John Owen sobre la adoración a la persona de Cristo

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Un elemento importante de la cristología de John Owen (1616-1683) es la distinción que hace entre el objeto formal y el objeto de culto al hablar de la adoración a Cristo. Para Owen, aunque ambos objetos van de la mano, deben ser distinguidos. El objeto de culto se refiere a aquello que es adorado, mientras que el objeto formal al por qué se adora, o a las razones o causas por las que se adora. Esta distinción la desarrolla ampliamente en uno de sus tratados cristológicos, a fin de responder, de manera clara y sencilla, a un argumento de los socinianos, los cuales sostenían que Cristo no tenía una naturaleza divina igual a la del Padre, sino una inferior, pero que aun así podía recibir adoración1Esto lo confesaron los socinianos en el famoso Catecismo Racoviano (1605). Sigo aquí la edición en inglés The Racovian catechism in Latin translation; with a prefixed Sketch of the History of Unitarianism in Poland, ed. Thomas Rees (1818), pp. 55 y 156.. Para Owen, si en Cristo no hay una naturaleza divina verdadera, entonces no hay razón legítima para adorarlo, y, de hecho, estaríamos adorando a un falso dios. Él argumenta esto así:

«La persona de Cristo es el objeto del honor y la adoración divina. El objeto formal y la razón de esto es la naturaleza divina, y sus infinitas excelencias esenciales. Porque estas no son más que el respeto al Ser Divino, el cual le es debido por todas las criaturas racionales, siendo regulado por la revelación e impuesto por las operaciones divinas. Por lo tanto, la persona de Cristo es principalmente el objeto del honor y la adoración divina a causa de sus excelencias y naturaleza divina. Y aquellos que, negando esa naturaleza en él, pretenden adorarlo con adoración divina y religiosa, no hacen más que adorar un becerro de oro erigido por ellos mismos; porque un Cristo que no está por encima de todo, y que no es Dios bendito para siempre, no es nada»2The Glory of Christ: Honour due to the Person of Christ-The Nature and Causes of it, IX (The Works of John Owen, Vol. 1: Banner of Truth Trust)..

El peso de este argumento se encuentra en que la adoración, en palabras de Owen, es adscribir atributos o excelencias divinas esenciales a aquello que se adora, lo cual es lo que hacen los seres racionales. Por lo tanto, que una criatura reciba tal honor es atribuirle dichas excelencias divinas y, por definición, ya no sería una criatura. De ahí que continúe diciendo:

«Y esto implica una contradicción: que cualquier criatura, bajo cualquier causa, sea el objeto inmediato y propio de la adoración divina; a menos que las excelencias divinas esenciales le sean comunicadas o transfundidas, por medio de lo cual dejaría de ser una criatura. Porque tal adoración no es más que la adscripción de las excelencias divinas a lo que así es adorado»3Ibíd..

Con esta distinción de objeto formal en mente, Owen entonces señala que adoramos a Cristo porque él es Dios; es decir, a causa de su naturaleza divina. Cualquier otra razón o causa sería ontológicamente ilegítima. No obstante, la expresión que utiliza para hablar de Cristo como objeto de culto es «Cristo en toda su persona entera»4«Consideramos al Señor Cristo en toda su persona entera; el Hijo de Dios encarnado; “Dios manifestado en la carne”» Ibíd.; a saber, como Dios encarnado. Esto se debe a que, aunque distinguimos entre las cosas que corresponden a cada naturaleza en particular, todo se atribuye a la persona de Cristo. Un ejemplo de esto lo ofrece el mismo Owen, donde también distingue las naturalezas para hablar del cumplimiento de los oficios de Cristo en favor de su Iglesia. Según Owen, para Cristo, cumplir con estos deberes era algo que no podía hacer solo en su naturaleza divina, ya que «en su naturaleza divina, considerada por sí sola, no tenía tal relación con aquellos por quienes debía desempeñar sus oficios (tal como era necesario para comunicarles el beneficio de estos), ni podía cumplir sus deberes principales. En su naturaleza divina, Dios no podía morir, ni resucitar, ni ser exaltado para ser hecho príncipe y salvador»5The Glory of Christ: Power and Efficacy communicated unto the Office of Christ for the Salvation of the Church from his Person, VII.. De acuerdo con esto, todos estos deberes podían cumplirse solo en su naturaleza humana. En este sentido, si aplicamos el mismo principio que se usa en la distinción de objetos que hace Owen, podemos decir que, aunque la naturaleza humana es la razón por la que confesamos que Jesús murió, resucitó y fue exaltado, todo se atribuye a la única persona de Cristo, y, por consiguiente, podemos afirmar de manera ortodoxa que «Dios resucitó de entre los muertos»6Ibid..

En conclusión, la distinción entre objetos que Owen nos presenta conserva la ortodoxia, al mismo tiempo que sirve para aclarar aspectos de la adoración que pueden llegar a ser confusos y peligrosos si les damos un trato descuidado. Resumido en una frase, lo que Owen está diciendo es esto: adoramos a Cristo a causa de su naturaleza divina, pero dirigimos esta adoración a la persona divina-humana de Cristo, Dios encarnado. Como el mismo Owen concluye:

«Esto, entonces, en primer lugar, debe ser confirmado: a saber, que todo honor divino se debe al Hijo de Dios encarnado; es decir, a la persona de Cristo»7The Glory of Christ: Honour due to the Person of Christ-The Nature and Causes of it, IX

Profesor de la Escuela Bíblica Nueva Providencia. Miembro de la Iglesia Presbiteriana Reformada 'Gracia y Verdad' (Medellín, Col).

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