La salvación de los infantes (1): Charles Hodge

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El limbo es una cosa; pero es una cosa ingenua, vanamente inventada. 

Por otro lado, en la tradición reformada hay una fuerte corriente que afirma la salvación de todos aquellos que mueren en la infancia. En esta publicación (y en futuras) veremos algunos ejemplos.

¿Por qué existe la especulación sobre el limbo? El limbo, y en particular para los propósitos de esta serie, el limbus infantium, trata de lidiar seriamente con el efecto del pecado original y su resultante culpabilidad en todos los hombres. Desafortunadamente, no lidia con la misma seriedad con la gracia de Dios, el carácter de la expiación y la relación de los sacramentos con la aplicación de la redención. 

Así, Charles Hodge, en una sección sobre la «insuficiencia de la teología natural» en el segundo capítulo («teología») del primer volumen de su Teología Sistemática, afirma la creencia en la salvación universal de todos los infantes fallecidos mediante una lectura de Romanos 5 y la lógica interna de la enseña bíblica sobre la gracia y el favor de Dios hacia los pecadores. Además, afirma que esta creencia sobre los infantes (basada no en los sentimientos, sino en una reflexión de la revelación de la misericordia divina) es la «doctrina común entre los protestantes evangélicos» en oposición a «la doctrina de los romanistas y romanizadores». 

Y, ciertamente, vale la pena observar cuánto amplía Hodge la misericordia de Dios con respecto a aquellos bajo la condenación del pecado, y la manera en que él entiende esta misericordia como fundamentada en la misma naturaleza de Dios, para quien es más agradable «el bendecir que el maldecir; y el salvar que el destruir». Así, su misericordia y gracia superan otras consideraciones, ya sea el bautismo, la paternidad o cualquier otra cosa.

A. Lo que dicen las Escrituras acerca de la salvación de los hombres. La salvación de los párvulos.

Lo que ensefian las Escrituras acerca de este tema, en conformidad con la doctrina común entre los protestantes evangélicos, es primeramente:

1. Que todos los que mueren en la infancia son salvos. Esto se infiere de lo que la Biblia enseña de la analogía entre Adán y Cristo. «Así pues, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos (hoi polloi = pantes) fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos (hoi polloi = pantes) serán constituidos justos» (Ro 5: 18, 19». No tenemos derecho a poner límite alguno a estos términos generales, excepto los que la misma Biblia les imponga. Las Escrituras no excluyen en ningún lugar a ninguna clase de infantes, bautizados o no, nacidos en tierras cristianas o paganas, de padres creyentes o incrédulos, de los beneficios de la redención de Cristo. Todos los descendientes de Adán, excepto Cristo, están bajo la condenación; todos los descendientes de Adán, excepto aquellos sobre los que se revela expresamente que no pueden heredar el reino de Dios, son salvos. Este parece ser el claro sentido de las palabras del Apóstol, y por ello no duda en decir que donde abundó el pecado mucho más ha sobreabundado la gracia, que los beneficios de la redención exceden con mucho a los males de la caída; yque el número de los salvos excede por mucho al de los perdidos.

Esto no es inconsecuente con la declaración de nuestro Señor, en Mateo 7:14, de que solo unos pocos entran por la puerta que conduce a la vida. Esto debe entenderse de los adultos. Lo que la Biblia dice se dirige a aquellos en todas las edades a quienes atañe. Pero se dirige a aquellos que pueden bien leer, bien oír. Les dice lo que deben creer y hacer. Sería una total perversión de su significado aplicarla a aquellos a los que y de los que no habla. Cuando se dice: «EI que cree en el Hijo, tiene vida eterna; mas el que rehusa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él» (Jn 3:36), nadie comprende esto como impidiendo la posibilidad de la salvación de los infantes.

Sin embargo, la comparación que hace el Apóstol entre Adán y Cristo no solo lleva a la conclusión de que como todos fueron condenados por el pecado de uno, así todos son salvos por la justicia de uno (exceptuando solo aquellos que la Escritura exceptúa), sino que el principio asumido a lo largo de la discusión enseña la misma doctrina. Ese principio es que está más en conformidad con la naturaleza de Dios el bendecir que el maldecir; y el salvar que el destruir. Si la raza cayó en Adán, mucho más será restaurada en Cristo. Si la muerte reino por uno, mucho más reinará la gracia por uno. Este «mucho más» se repite continuamente. La Biblia en todo lugar enseña que Dios no se deleita en la muerte del impío; ese juicio es su obra extraña. Por lo tanto, es contrario no solo al argumento del Apóstol sino al espíritu del pasaje (Romanos 5: 12-21), excluir a los infantes de los «todos» que fueron vivificados en Cristo.

La conducta y el lenguaje de nuestro Señor en referencia a los niños no deben ser considerados como una cuestión de sentimientos, ni como una mera expresión de una actitud bondadosa. Es evidente que las consideraba como ovejas del rebaño por el cual, como el Buen Pastor, ponía su vida, y de las cuales Él dijo que jamás perecerian, ni nadie las arrebataria de sus manos. De ellos dice Él que es el reino de los cielos, como si el cielo estuviera, en gran medida, compuesto de las almas de los infantes redimidos. Es por ello la creencia general de los protestantes, en contra de la doctrina de los romanistas y de los romanizadores, que todos los que mueren en la infancia se salvan.

Notas:

  1. Esta sección de la Teología de Hodge ha sido tomada de la versión en español de la editorial Clie traducida por Santiago Escuain.

Este artículo fue publicado originalmente en The Calvinist International. Traducido por Romel Quintero.

Profesor de clásicos en Hillsdale College.

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