Los siete pecados capitales en una era digital (5): la envidia

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La envidia, como nuestro vicio anterior, la pereza, es a menudo mal entendida. De hecho, sospecho que muchos de nosotros tendemos a confundirla con la avaricia. Parece que ambos se reducen a querer más cosas, por lo que la envidia parece designar simplemente el subconjunto de casos en los que alguien más ya tiene las cosas que quieres (y tal vez que ellos las tengan es lo que provoca que las desees).

Pero la presencia del otro en la envidia no es incidental: mientras la avaricia es principalmente sobre el yo, la envidia es principalmente sobre la otra persona. Cuando caigo en la avaricia, quiero algo porque quiero ser suficiente por mí mismo; quiero acumular tesoros para mí mismo, sin importar si alguien a mi alrededor está necesitado o también está prosperando. Cuando caigo en la envidia, sé que no soy suficiente por mí mismo, que mi valor es relativo, determinado por el valor de quienes me rodean. En consecuencia, no solo quiero algo que alguien más tiene, lo quiero porque lo tienen, o más bien, no quiero que lo tengan porque lo tienen y yo no lo tengo. Aquino resalta este carácter esencialmente social de la envidia al señalar que «la envidia siente tristeza del bien ajeno», principalmente «porque aminora la propia gloria o excelencia» (ST IIaIIae cuestión 36 a. 1 resp.).

Ahora, es importante reconocer, como noté en el artículo sobre la avaricia, que en un sentido esto hace que la envidia sea menos corrupta que la avaricia. Los economistas a menudo tienden a menospreciar nuestra propensión de evaluarnos a nosotros mismos en términos sociales y relativos en lugar de en términos de bienestar material absoluto: es probable que el miembro pobre de una comunidad tribal pobre se sienta mucho más acomodado que un estadounidense moderno a quien le falta un auto y una nevera. Pero esto, lejos de ser necesariamente patológico, es un reconocimiento de que somos criaturas sociales, y que nuestros bienes más duraderos son aquellos que se comparten. La envidia, a diferencia de la avaricia, aún reconoce esto, pero lo pervierte, y lo hace de una manera que puede hacerla mucho más siniestra que la avaricia.

Por razones de envidia, no solo es mejor para todos prosperar juntos a que uno solo prospere, sino que si todos no pueden prosperar juntos, entonces todos deben sufrir juntos. Es decir, es posible que yo prefiera que tu promoción en el trabajo sea revocada y que me la ofrezcan a mí, pero si no puedo conseguirla, preferiría que ninguno de los dos la obtuviese. Este impulso destructivo de la envidia es memorablemente ilustrado en la famosa historia del rey Salomón y las dos rameras: la madre agraviada y envidiosa se conformaría felizmente con un bebé muerto antes de que su rival disfrute de un niño vivo. Mientras que la avaricia quiere mucho de una cosa buena, la envidia, comenzando desde el bien de la sociabilidad, pronto se vuelve contra todo bien, con terribles consecuencias. Considere la tragedia Otelo, entre muchas famosas ilustraciones literarias de la envidia, en la que la primera envidia de Yago y luego la de Otelo les lleva a no tratar de recuperar el bien deseado por ellos (una promoción en el caso de Yago, y Desdémona en el de Otelo), sino a destruir cualquier bien que otros pudieran disfrutar, y, al final, a sí mismos. Ciertamente, un pecado mortal.

Por supuesto, Aquino señala que a veces esta tristeza puede estimularnos a un mayor celo (como el atleta que entrena más duro después de perder contra su rival), y por este medio, evita el vicio de la envidia, pero con frecuencia simplemente ardemos en nuestro descontento o tratamos de hacer caer al otro. Aquino también observa que la envidia no suele estar dirigida a aquellos que están muy por encima de nosotros, o con quienes no tenemos nada en común: «Se sigue de ello que solamente se tenga envidia de aquellos con los que el hombre quiere o igualarse o aventajarles en su gloria» (ST IIaIIae cuestión 36 a. 1 ad 2). Para envidiar a alguien, necesito poder imaginarme fácilmente en su lugar y querer estar en ese lugar. La indignación popular del movimiento Occupy Wall Street, entonces, no se caracteriza fácilmente como una cuestión de envidia, como lo ha sido a menudo, ya que pocos de nosotros podemos imaginar, o incluso desearíamos, $50 millones al año. No, el lugar para buscar la envidia es en las relaciones más comunes entre amigos, familiares y compañeros de trabajo, y la envidia es a menudo más fuerte cuando hay menos en juego: el favoritismo de los padres, el pequeño cumplido que se hace al buen gusto de un amigo, la poca inequidad en las bonificaciones de fin de año.

Entonces, ¿qué tiene todo esto que ver con nuestra era digital? Bueno, se nos dice que este nuevo mundo digital nos está conectando y haciendo más sociales. Las redes sociales dominan nuestras vidas, y aunque pueden tornarse fácilmente a favor de los propósitos autogratificantes y antisociales de la codicia (como dije en el artículo anterior), sirven como un auténtico medio para fomentar y multiplicar las relaciones. No es de extrañar, entonces, que con la explosión de lo «social», encontremos este vicio esencialmente social de la envidia alzando su fea cabeza. Parte del problema es simplemente que es probable que tengamos muchos más «amigos», o al menos conocidos, de los que habríamos tenido antes. Si son nuestros amigos los que con más probabilidad envidiaremos, con los que con más probabilidad nos compararemos y con los que competiremos por nuestra reputación, entonces, mientras más amigos tengamos y sigamos, más ocasiones tendremos para la envidia.

