¿Qué es la presencia real? (William Perkins – 02)

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En un artículo anterior, se trató el modo sacramental de la presencia real según el teólogo reformado William Perkins (1558-1602). En este segundo artículo, se presentará otro modo, el espiritual, expuesto por el mismo teólogo en su tratado El católico reformado1A Reformed Catholic X en The Works of William Perkins, vol. 7 (Grand Rapids: Reformation Heritage Books, 2019)..

La segunda manera de la presencia de Cristo en la Cena, según Perkins, es «con respecto a los comulgantes, en cuyos corazones creyentes él también está realmente presente». Como ya se dijo, este es un modo de presencia espiritual, el cual para Perkins consiste en la comunión que los creyentes tienen con Cristo en la Cena:

«Tal como es la comunión en el sacramento, tal es la presencia, y por la comunión debemos determinar la presencia».

Según Perkins, en esta comunión Dios Padre da enteramente su Hijo:

«Dios Padre, según el tenor del pacto evangélico, da a Cristo en este sacramento real y verdaderamente (…) no por parte y de a poco (como solemos decir), sino el Cristo entero: Dios y hombre»2«God the Father, according to the tenor of the evangelical covenant, gives Christ in this sacrament as really and truly, as any thing can be given to man, not by part and piecemeal, (as we say) but whole Christ God and man»..

La manera en que Cristo entero es dado la explica así:

«En Cristo hay dos naturalezas: la divina y la humana. La divinidad no es dada en cuanto a la sustancia o esencia, sino solo en cuanto a la eficacia, los méritos y la operación que se transmite a la humanidad. Y, además, en este sacramento, la humanidad entera de Cristo es dada, cuerpo y alma, en este orden: en primer lugar, la humanidad misma es dada en cuanto a la sustancia, y ello realmente; en segundo lugar, los méritos y beneficios de la misma; a saber, la satisfacción hecha por y en la humanidad a la justicia de Dios. Y así la humanidad entera, con los beneficios de la misma, son dados entera y conjuntamente».

Esta última cita es bastante interesante y cristológicamente rica. En ella Perkins nos explica cómo es que en la Cena recibimos a Cristo entero, tanto su divinidad como su humanidad. Que en la Cena recibimos la humanidad es evidente. Pero ¿cómo recibimos la divinidad? A través de la humanidad, responde Perkins. Por supuesto, no recibimos la «esencia o sustancia» de la divinidad, como él bien aclara, sino su «eficacia, mérito y operaciones»; es decir, sus poderes y beneficios espirituales y salvíficos, los cuales han sido transmitidos a la humanidad por la unidad de la persona.  

Antes se ha dicho que nuestra recepción de la humanidad en la Cena es evidente. Cristo dijo que en la Cena comemos de su carne y sangre. Y obviamente su cuerpo y sangre pertenecen a su humanidad. Pero ¿qué tipo de recepción es esta? ¿Es una simplemente sacramental o hay algo más misterioso y místico involucrado aquí? Perkins nos dice que esta recepción de la humanidad de Cristo es doble: en cuanto a su sustancia y en cuanto a sus beneficios espirituales. Esto último es bastante claro y firme. En la Cena los beneficios propios de la humanidad de Cristo, como «la satisfacción hecha por y en la humanidad a la justicia de Dios», son sellados y asegurados para nosotros. Ahora, ¿qué significa esa recepción sustancial de la que Perkins habla? Creo que se refiere a que en la Cena participamos metafísica y espiritualmente de la sustancia humana de Cristo que se encuentra en el cielo. Esto no tiene nada que ver con una transformación sustancial del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo. En la tierra el pan y el vino siguen siendo sustancialmente pan y vino. Y aun así es verdad que en la Cena participamos de la sustancia de la humanidad de Cristo en el cielo. ¿Cómo es esto posible? A través del poder del Espíritu Santo. Solo quienes poseen el Espíritu tienen, a su vez, la verdadera fe que sirve como medio para disfrutar esta participación sustancial y espiritual de la humanidad de Cristo:

«…cuando Dios da a Cristo, también da al mismo tiempo el Espíritu de Cristo, que crea en el corazón del receptor el instrumento de la verdadera fe, por el cual el corazón recibe realmente a Cristo dado por Dios».

Por esta fe ascendemos espiritualmente al cielo, donde está la humanidad verdadera y entera de Cristo, y allí participamos sustancialmente de él junto con todos sus beneficios espirituales. Esta ascensión en la Cena se expresa en el conocido llamado litúrgico: «Eleven sus corazones», al que la congregación responde: «Los elevamos al Señor». De este llamado Perkins dice lo siguiente:

«Por estas palabras se exhortaba a los comulgantes [en la iglesia antigua] que dirigieran sus mentes y su fe a Cristo sentado a la diestra de Dios. Así dijo Agustín: Si celebramos la ascensión del Señor con devoción, subamos con él, y elevemos nuestros corazones. Nuevamente, los que ya han resucitado con Cristo en la fe y la esperanza son invitados a la gran mesa del cielo, a la mesa de los ángeles, DONDE ESTÁ EL PAN (Serm de Ascens. 1)».

No sabemos con profundidad cómo opera esta participación. Pero lo que sí sabemos es que esta no ocurre en los elementos o en el lugar de adoración, sino en los mismos corazones de los creyentes, en los que, a su vez, Cristo está espiritualmente presente por medio de dicha participación y comunión.

Estudiante de teología (Universidad Católica de Oriente). Editor de Irenismo Reformado y Agustinismo Protestante. Miembro de la Iglesia Presbiteriana 'Gracia y Verdad' (Medellín, Col).

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