Confesando la fe reformada (4): reafirmando y fortaleciendo la integridad confesional

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Lo siguiente es la parte final de una ponencia del Dr. Richard Muller, que en inglés se títula Confessing the Reformed Faith: Our Identity in Unity and Diversity. La ponencia ha sido traducida y publicada en su totalidad en nuestro portal web.

Como se dijo anteriormente, no tengo una solución específica para este problema del cristianismo reformado en los Estados Unidos, pero sí tengo una serie de sugerencias o, más preciso, una serie de puntos para reflexionar a un nivel pastoral, educativo (ya sea en la iglesia local o en nuestros seminarios) y denominacional. Debemos encontrar formas de expresar nuestra unidad unos con otros como cristianos reformados, y esto puede comenzar clara y constructivamente con una referencia constante a nuestra herencia confesional y litúrgica. Las diferencias de lealtad confesional dentro de la familia reformada no deberían ser la base para las dudas sobre nuestra unidad o nuestra necesidad de diálogo continuo y mutuo en un mundo que parece dudar cada vez más del significado de las confesiones y la liturgia.

Debemos estar lo suficientemente convencidos de la importancia continua de nuestra herencia confesional (incluida su relación con la liturgia y la himnodia) para resistir el deseo de generar crecimiento en la iglesia mediante la perdida de nuestra identidad. Una de las «estrategias» más espantosas de la evangelización contemporánea es la suposición de que debemos encontrar un denominador común menos distintivo, y menos ofensivo, para atraer a la mayoría de las personas. Los símbolos cristianos, los servicios distintivos, la himnodia tradicional y el lenguaje inquietante sobre la situación humana se dejan de lado para lucir abiertos, ¡y esto en una religión donde el canon autoritario de la Escritura nos dice que la cruz, el evento redentor central en el plan de Dios, es un escándalo y una ofensa! Nuestras confesiones y su expresión activa en la adoración presentan las enseñanzas fundamentales de nuestra fe; el problema no es la popularidad, sino, podría decirse, la «verdad en la publicidad».

Además, debemos ser más conscientes del vínculo crucial entre nuestra herencia confesional y litúrgica. Las formas de adoración y la himnodia de las iglesias reformadas han reflejado y apoyado constantemente la enseñanza de nuestras confesiones y, de hecho, han sido históricamente una de las principales vías de instrucción en nuestra enseñanza confesional junto con la predicación y la catequesis. Por lo tanto, las Órdenes de bautismo en las iglesias reformadas y presbiterianas hacen eco de las confesiones en sus propias declaraciones de que nuestros hijos «pertenecen, con nosotros que creemos, a la membresía de la Iglesia a través del pacto hecho en Cristo»1The Book of Common Worship (Philadelphia, 1946, 121)., o que «Dios misericordiosamente incluye a nuestros hijos en Su pacto, y todas Sus promesas son tanto para ellos como para nosotros (…) Por lo tanto, siempre debemos enseñar a nuestros pequeños que han sido apartados por el bautismo como hijos de Dios»2Psalter Hymnal (Grand Rapids, 1987), 961..

Del mismo modo, las palabras de prácticamente todos los servicios reformados de la Cena del Señor: «Eleven sus corazones», y la respuesta: «Los elevamos al Señor», aunque una de las partes más antiguas del servicio, se encuentra en un lugar especial en relación con la comprensión reformada de la Cena del Señor. La elevación espiritual del corazón en y a través de las palabras de la liturgia resuena e instruye en la fe de las confesiones, donde leemos que realmente participamos del cuerpo y la sangre de Cristo, «no por la boca sino por el Espíritu, a través de la fe», ya que «Cristo permanece siempre sentado a la diestra de Dios Padre en el cielo»3Confesión Belga, 35.. El punto confesional y litúrgico, para parafrasear a uno de mis teólogos ortodoxos protestantes favoritos, Amandus Polanus, es que no afirmamos arrastrar el cuerpo resucitado y glorioso de nuestro Señor a esta tierra miserable, sino que, por el poder del Espíritu, nuestros corazones están unidos a Él en los lugares celestiales. La conexión entre liturgia y confesión es clara. La pérdida del Orden de Adoración reformado puede conducir directamente a una pérdida de la relevancia de las confesiones para la vida de la comunidad creyente.

