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La correcta veneración a los santos

El téologo reformado Zacarías Ursino abordó en su tiempo la distinción presentada por los teólogos romanistas de latría (λατρεια) y dulía (δουλoς) para justificar la veneración a los santos y distinguirla de la adoración de Dios. Dicha distinción es explicada por Ursino en una objeción que presenta como de un interlocutor romanista imaginario: 

«Los santos, por sus virtudes, deben ser honrados o con el culto de adoración (latría) o con el de veneración (dulía). Pero no es con el de adoración (latría) que deben ser honrados; porque esta forma de culto se debe solo a Dios, ya que le atribuye poder universal, providencia y dominio, cosas que solo se pueden atribuir a Dios. Por lo tanto, se debe veneración [dulía] a los santos, o aquel culto que les atribuimos por su santidad».

Ursino, por supuesto, rechaza esta distinción de adoración (latría) y veneración (dulía), ya que el cree que ambas cosas pertenecen únicamente al culto de Dios. Para probarlo cita varios lugares de la Escritura donde ambos términos griegos (latría y dulía) se usan para referirse a la adoración divina: 

«…la distinción que hacen entre el culto de adoración [latría] y veneración [dulía] no tiene fuerza, ya que no son diferentes formas de culto, sino una y la misma; tampoco pertenecen a los santos, ni a ninguna criatura, sino solo a Dios (…) Esta distinción que hacen no tiene importancia, ya que las palabras se usan indistintamente en el original [griego] para significar lo mismo, tanto en las Escrituras como en los escritores profanos. En cuanto a Dios se dice (Mateo 4:10): ‘Adorarás al Señor tu Dios, y solo a él servirás’. Aquí se usa la palabra griega latría. Y en Mateo 6:25 se dice: ‘No pueden servir a Dios y al dinero’, donde se usa la palabra dulía (…) De ahí que estas palabras en las que los papistas basan la distinción anterior no difieren, sino que expresan una y la misma cosa»1The Commentary of Dr. Zacharias Ursinus on the Heidelberg Catechism, trad. G. W. Williard (Synod of the Reformed Churches, 2004), p. 960-61..

Hasta aquí todo luce obvio y claro. Ursino, como todos los protestantes, se opone a la infame veneración romanista de los santos. No obstante, Ursino no se opone a todo tipo de veneración. En su respuesta a la objeción inicial, él dice:

«Además del culto de adoración [latría] y veneración [dulía], que es la distinción aquí hecha, hay otro tipo de veneración».

Aquí es donde las cosas se complican un poco. Vimos que Ursino rechaza la veneración de los santos, pero ahora nos habla de «otro tipo de veneración». ¿No es toda veneración igual? Aparentemente para Ursino no. La veneración que él rechaza es la veneración romanista basada en el término griego dulía, que, como vimos, él muestra que se usa en la Escritura para el culto divino. Además, en la práctica, por medio de esta veneración de dulía, Roma rendía a los santos culto divino, tal como se refleja en la invocación de ellos y en otras costumbres. En cambio, Ursino aprueba y promueve una ‘veneratio’ (así la llama en latín) muy distinta a la romanista. Llamémosla la veneración reformada. Esta veneración la define así:

«…hay otro tipo de veneración, la cual es apropiada para los santos, que consiste en el reconocimiento y la celebración de la fe, la santidad y los dones por los que se distinguieron, la obediencia a la doctrina que enseñaron y la imitación de sus vidas y su piedad…». 

Entonces, aunque Ursino y los reformados se oponían a la veneración romanista, admitían y reconocían que aun así hay una veneración que se debe a los santos:

«Esta veneración se debe a los santos, y no tenemos ningún deseo de quitársela, ya sea que estén vivos o muertos; sino que, más bien, de buena gana la atribuimos a ellos…».

Pero esta veneración no solo es reformada, sino que también es apostólica. Ursino se basa en un texto de Hebreos para probar la apostolicidad de dicha veneración. Observe cómo los rasgos esenciales de la veneración reformada (reconocimiento, celebración, obediencia e imitación) se encuentran explicita e implícitamente en el siguiente texto bíblico:

«Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe» Hebreos 13:7 (RVR1960).

Pero esta veneración no es solo reformada y apostólica, sino que también es católica. ¿Y qué mejor que un Padre de la Iglesia para probarlo? ¿Y quién mejor que san Agustín, doctor de la Iglesia Católica? Ursino presenta la siguiente sentencia agustiniana para confirmar la catolicidad de la veneración reformada y apostólica: 

«Con respecto a esta veneración dice Agustín: ‘Deben ser honrados por imitación, pero no por adoración'».

Esta sentencia de Agustín se encuentra en su obra De vera religione. En el contexto, Agustín está hablando de los ángeles, no de los santos; no obstante, al ser los santos criaturas como los ángeles, esta sentencia agustiniana aplica igualmente a ellos. La palabra que Agustín usa en el latín es honoramus (honramos), una especie de honra que es debida a las criaturas pero que se distingue del servicio y la adoración debidos a Dios, honra que se asemeja a la veneración reformada y apostólica presentada por Ursino. 

Hasta aquí, entonces, vemos que hay una veneración apostólica, católica y reformada de los santos que se diferencia ampliamente de la veneración romanista y que consiste en el reconocimiento, la celebración, la obediencia y la imitación de los cristianos, vivos o muertos, que se han destacado por su fe y obras piadosas durante esta vida. Pero ¿cómo luce esta veneración, especialmente en la vida y liturgia de la Iglesia? Bueno, aunque los reformados rechazamos la celebración supersticiosa e idolátrica de días de santos, admitimos que puede ser útil la conmemoración piadosa de ellos, como explica la Segunda Confesión Helvética (art. 24, 1566): «Concedemos que no es inútil en fechas determinadas, y en un lugar apropiado, recordar al pueblo, mediante piadosos sermones, que piense en los santos, presentándolos como ejemplos y modelos». Veneramos a los santos en la vida y la liturgia cuando los reconocemos, celebramos, obedecemos e imitamos, ya sea en nuestras conversaciones o sermones. Los veneramos leyendo sus biografías, estudiando sus obras, imitando sus vidas y hablándoles a otros de ellos para la edificación mutua.

Estudiante de teología (Lic., Universidad Católica de Oriente). Traductor de literatura teológica y editor de Irenismo Reformado y Agustinismo Protestante.

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