Sobre Romanos 13 (Melanchthon)

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Es bien sabido que los reformadores magisteriales trataron el Decálogo como un resumen de la ley moral, es decir, como una enseñanza de los preceptos de la ley de la naturaleza. De esa manera, la “ley divina”–la ley moral tal como fue revelada–debía servir como un estándar para la vida pública en concordancia con la ley natural, ya que las dos son iguales en términos de contenido. La primera, además, sirvió, mediante su proclamación continua, para aclarar y renovar la comprensión del hombre de los requisitos de la ley natural que eran accesibles a la razón1Melanchthon señala este punto en la sección De evangelio en el Loci de 1521.. 

Así Felipe Melanchthon, ya en la edición de 1521 de Loci communes, señala la relación apropiada entre los tres tipos de ley que existen (divina, natural y humana). La última de estas debe ser determinada por las dos primeras; si no lo es, es injusta.

El hombre bueno acomodará las constituciones civiles a lo justo y bueno; es decir, a las leyes tanto divinas como naturales. Lo que se establezca en contradicción con estas no puede sino ser injusto2Todas las citas son de la edición del Loci de 1521 en Corpus Reformatorum vol. 21, col. 116ff. Todas las traducciones son mías.. 

Un pasaje de este tipo influye en cómo leemos los famosos y controvertidos versos de apertura de Romanos 13. ¿Son prescriptivos o meramente descriptivos? Un punto de vista que concede la existencia de un orden moral objetivo que trasciende a los titulares de cargos oficiales requiere que los versos sean prescriptivos; declaran lo que se requiere del magistrado como ministro de Dios, independientemente de si algún funcionario en particular cumple con su deber adecuadamente. El fallo del magistrado no altera el fin de su oficio, y él no puede determinar el bien y el mal simplemente porque su propio decreto lo diga.

Debido a que Melanchthon cree en un orden moral trascendente, entonces, lee los versos cruciales de manera prescriptiva. Él escribe de la siguiente manera, en primer lugar, citando a Pablo y luego interpretándolo:

Que cada alma esté sujeta a los poderes superiores. Porque no hay poder, sino de Dios. Y los poderes que existen han sido ordenados por Dios. Por lo tanto, el que se resiste al poder se resiste a la ordenanza de Dios. Además, los que se resisten obtienen condena para sí mismos. Porque los príncipes no son una fuente de temor para el buen obrar, sino para el mal. El deber de los magistrados y de las leyes civiles no es otra cosa que castigar y reprimir las injusticias. Para este propósito se han decretado leyes sobre la división de la propiedad, las formas de contratos y los castigos para los malhechores. Porque el magistrado es un ministro de Dios, un vengador de ira para el que hace el mal. Además, no está permitido al magistrado establecer nada en contra de la ley divina, ni se debe obedecer nada en contra de la ley divina, de acuerdo con el pasaje en los Hechos de los Apóstoles (5.29): Es correcto obedecer a Dios en lugar de los hombres. Y a partir de este pasaje, el lector sabio juzgará fácilmente hasta qué punto estamos obligados a cumplir las leyes humanas.

A propósito, Melanchthon subdivide la ley humana en dos clases en el Loci de 1521: la ley civil y la ley “pontificia”, y esta última está sujeta a la primera en ciertos aspectos. Es por esa razón–debido a que la ley de la iglesia es parte de la ley humana–que la iglesia no puede legislar nuevos artículos de fe o proponer nuevas leyes morales (e.g., celibato) o ceremoniales (e.g., obras de penitencia y satisfacción) de manera que las conciencias estén ligadas por ellas al dolor de la condenación por su rechazo. La ley moral es la ley moral y, por lo tanto, la moralidad debe ajustarse al orden creado, ya sea en la iglesia o en el estado. Del mismo modo, el evangelio es el evangelio, y no se le pueden añadir requisitos más allá de lo que el Señor ha dicho. La iglesia solo puede hablar lo que ha escuchado: Cristo envió a los apóstoles a enseñar lo que él mismo había transmitido3“Misit enim Christus Apostolos docere, quae ipse tradiderat”..

Leyes como las relacionadas con el celibato y las satisfacciones, entonces, aunque se les puede dar una justificación espiritual, realmente pertenecen, como todas las demás leyes humanas, solo a las “obras externas”, y confundirlas con las obras espirituales es confundir los dos reinos. Como lo expresa Melanchthon: “Con respecto a esta función (i.e., la condenación de la ley de todos los corazones debido al pecado y la consolación del evangelio de esos mismos corazones), ¿qué hago con las tradiciones humanas, que juzgan únicamente con respecto a las obras externas?”4“Ad eam functionem quid quaeso faciunt traditiones humanae, quae de externis tantum operibus iudicant?”. Con respecto a la ley, la ley divina gobierna la ley humana, tanto en la sociedad civil (recordemos que tiene el mismo contenido que la ley natural) como en la iglesia institucional. Con respecto al evangelio, bueno, es lo que es, y es lo que el Señor ha enseñado, apropiado solo por la fe en la Palabra y el sacramento. No admite adiciones ni modificaciones.

Notas:

  1. Melanchthon señala este punto en la sección De evangelio en el Loci de 1521 .
  2. Todas las citas son de la edición del Loci de 1521 en Corpus Reformatorum vol. 21, col. 116ff. Todas las traducciones son mias.
  3. “Misit enim Christus Apostolos docere, quae ipse tradiderat”.
  4. “Ad eam functionem quid quaeso faciunt traditiones humanae, quae de externis tantum operibus iudicant?”.

Publicado en The Calvinist International. Trad. Romel Q.

Profesor de clásicos en Hillsdale College.

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