los que dejaban el cristianismo católico y se unían a su secta, ya que consideraban que eran la iglesia pura con el verdadero bautismo. En cambio, Agustín enseñó que el bautismo es único, irrepetible y permanente: «No pueden ser bautizados por segunda vez los que una vez lo fueron» (Exposición incoada de la epístola a los romanos, 19). El rebautismo de los donatistas fue condenado oficialmente en la Conferencia de Cartago del año 411. Los reformadores, así como Agustín y la Iglesia antigua, condenaron y combatieron el rebautismo de los anabautistas o catabautistas de su tiempo, los cuales negaban el bautismo infantil y rebautizaban a todos los adultos que se convertían a su secta. Martín Lutero los refutó en su Sobre el rebautismo (1528), y Ulrico Zuinglio en su Refutación contra los trucos de los catabautistas (1527). Juan Calvino, en su Institución (4.1.13), los comparó con los donatistas del tiempo de Agustín.

Las implicaciones presentadas aquí son eclesiológicas e históricas, no teológicas; por lo tanto, no pretendo que estas sean argumentos probatorios a favor del bautismo infantil, sino advertencias contra su negación. Mi intención, pues, no es probar el bautismo infantil, sino advertir la gravedad de su negación en términos históricos y eclesiológicos. Negar el bautismo infantil implica oponerse al común acuerdo de la Iglesia, invalidar buena parte del bautismo de Cristo en la Iglesia y anularlo mediante un segundo bautismo. Estas son implicaciones graves que cuando menos deben mover a quien niega el bautismo infantil a una reconsideración honesta de los argumentos teológicos de esta práctica a la luz de dichas implicaciones.

Estudiante de teología (Universidad Católica de Oriente). Editor de Irenismo Reformado y Agustinismo Protestante. Miembro de la Iglesia Presbiteriana 'Gracia y Verdad' (Medellín, Col).

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1 Response
  1. Anderson

    Muy buenas razones. Pienso que la negación del bautismo infantil también posee implicaciones en la vida práctica, tanto a nivel personal, familiar, y congregacional.

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