Estudiosidad vs. curiosidad (3): buscando el conocimiento por la razón correcta

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PARTE 1

PARTE 2

En las últimas dos entradas, hemos visto seis formas diferentes del «vicio de la curiosidad»; primero, tres formas en que podemos buscar el conocimiento de las cosas incorrectas, y luego tres formas de buscar el conocimiento de manera incorrecta. Pero ¿qué pasa con la pregunta más fundamental de todas: por qué buscamos conocimiento? Martín Lutero una vez describió vívidamente la condición humana del pecado como una de estar incurvatus en se («encorvados sobre nosotros mismos»). Lo mismo es cierto de nuestra búsqueda del conocimiento. En lugar de deleitarnos con el objeto del conocimiento, nos deleitamos en el acto de conocerlo o en la idea de nosotros mismos como conocedores. Quizás recuerdeas amargamente a un hermano mayor que decía algo así: «¡Sé algo que tú no sabes!». Esta es la mentalidad de la curiosidad. Los estudiosos reconocen que el conocimiento de la verdad es un bien que nos pertenece a todos en común, pero los curiosos desean privatizar este don. Por supuesto, este egoísmo es inevitable si olvidamos que todo nuestro conocimiento está relacionado con Dios. Dios es el dador de todas las cosas buenas, así que cuando descubrimos nuevos bienes para conocer, debemos adorar y agradecer al Creador. A menudo hablamos del bien del conocimiento por el conocimiento mismo, o del conocimiento como un bien en sí mismo. Pero en la realidad, amaremos cualquier bien, ya sea por Dios o por nosotros mismos.

Si lo amamos por nosotros mismos, esto es lo que yo llamaría curiosidad posesiva. Esta es una forma intelectual de avaricia, y está estrechamente relacionada con el orgullo y la envidia. A veces se muestra en la locuacidad, ya que el conocedor curioso está ansioso por mostrar el alcance y la actualidad de su conocimiento. Por supuesto, esto se presta a una superficialidad y un amor por la novedad, ya que si sé algo nuevo, puedo disfrutar saber lo que nadie más sabe todavía, y si trato solo lo superficial, puedo objetivar el mundo, a fin de asimilarlo más fácilmente y pasar a la siguiente posesión. Como lo expresa maravillosamente Paul Griffiths: «Los curiosos habitan un mundo de objetos, que pueden ser secuestrados y poseídos; los estudiosos habitan un mundo de dones, que se pueden conocer por participación, pero que, debido a su propia naturaleza, nunca se pueden poseer».

Por supuesto, todo el mundo sabe que la «posesión» es algo malo, por lo que Google, Facebook e Instagram se promocionan como formas de «compartir»; como ayudas para ser parte de una red participativa de relaciones caracterizadas por dar e intercambiar. Y, ciertamente, pueden hacer un trabajo increíble en esto; una gran parte de mis amistades significativas provino del Internet. Pero, a veces, «compartir» en las redes sociales puede convertirse en una forma de «promocionarnos como conocedores», y nuestras visitas frecuentes a Facebook a menudo están más motivadas por la curiosidad de ver si a alguien le ha gustado (o si ha comentado) nuestro ingenioso comentario o nuestra linda foto, que por un deseo estudioso de aprender de lo que otros tienen que compartir.

Ahora, no me malinterpretes. Tengo muchos buenos amigos que conocí en línea, a quienes nunca hubiera conocido de otra manera; puedo escribir y editar mucho más eficientemente de lo que podía en los días de la máquina de escribir, y tengo acceso a vastos tesoros de conocimiento de todo el mundo. Queremos que todos se beneficien de estas riquezas también. Pero no queremos que ignoren que con estos grandes dones vienen grandes tentaciones. Podemos usar estos recursos como ayuda para la estudiosidad, o podemos dejarnos usar por ellos y ser presas de la curiosidad ociosa. Mientras buscas ordenar tus amores correctamente en el año venidero, está atento no solo a todo lo que estás aprendiendo y buscando saber, sino a cómo y por qué lo estás aprendiendo. Todas las cosas deben hacerse para la gloria de Dios.

Publicado originalmente en Loudoun Classical School. Traducido por Romel Quintero.

El Dr. Littlejohn (University of Edinburgh, Ph.D) es el editor de Political Theology Today, el editor general de The Mercersburg Theology Study Series y escribe regularmente en bradlittlejohn.com.

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