Por qué vivir para Dios depende de la buena teología

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La buena teología no necesariamente garantiza un buen vivir. Muchos pastores, teólogos, eruditos y laicos han poseído una buena teología y han vivido como su padre, el diablo (Juan 8:44-45). Sin embargo, para aquellos que desean vivir una vida piadosa, la buena teología es obligatoria, ya que somos santificados por la verdad (Juan 17:17).

Las Escrituras enseñan que la sana doctrina y la vida piadosa van de la mano; la primera proporciona el fundamento de la segunda. De hecho, el apóstol Pablo deja esto claro cuando escribe a Timoteo en un contexto afectado por la falsa enseñanza y la vida impía: «Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren» (1 Ti. 4:16, RVR1960).

La salvación del pueblo de Dios está explícitamente vinculada al ministerio de Timoteo, que debe caracterizarse tanto por su buena vida como por su buena enseñanza. Por esta razón, muchos teólogos en el pasado definieron la teología de una manera en que el aspecto práctico del cristianismo era parte de la definición de la verdadera teología. Por ejemplo, el puritano William Ames afirmó: «La teología es la doctrina, o enseñanza, de vivir para Dios». Para Ames, la teología, tan conceptual como siempre será dentro de la mente, nunca debe separarse de la respuesta práctica que se emite de acuerdo con la voluntad.

El teólogo reformado holandés Petrus van Mastricht edificó sobre lo dicho por Ames y afirmó: «La teología se define con más exactitud como la doctrina de vivir para Dios a través de Cristo». La adición «a través de Cristo» enfatiza correctamente el hecho de que vivir para Dios sigue siendo imposible aparte de nuestra unión con Cristo. Al igual que Ames, van Mastricht creía que la teoría y la práctica van juntas en la teología; y así: «No hay nada en la teología que no se incline hasta este punto; a saber, que la vida de una persona debe estar dirigida hacia Dios (…) Por lo tanto, la teología no es otra cosa que la doctrina de vivir para Dios a través de Cristo». Como resultado, la buena teología (la que es bien recibida) da como resultado una buena vida (la que es bien entregada).

Cinco pilares
Para mí, hay cinco pilares fundamentales en la fe cristiana. En pocas palabras, la fe cristiana se define como aquello que es:

  • Orientado a la Trinidad
  • Enfocado en Cristo
  • Energizado por el Espíritu
  • Eclesiástico
  • Con la mirada en el cielo

Estas son doctrinas que no solo creemos, sino también a las que respondemos con fe. Entonces, por ejemplo, creer verdaderamente en la Trinidad es orientar nuestras vidas alrededor de la comunión con el único Dios en tres personas; por lo tanto, es «orientada a la Trinidad». Comulgamos con el Padre en amor, con el Hijo en gracia, y el Espíritu nos da esta comunión con el Padre y el Hijo (2 Co. 13:14).

Nuestro agradecimiento a Dios por Sus actos de salvación para con nosotros es imposible aparte del conocimiento de lo que Cristo ha hecho por nosotros. Observe cómo Pablo une las «cosas para creer» con las «cosas para hacer» en 2 Corintios 5:14–15: «Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos».

Vivimos para Cristo porque Cristo vivió y murió por nosotros. Nuestras vidas cristianas están centradas en Cristo. Pero no somos capaces de mantener una vida centrada en Cristo aparte de ser «energizados por el Espíritu». Cristo envió a Su Espíritu, el Espíritu de Cristo (Ro. 8:9), para morar en nosotros y permitirnos vivir para Dios por medio de Cristo.

Hablando en el siglo XVII, Thomas Goodwin señaló una vez: «Hay una omisión general en los santos de Dios, en el hecho de que no dan al Santo [Espíritu] esa gloria que se debe a Su persona. (…) La obra que Él hace por nosotros en su clase es tan grande como la del Padre o el Hijo». Me pregunto si esto sigue siendo verdad para muchos de nosotros. ¿Vivimos conscientes de nuestra total dependencia del Espíritu Santo para nuestra salvación? Si se nos enseña acerca de las glorias del Espíritu y Su conexión con la obra del Padre y el Hijo, entonces quizás nuestro deseo de ser habitados por Él aumentará; lo cual debería (ordinariamente) darnos una mayor experiencia cristiana y una vida más piadosa para Dios.

El lugar donde típicamente aprendemos sobre las gloriosas verdades de la fe cristiana es la iglesia. Si Dios es nuestro Padre, entonces la iglesia es nuestra madre. Básicamente, todos podemos estar de acuerdo con que una buena madre protege, nutre y fortalece a sus hijos. Cuando esos niños son los hijos de Dios, la responsabilidad de la «madre» (es decir, la iglesia) se mejora naturalmente hasta tal punto que hablamos de la necesidad de la iglesia en términos de vida y muerte. Así como un bebé muere de hambre sin la leche de su madre, una persona morirá de hambre espiritualmente sin la leche de la Palabra de Dios predicada en la iglesia. En otras palabras, no puedes ser un cristiano privado. El Nuevo Testamento especialmente hace del cristianismo un asunto «público» en el que los creyentes pertenecen a una asamblea visible del pueblo de Dios, que ordinariamente incluye pastores, ancianos, diáconos y miembros. Así vivimos una vida eclesiástica.

En Efesios 4:11-16 vemos este principio aclarado por Pablo. Cuando Cristo ascendió, dio dones a la iglesia:

Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.

Cristo desea que el cuerpo se edifique en amor. Para que esto suceda, ha dado a la iglesia los dones para que esto sea posible, sin los cuales moriríamos de hambre espiritualmente.

Finalmente, la fe cristiana, en su forma básica de vivir para Dios, debe ser una vida anticipando el cielo. En esta vida, con todas sus luchas y desafíos, anhelamos algo más allá de este mundo. Buscamos la vida eterna que saboreamos ahora en Cristo y que disfrutaremos en su sentido más pleno en la muerte y en la segunda venida de Cristo. La joven iglesia en Tesalónica tenía este concepto; se decía de ellos que se volvieron «de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera» (1 Tes. 1: 9-10). Esta es la vida cristiana en pocas palabras: una vida vivida en la adoración de nuestro Dios trino, a través de Cristo, mientras esperamos que nuestro mismo Salvador regrese y nos lleve a la gloria celestial.

Por lo tanto, la verdadera teología es la doctrina de vivir para Dios, a través de Cristo, por el Espíritu, en el contexto de la iglesia y con una mirada en las glorias del cielo.

Publicado en CROSSWAY. Traducido por Romel Q.

El pastor y Dr. Mark Jones (PhD, Leiden Universiteit) ha sido el ministro en Faith Vancouver desde 2007. Es también investigador asociado en la facultad de teología en University of the Free State, Bloemfontein, Sudáfrica. El Dr. Jones es el autor de varios libros, incluyendo su libro más reciente, Knowing Christ.

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