Yo haría una argumentación similar para el carácter confesional de la himnodia reformada y el peligro de su pérdida o reemplazo con himnos populares no arraigados en la fe de la Reforma. Tal vez me he vuelto muy sensible cuando empiezo a incomodarme durante un servicio de adoración al son del himno evangélico contemporáneo «Padre, yo te adoro», cantado a expensas del abandono de himnos reformados tradicionales como «Dios de los profetas», «Agradezcamos todos a nuestro Dios», o «Todas las personas que moran en la tierra». Y tal vez soy demasiado analítico cuando examino «Padre, yo te adoro» y noto que el único tema de sus varias clausulas es el «yo» humano. El himno comienza con el yo humano, y todo lo que aprendemos directamente por sus palabras es algo sobre nosotros mismos. Esta identificación de la religión como una experiencia subjetiva es el punto en el que la comunidad conservadora y evangélica se une a Schleiermacher y confiesa tácitamente que él es el Padre de la Iglesia de la era moderna. Por el contrario, nuestra himnodia reformada rara vez se pierde en la subjetividad. El sujeto humano está ciertamente presente, no como un «yo» desnudo, sino como un miembro de la comunidad corporativa de la fe: «Ahora demos gracias a nuestro Dios, con el corazón, las manos y nuestras voces». Pero, entonces, inmediatamente, el himno nos habla objetivamente del fundamento providencial y redentor de nuestro agradecimiento: «Quien ha hecho cosas maravillosas, en quien se regocija Su mundo».

Otro ejemplo es lo que me parece una increíble insensibilidad litúrgica de incluir «Partamos el pan juntos de rodillas» en nuestro servicio de la Cena del Señor, dado que los reformadores dejaron de lado el arrodillarse en la Cena desde el principio, debido a su asociación con la adoración de la hostia en la Misa Romana. Por lo menos, estar de pie (o sentado) mientras se canta sobre arrodillarse es incongruente, y a lo sumo, señala una variedad de piedad eucarística que Calvino y sus contemporáneos se esforzaron por evitar. Los ejemplos se podrían multiplicar fácilmente.

Sugiero que debemos estar listos para probar nuevas Órdenes de adoración y una nueva himnodia, no solo a través de la práctica popular, sino de acuerdo con los estándares confesionales. Es, lo admito, una tarea bastante difícil en algunas de nuestras iglesias, donde la libertad en la himnodia y el Orden de Adoración ha reemplazado a la camisa de fuerza litúrgica que era la norma hace varias décadas. Al igual que la diversidad confesional, la diversidad litúrgica ha sido característica de las iglesias reformadas desde el principio y nunca ha sido una amenaza para nuestra unidad o integridad. No hay necesidad de negar nuevas Órdenes de adoración, o la adaptación de viejas Órdenes a nuevas circunstancias, o el uso de nuevos himnos. Pero es necesario probar cuidadosamente las nuevas Órdenes y cualquier himno nuevo antes de admitirlos en nuestra adoración regular. El punto aquí es muy similar al punto que hice con respecto al crecimiento de la iglesia: nuestras confesiones nos llaman a mantener nuestra identidad por el bien de nuestra comprensión reformada de la naturaleza y el significado del evangelio.

Debemos hacer todo lo que podamos para asegurar el uso contemporáneo de nuestras confesiones y catecismos en la vida de la iglesia. No deben relegarse al estado de estándares muertos que se aplican solo cuando surgen problemas y luego se vuelven a poner en un estante cuando la crisis ha pasado. Nos conviene recordar que las confesiones de los siglos XVI y XVII fueron, ante todo, declaraciones de fe. No eran (y, por lo tanto, no deberían convertirse) en reglas de creencia impuestas a la iglesia desde afuera; son declaraciones normativas pronunciadas desde adentro por la propia iglesia, en aras de pronunciar la fe bíblica de la iglesia. Hacemos justicia a sus contenidos solo cuando las declaramos, y solo cuando las confesamos, como la expresión de nuestra fe e identidad corporativa. Más confesiones y patrones variados de suscripción no son la solución a nuestro problema. Solo el uso regular de nuestras confesiones como estándares para la expresión de la verdad bíblica puede hacerlas efectivas y, también, contemporáneas en su significado. Solo al declarar las confesiones, al usarlas en el contexto de la predicación, la enseñanza y el culto corporativo, pueden estas cumplir su función prevista como guías positivas, que surgen de la fe de la iglesia en su meditación sobre las Escrituras, para la obra continua de las iglesias reformadas.

Para concluir, simplemente les recomiendo nuestra gran herencia y les encomiendo también el trabajo de aferrarnos a lo que es más valioso en nuestra tradición por el bien de nuestro trabajo presente y futuro al servicio del Evangelio. Nuestra unidad se verá claramente en la declaración de nuestra fe a través de nuestras confesiones distintivas y a través del reflejo de nuestra herencia confesional en nuestras formas de adoración. Nuestra identidad reformada depende de nuestra voluntad de declarar nuestras confesiones y, al hacerlo, de confesar la fe.

El Dr. Muller es un teólogo cristiano reformado y es profesor de teología histórica en Calvin Theological Seminary en Grand Rapids, MI. Posee un M.Div. de Union Theological Seminary, NY (1972) y un Ph.D. de Duke University (1976). Muller es un experto en teología de la Reforma, especialmente en la vida y el pensamiento de Juan Calvino.

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