¿Dios odia el pecado y ama al pecador?

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«Dios odia el pecado pero ama al pecador».

Para darle sentido a esta declaración, se tendría que tener una comprensión bastante sofisticada de cómo esto puede ser tanto verdadero como falso. La declaración asume un cierto contexto y luego una explicación dentro de ese contexto. Esto me recuerda a la frase «Dios ayuda a quienes se ayudan a sí mismos».

La primera pregunta que debemos hacernos es: ¿Quién es el pecador?

¿Estamos hablando de una persona no elegida?

¿Estamos hablando de un creyente que vive por la fe?

¿Estamos hablando de una persona elegida antes de llegar a la fe?

Los teólogos reformados pasaron un tiempo discutiendo la cuestión de si Dios odia a los elegidos antes de su conversión. La pregunta principal no es cuál es la visión de Dios de los no elegidos (e incluso aquí tenemos que andar con cuidado, ya que se puede decir que los ama en cierto sentido, es decir, con «amor natural»); sino, ¿cómo ve Dios a sus elegidos antes de que lleguen a la fe en Cristo?

Dios, quien es inmutable, no cambia, propiamente hablando, su mente hacia aquellos en quienes ha puesto su amor desde la eternidad. Dios sería mutable si no amara a los elegidos antes de la muerte de Cristo, sino que solo los amara después. Sin embargo, hay mutabilidad en la criatura. Dios quiere un cambio en sus elegidos, pero su voluntad no cambia hacia ellos. Como los teólogos medievales (e.g., Aquino) argumentaron, Dios a veces velle mutationem (querer un cambio), pero no mutare voluntatem; o mutat Deus sententiam, non consilium.

Podemos hacer una pregunta más específica a la luz del inmutable amor de Dios por sus elegidos: ¿Cómo podemos hablar del amor y el odio de Dios hacia los elegidos antes de que lleguen a la fe salvadora?

Tomando como axioma que Dios ama a sus elegidos desde la eternidad, podemos decir que Dios ama a sus elegidos con un amor de propósito, pero no con un amor de aceptación (Charnock). O podemos usar la vieja distinción entre el amor de Dios de benevolencia (amor benevolentiae) y su amor de complacencia (amor complacentiae). La benevolencia es la raíz del amor; la complacencia es la flor del amor. Así, Dios desea el bien a sus elegidos antes de la fe, pero solo se complace con ellos después de la fe. O, él ama a los elegidos antes de la fe a fin de hacerlos sus amigos, pero después de la fe son sus amigos.

Sin embargo, hay un sentido en el que Dios odia a sus elegidos antes de que lleguen a la fe. Aquellos que no creen están bajo la ira de Dios (Ef. 2:3). Pero esto debe ser explicado juiciosamente. Dios «no aborrece a sus personas, ni aborrece ningún bien natural o moral en ellas» (Charnock, 3:345). De hecho, Stephen Charnock sugiere que Cristo incluso amaba la moralidad que vio en el joven rico. Dios amará cualquier «tintura» de bondad. Por esta razón, muchos teólogos, comenzando con Agustín, citaron Sabiduría 11:24: «Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces, pues, si algo odiases, no lo habrías hecho». Pero aunque Dios no odia a sus personas, sí odia sus pecados, ya que el pecado debe ser siempre y necesariamente odiado por Dios. Dios odiaba las prácticas del hijo pródigo, pero aun así amaba su persona. Dios ama a todas sus criaturas, ya que ellas conservan, en cierto grado, su imagen. Si Dios odia los pecados de los creyentes, ciertamente odia los pecados de sus elegidos antes de que lleguen a la fe: «Si odia el pecado en su debilidad, mucho más en su fuerza» (Charnock, 3:345).

Dios odia el pecado objetivamente, y así su odio al pecado termina en la persona. En última instancia, las personas son el objeto de la ira de Dios, no los pecados en lo abstracto. Las acciones no son castigadas en lo abstracto, pero las personas que realizan las acciones son castigadas. Así que hay un sentido en el que los incrédulos elegidos son odiados antes de que lleguen a la fe porque sus pecados los alcanzan como personas: «Ningún disgusto puede ser manifestado sin algunas marcas de ello sobre la persona que está bajo ese disgusto» (Charnock, 2:252). Así, Dios odia su estado (i.e., el estado de enemistad). Están en un estado de ira y, por lo tanto, son objetos de ira hasta que creen. Pero Dios también odia a los elegidos antes de la fe «en cuanto a la retención de los efectos de su amor» (Charnock, 3:346). Consecuentemente, Dios aborrece a los elegidos antes de la fe «porque, siendo en ese estado un hijo de ira, la ira de Dios permanece sobre él, y las maldiciones de la ley están en vigor contra él» (Charnock 3, 346).

Nada puede hacer a una criatura, sea elegida o no, un objeto de odio o de maldición de Dios sino el pecado. Dios solo odia el pecado. Pero cuando juzga el pecado – ¡como debe! – los juicios alcanzan a la persona.