Pero el problema es mayor, ya que todos sabemos que la mayoría de estos «amigos» no son amigos en el sentido pleno. Por supuesto, es muy posible consumirse de envidia con un amigo cercano, y, sin embargo, dado que lo opuesto de la envidia es la virtud de la caridad, somos más propensos a regocijarnos genuinamente en la buena fortuna de aquellos que amamos de verdad. Pero cuando se trata de aquellos a los que conocemos lo suficientemente bien como para llamar «amigos», pero hacia los cuales sentimos pocos lazos de afecto, encontraremos pocas razones para regocijarnos en sus bendiciones, y si ya estamos descontentos con nuestra suerte, veremos su buena fortuna como una molestia intolerable. Lo mismo ocurre con la multitud de pseudo amigos cuyos niños nuevos, autos nuevos, casas nuevas, trabajos nuevos y libros nuevos (si eres un académico) vemos en Facebook.

Y se pone peor. He señalado arriba que la envidia se nutre de la eliminación relativa de diferencias; es decir, que las pequeñas diferencias que realmente nos incomodan son solo perceptibles entre aquellos que se ven a sí mismos como casi iguales. En las democracias, entonces, es irónicamente probable que la envidia sea un vicio mucho más peligroso que en las sociedades altamente estratificadas. Y las redes sociales modernas son democráticas. En Facebook, y aún más en Twitter, puedo hacerme amigo o «seguir» a personas a las que nunca me atrevería a acercarme en público, e incluso puedo entrometerme en sus conversaciones; ellos, por su parte, pueden mantenerme al tanto de sus pensamientos internos, luchas diarias y fotos de la fiesta de cumpleaños de su hija. De repente, dentro del mundo digital, puedo imaginar a un rango mucho más amplio de personas que ocupan mi mismo plano social básico del que podría haber imaginado antes. Pero, por supuesto, esto es un poco ilusorio: muchos de ellos son aún décadas más viejos que yo, mucho más educados y realizados, mejor pagados y más respetados, de lo que yo podría esperar ser. Y, sin embargo, al identificarlos como parte de mi círculo social, me puedo encontrar inconscientemente comparándome con ellos y preguntándome por qué mi vida no puede ser tan buena como la de ellos.

Dos factores más merecen consideración. La envidia se nutre de lo concreto: ese regalo extra de cumpleaños, ese fabuloso cumplido, ese bono extra de $500. Nuestros programadores de medios lo saben; o, mejor dicho, saben que la vanidad se nutre de lo concreto (diré más sobre esto en el artículo sobre el orgullo), y la envidia es un subproducto de esto. Podemos tabular fácilmente cuántos «me gusta», cuántos comentarios, cuántos «favoritos», cuántos «retweets» o «repins» tiene el estado/foto/ tweet/post de nuestro amigo, en comparación con los nuestros. Para el corazón envidioso, cada uno de estos pequeños íconos de aprobación es un tizón ardiente que aviva el fuego de la amargura y la envidia. El corazón envidioso masoquistamente almacenará cada recuerdo doloroso del éxito del otro, hasta que parezca que el mundo entero está conspirando contra él. La envidia, por supuesto, siempre encontrará formas de hacerlo, pero nuestros programadores actuales han hecho su trabajo mucho más fácil.

Finalmente, debemos notar que la envidia no es realmente provocada por el bien de otra persona, sino por el bien percibido de otra persona. Realmente no importa si tu amigo es más rico o guapo que tú, sino solo que puedes imaginarlo así. Y, por supuesto, la envidia siempre tiene una imaginación fértil: la hierba siempre es más verde del otro lado. Pero, una vez más, nuestras modernas redes sociales facilitan su trabajo al ampliar la brecha entre la percepción y la realidad. Como he señalado en la discusión de la avaricia, el mundo digital nos ofrece maravillosas oportunidades para refinar nuestra autopresentación, compartiendo solamente nuestros momentos más felices y agradables con el mundo. Esto se traduce en una situación en la que casi cualquier persona puede mirar Facebook y concluir plausiblemente que todos los demás están teniendo una vida mejor. Algunas veces somos lo suficientemente conscientes y maliciosos como para usar este poder de las redes sociales para alimentar deliberadamente la envidia, presentándonos a nosotros mismos o nuestros logros de tal manera que sepamos que otros se sentirán inferiores.

Por supuesto, todos los peligros de nuestra era digital que acabo de mencionar son meras ocasiones para que el corazón envidioso tome ventaja; estos no crean la envidia. Pero dado que todos tenemos corazones propensos a la envidia, tal vez sea de poco consuelo. Y, como todos los vicios, la envidia se autorefuerza. Si empezamos a lamentarnos habitualmente por los éxitos de los demás, nos resultará cada vez más difícil no hacerlo de forma casi automática.

Afortunadamente, hay una solución muy simple para la envidia (simple en principio, al menos, aunque sigue siendo una lucha de por vida). No nos equivocamos al buscar nuestro valor e identidad en relación con los demás. La psicología moderna nos dice que esta es la raíz de nuestros problemas, y que necesitamos «creer en nosotros mismos» y cultivar la «autoestima». Esa solución es tan mortal como la enfermedad. Nos equivocamos al imaginar que podemos medir con precisión nuestro valor en relación con otras criaturas. No, es reconociéndonos, en primer lugar, como hijos de Dios que podemos vencer cualquier punzada de la envidia, ya que esto nos brinda una base tanto para la humildad y la gratitud radical como para la autoconfianza radical, sabiendo que somos amados y estimados por Aquel cuya opinión importa mucho más que el barómetro humano de la popularidad.

Este artículo fue publicado originalmente en Reformation21. Trad. Romel Q.

El Dr. Littlejohn (University of Edinburgh, Ph.D) es el editor de Political Theology Today, el editor general de The Mercersburg Theology Study Series y escribe regularmente en bradlittlejohn.com.

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