Ursino sobre la Escritura y la razón

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En su comentario al Catecismo de Heidelberg, pregunta 78, Zacarías Ursino condena como irracional la creencia en la ubicuidad de la naturaleza humana de Cristo, esto es, que el cuerpo de Cristo tiene la capacidad de estar presente en muchos lugares al mismo tiempo. Aquí Ursino recurrió a la tradicional idea reformada de que lo finito no es capaz de lo infinito. El cuerpo de Cristo es un verdadero cuerpo, con todas las limitaciones espaciales y temporales propias de cualquier cuerpo, por lo que no puede estar corporalmente en varios lugares a la vez, como en el cielo y el pan eucarístico. Esto lo enseña la Escritura, pero también, dice Ursino, podemos saberlo por la razón. Ursino, entonces, se anticipa a una posible objeción de sus adversarios, según la cual la razón no debe entrometerse en los asuntos revelados (e.g., la Trinidad, la encarnación, la resurrección, la persona de Cristo, etc.). Él reconoce la verdad de esta afirmación pero con una aclaración muy importante:

«Es, en efecto, una verdad incontrovertible que la razón humana no debe ser escuchada en las cosas divinas, cuando está en oposición manifiesta a la palabra de Dios»1The Commentary of Dr. Zacharaias Ursinus on the Heidelberg Catechism (trad. Rev. G. W. Williard, A. M.). La traducción es mía..

Para Ursino es cierto que la razón no debe entrometerse en los asuntos revelados, pero esto es así solo «cuando está en oposición manifiesta a la palabra de Dios». No obstante, cuando esto ocurre no se puede hablar de una «sana razón», sino de una razón dañina y falsa, que apenas merece ser llamada «razón». La «sana razón», que es la verdadera razón, no debe ser rechazada, y es una imposibilidad que la misma Escritura se oponga a ella: 

«Sin embargo, la razón no debe ser rechazada o desechada con simpleza, ni siquiera en las cosas divinas, como si palabra de Dios pudiera enseñar aquello que se opone a la sana razón».

Así, la sana razón es muy útil para las controversias de fe, ya que nos ayuda a discernir entre la verdad y el error: «Debemos usarla correctamente para distinguir la verdad de la falsedad».

La razón, además, es un don de Dios que puede y debe ser armonizada con la Escritura cuando puede ayudarnos en las controversias teológicas:

«Dios nos ha dotado de la razón para que podamos, por la luz de la comprensión, decidir con respecto a opiniones contradictorias, y para que, conociendo con certeza lo que está en armonía con la palabra de Dios, y lo que está en oposición a ella, abracemos lo primero y rechacemos lo segundo».

Por supuesto, aquí es la razón la que debe ser armonizada con la Escritura, y no la Escritura con la razón. Mantener este orden es importante. Como dice Ursino: «La razón debe someterse siempre a las santas Escrituras que contienen una revelación de la voluntad divina». La razón y la Escritura no están a la par en los asuntos revelados. El papel de la razón es puramente servicial; es decir, ella está en servicio de la Escritura para ayudar al teólogo a explicar, desarrollar y organizar la revelación divina. 

Estudiante de teología (Universidad Católica de Oriente). Editor de Irenismo Reformado y Agustinismo Protestante. Miembro de la Iglesia Presbiteriana 'Gracia y Verdad' (Medellín, Col).

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