Lo que esto significa en resumen es esto: Dios es capaz de amar y odiar a la misma persona, y de diferentes maneras. Como dijo Agustín: «De manera maravillosa y divina, incluso cuando nos odiaba, nos amaba; porque nos odiaba en la medida en que no éramos lo que él había hecho; y dado que nuestra propia iniquidad no había consumido cada parte de su obra, sabía de inmediato cómo, en cada uno de nosotros, odiar lo que habíamos hecho, y amar lo que Él había hecho». Naturalmente, cuando una persona llega a la fe ya no es odiada de ninguna manera o forma. Dios necesariamente odiará el pecado en el creyente, pero no puede odiar al creyente. De nuevo, Agustín dice: «Viendo, pues, que no odia nada de lo que ha hecho, ¿quién puede describir dignamente cuánto ama a los miembros de su Unigénito?». Para odiar al creyente, Dios tendría que odiar a su Hijo, lo cual es una imposibilidad ontológica.

En cuanto a nuestra propia recepción de las personas, también podemos apuntar tanto al amor como al odio dependiendo de la persona y el contexto. Consideremos, por ejemplo, la actitud del salmista:

Salmos 139:19-22

De cierto, oh Dios, harás morir al impío;

Apartaos, pues, de mí, hombres sanguinarios.

 Porque blasfemias dicen ellos contra ti;

Tus enemigos toman en vano tu nombre.

¿No odio, oh Jehová, a los que te aborrecen,
Y me enardezco contra tus enemigos?

Los aborrezco por completo;
Los tengo por enemigos.

Salmos 31:6

Aborrezco a los que esperan en vanidades ilusorias;
Mas yo en Jehová he esperado.

Salmos 26:5

Aborrecí la reunión de los malignos,
Y con los impíos nunca me senté.

Podemos y debemos odiar a las personas en un determinado contexto, pero en un contexto diferente podemos ejercer el amor hacia una persona específica. Si estoy en contacto directo (o inmediato) con un enemigo, tengo el deber de amarlo:

Lucas 6:27: Pero a vosotros los que oís, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen.

Romanos 12:20: Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza.

Éxodo 23:4: Si encontrares el buey de tu enemigo o su asno extraviado, vuelve a llevárselo.

Estos versos resaltan nuestro deber de amar en una relación inmediata que involucra a nuestro enemigo.

En resumen, podemos decir:

  1. Dios odia el pecado y odia al pecador no elegido (Él finalmente condenará a esta persona, no solo sus pecados).
  2. Dios también odia el pecado y ama al pecador no elegido (Esta persona sigue siendo criatura de Dios y Dios muestra mucho amor hacia los pecadores no elegidos; por ejemplo, por la comida, la lluvia, el sol, el aire, etc.).
  3. Dios odia el pecado y odia al pecador elegido antes de la conversión (El pecador elegido debe saber que está bajo la ira de Dios, y que no está eternamente justificado o justificado desde el nacimiento, sino hasta que se arrepienta y crea).
  4. Dios odia el pecado y ama al pecador elegido antes de la conversión (Dios ha querido la salvación de tal persona).
  5. Dios odia el pecado pero ama al pecador convertido (Dios mira a tal persona en Cristo pero no pierde de vista el pecado, el cual necesariamente odia).
  6. Dios odia el pecado y no puede odiar al pecador convertido (Dios puede odiar antes a su propio Hijo – lo cual es imposible – que odiar a alguien que pertenece a su Hijo).
  7. Podemos odiar el pecado y odiar al pecador (Podemos decir que odiamos a los que asesinan a los niños).
  8. Podemos odiar el pecado y amar al pecador (Podemos ministrar amorosamente a una mujer que quiere abortar).
  9. Podemos odiar el pecado y amar al creyente (No excusamos los pecados en nuestros hijos cuando los criamos).
  10. Podemos odiar el pecado y nunca odiar al creyente (No podemos odiar a los que Dios no puede odiar y debemos amar a los que pertenecemos a través de la unión con Cristo y el cuerpo).

Hay que reconocer que es una cuestión compleja. Esto solo pone de relieve por qué tenemos que ser cuidadosos con nuestras declaraciones teológicas en las redes sociales. Al tratar de bendecir a los demás podemos hacer un flaco favor a la complejidad de ciertas verdades teológicas y podemos confundir a las personas que simplemente no tienen las diversas categorías para dar sentido a una declaración o explicarla adecuadamente.

Lo que está en juego aquí es el carácter de Dios; él es amor. Afirmar simplemente que Dios odia a los pecadores, sin decir que también los ama (ya sean elegidos o no elegidos), impugna el ser de Dios.

Publicado en The Calvinist International. Traducido con permiso por Romel Quintero.

El pastor y Dr. Mark Jones (PhD, Leiden Universiteit) ha sido el ministro en Faith Vancouver desde 2007. Es también investigador asociado en la facultad de teología en University of the Free State, Bloemfontein, Sudáfrica. El Dr. Jones es el autor de varios libros, incluyendo su libro más reciente, Knowing Christ.

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