Estudiosidad vs. curiosidad (2): errores en la búsqueda de conocimiento

2

PARTE 1

PARTE 3

En la última entrada, introduje la noción de que no toda búsqueda de conocimiento es buena, y el uso antiguo del término «curiosidad» como una etiqueta para una búsqueda desordenada y pecaminosa de conocimiento. También vimos tres maneras en que podríamos caer en la curiosidad, buscando los objetos de conocimiento equivocados.

Ahora, ¿qué pasa con los errores en la forma en que buscamos el conocimiento? El primero de ellos es la curiosidad intemperante, que es simplemente querer conocer con un deseo demasiado febril. Sus hermanos menores pueden ser particularmente propensos a esto, especialmente en viajes largos en automóvil cuando tienen una audiencia completamente cautiva y pueden bombardearlo con preguntas hasta que usted esté listo para saltar de un vehículo en movimiento. Pero, por supuesto, usted es presa de la curiosidad intemperante cuando pasa horas jugando un nuevo videojuego, impulsado ​​por la necesidad incontrolable de explorar nuevos niveles, pistas o giros en la trama. Los diseñadores de videojuegos saben cómo ganar dinero explotando la curiosidad intemperante.

Pero hay otra forma en que podemos equivocarnos en la forma en que buscamos el conocimiento. Podríamos llamar a esta curiosidad impertinente; impertinente en el sentido de grosero o irrespetuoso. Por supuesto, aprender a evitar esto en las interacciones humanas es una habilidad social clave, y la falta de ella nos hace reír en el caso de los niños pequeños y hacer una mueca cuando los niños hacen el mismo papelón. Por ejemplo, por muy curioso que usted pueda ser con respecto a la edad o el peso de un adulto, se considera grosero preguntar. Pero podemos ser irrespetuosos con Dios o con los bienes que nos ha dado para conocer cuando tratamos de conocerlos de manera incorrecta; por ejemplo, tratando de conocerlos con más certeza de lo que pueden ser conocidos. Creo que esta es quizás una tentación particularmente común para los cristianos. Por la gracia de Dios, tenemos certeza por la fe de la verdad del evangelio. Entonces, a menudo nos sentimos tentados a pensar que, si Dios nos dio certeza sobre esto, ¿por qué no nos daría certeza sobre todo lo demás? Certeza sobre a quién votar en las próximas elecciones, o qué denominación cristiana tiene todas las respuestas, o cómo conciliar la ciencia y la Biblia cuando parecen estar en conflicto. En tales casos es fácil para nosotros pensar que somos animados por el amor al conocimiento, cuando realmente nos impulsa el odio a lo desconocido. La empresa científica moderna se basa en gran medida en este tipo de curiosidad y, como resultado, a menudo trata de encajar cosas como el arte o la fe en un marco de certeza y transparencia que es inapropiada para ellas.

Un problema relacionado es algo que podríamos llamar la curiosidad superficial. Esto irrespeta el objeto de conocimiento al contentarse con una comprensión superficial, para pasar rápidamente a otra cosa. El gran teólogo moderno, John Webster, llama a esto «una especie de promiscuidad intelectual, impulsada por la adicción a la novedad y la compulsión de repetir la experiencia del descubrimiento». Adicción a la novedad. Compulsión por repetir la experiencia. ¿No captura esto perfectamente la relación con los medios digitales (aplicaciones, notificaciones, redes sociales, videojuegos, películas) que se ha generalizado en nuestro mundo? Aquí podemos ver un fuerte contraste entre la estudiosidad, la virtud que para los cristianos medievales describía la búsqueda correcta del conocimiento, y la curiosidad. Mientras que los estudiosos son observadores, los curiosos son picoteadores1Persona que come poco y a menudo.. Los estudiosos saben que necesitan entablar una relación continua con lo que sea que estén buscando saber; por ejemplo, un árbol, una flor, un evento histórico o una idea filosófica, y entienden que esto tiene profundidades que no han sondeado, por lo que deben seguir estudiando atentamente. Los curiosos son picoteadores. Reducen el objeto de conocimiento a algo que pueden captar y digerir enteramente, consumiéndolo como comida rápida y, insatisfechos, vuelven la mirada hacia algo nuevo, o hacia una repetición intensificada de lo mismo, como una película de los Vengadores.

En una de las primeras alarmas que sonaron sobre la forma en que el Internet estaba recableando nuestros cerebros, Nicholas Carr escribió hace una década: «Cuando nos conectamos, entramos en un entorno que promueve las lecturas superficiales, los pensamientos apresurados y distraídos, y un aprendizaje superficial». Por supuesto, esto no es del todo malo. Yo mismo he podido beneficiarme enormemente al ser un estudiante en la era de Internet: es fácil obtener «lo básico» con Google y Wikipedia. Pero el problema es que pensamos que cuando sabemos esto, realmente sabemos algo, por lo que no hay necesidad de profundizar.

Por lo tanto, incluso cuando buscamos cosas legítimas que son buenas, verdaderas y hermosas, podemos pecar en nuestra búsqueda de conocimiento al buscarlas de manera incorrecta, al no reconocer estos dones de Dios por lo que son, y al convertirlas en algo para devorar para nuestro propio placer fugaz.

Publicado originalmente en Loudoun Classical School. Traducido por Romel Quintero.

El Dr. Littlejohn (University of Edinburgh, Ph.D) es el editor de Political Theology Today, el editor general de The Mercersburg Theology Study Series y escribe regularmente en bradlittlejohn.com.

Related Posts

1 Response

Leave a Reply