Los siete pecados capitales en una era digital (4): la pereza

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Cuando llegamos al tema de la pereza en una era digital, el diagnóstico puede parecer obvio, aunque un poco moralista. Todos estamos familiarizados con el teleadicto pegado a la pantalla del televisor, o el adolescente que descuida su tarea por jugar videojuegos, o para usar Instagram. En el mundo moderno, se nos enseña a trabajar solo para alcanzar el ocio (tiempo libre de esparcimiento) y los medios digitales se han convertido en nuestra fuente favorita de ocio. El vicio de la pereza, entonces, es el pecado de la flojera; el pecado de no ser tan productivos como Dios nos llama a ser.

Sin embargo, pese a su aparente familiaridad, tal vez ninguno de los vicios tradicionales sea tan desconocido como la pereza. De hecho, la palabra en inglés (sloth) es bastante insuficiente; el verdadero nombre en latín para este vicio es accidia, una palabra para la que realmente no hay una buena traducción. La definición formal de Aquino de este vicio («dolor por el bien espiritual»), probablemente solo nos confundirá aún más. Pero intentemos desempaquetarlo. Dice Aquino: «La acidia es cierta tristeza que apesadumbra, es decir, una tristeza que de tal manera deprime el ánimo del hombre, que nada de lo que hace le agrada» (Summa II-II, p. 35 a. 1 resp.). Específicamente, es «tristeza del bien divino, del que se goza la caridad» (Summa II-II, p. 35 a. 2 resp.). «Tristeza» aquí significa menos una tristeza activa y más una falta apática de amor y alegría, sobre todo, una falta de alegría en Dios, una disposición que es mortal.

El amor de todas las cosas verdaderamente buenas nos impulsa hacia Dios, la fuente de todo bien, y el amor de Dios, a su vez, nos remite a los bienes terrenales más ricos como fuentes de auténtico deleite. Cuando nuestro amor por Dios se convierta en apatía, nuestra capacidad para tal deleite se secará, y será reemplazada por la búsqueda sin rumbo de placeres momentáneos, distracciones y estimulaciones. La condición espiritual resultante es la más mortal de todas, como C.S. Lewis describe profundamente en uno de los pasajes más escalofriantes de las Cartas del diablo a su sobrino, que vale la pena citar con cierta extensión:

En este estado, tu paciente no omitirá, sino que le disgustarán cada vez más sus deberes religiosos. Pensará en ellos tan poco como sienta que puede, y los olvidará tan pronto como sea posible cuando hayan terminado (…) Querrá que sus oraciones sean irreales, ya que no temerá nada más que el contacto efectivo con el enemigo.

A medida que esta condición se establezca más, gradualmente te liberarás de la tediosa tarea de proporcionar placeres como tentaciones. A medida que el malestar y su renuencia a enfrentarlo lo alejen cada vez más de toda felicidad real, y en la medida que el hábito hagan que los placeres de la vanidad, la excitación y la frivolidad sean al mismo tiempo menos agradables y difíciles de abandonar (porque eso es lo que hace el hábito a un placer), observarás que cualquier cosa o nada será suficiente para atraer su atención. Ya no necesitarás un buen libro, que a él realmente le guste, para alejarlo de sus oraciones, ni su trabajo ni su sueño; una columna de anuncios en el periódico de ayer será suficiente. Puedes hacer que pierda el tiempo no solo en conversaciones que disfruta con las personas que le gustan, sino también en conversaciones con personas que no le importan y sobre temas que lo aburren. Puedes hacer que no haga nada durante largos periodos. Puedes mantenerlo despierto hasta tarde por la noche, no calentándose, sino mirando el fuego en una habitación fría. Todas las actividades saludables y sociales que queremos que evite se pueden inhibir y no darle nada a cambio, de modo que al final diga, como dijo uno de mis pacientes a su llegada: «Ahora veo que pasé la mayor parte de mi vida sin hacer lo que debía ni lo que me gustaba». Los cristianos describen al enemigo como uno «sin quien nada es fuerte». Y nada es lo suficientemente fuerte como para robar los mejores años de un hombre, no en pecados deleitosos, sino en un parpadeo sombrío de la mente sin saber el qué y el por qué de las cosas; en la gratificación de curiosidades tan débiles que el hombre solo está medio consciente de ellas; en el chasqueo y silbido de canciones que no le gustan, o en el largo y oscuro laberinto de ensueños por los que ni siquiera tiene la lujuria o ambición de disfrutarlos, sino que una vez la asociación casual los ha comenzado, la criatura está demasiado débil y aturdida como para quitárselos de encima» (1996 ed., pp. 59-60).

Es difícil leer este pasaje sin estremecerse y, sin embargo, gran parte de lo que Lewis describe aquí es demasiado parecido a nuestra experiencia diaria. ¿Cuántos de nosotros conocemos la experiencia de pasar una tarde en nuestras computadoras portátiles siguiendo sin rumbo fijo una serie de enlaces cada vez más triviales y poco interesantes, mientras que junto a nosotros hay un libro que hemos estado deseando leer o un cónyuge con el que hemos estado deseando hablar? ¿Cuántos de nosotros sabemos lo que es pasar una reunión social revisando constantemente nuestros teléfonos inteligentes para ver si algo más interesante está ocurriendo en otra parte, o gratificando curiosidades tan débiles que solo estamos medio conscientes de ellas, y solo después de que partimos nos damos cuenta, con dolor, de que no nos involucramos en una sola conversación significativa? He visto a una familia de cinco personas sentados juntos en un tren y cada uno con su iPhone o iPad, prefiriendo la compañía de estos dispositivos a la de los seres queridos que tienen frente a ellos.

Por supuesto, podría parecer un alarmismo indebido preocuparse por tal distracción banal. Pero C.S. Lewis se anticipa a esta objeción:

Dirás que estos son pecados muy pequeños… [Pero] no importa qué tan pequeños sean los pecados, ya que su efecto acumulativo es alejar al hombre de la luz y llevarlo a la nada. El asesinato no es mejor que jugar a las cartas si las cartas pueden lograr esto. De hecho, el camino más seguro hacia el infierno es el gradual: la pendiente suave, el camino suave, sin giros repentinos, sin hitos, sin señales (pp. 60-61).

Nuestra era es una era de acidia. De hecho, aunque obviamente no es nuevo, quizás no haya pecado tan moderno. Nuestras farmacias están llenas de medicamentos para tratar la depresión, nuestras oficinas están llenas de carteles motivacionales que intentan persuadirnos de que vale la pena hacer nuestro trabajo, y nuestras películas están llenas de personajes que deambulan con indiferencia por la vida buscando pequeños placeres para distraerse de la inutilidad del todo: la reciente obra maestra de Richard Linklater, Boyhood, sin importar lo que se diga de ella, es una poderosa ilustración de esta condición moderna. Sin duda, todo esto es, en parte, un síntoma de la muerte de Dios y la inquietante conciencia de nuestra cultura acerca de nuestra complicidad en esa muerte y nuestros esfuerzos incompletos para enterrarlo. Después de todo, Lewis comienza este pasaje sugiriendo que, generalmente, es una «vaga nube de consciencia medio culpable» lo que lleva a los cristianos a este estado de pereza.

Pero no debemos pasar por alto el papel de nuestros patrones de consumo, en el que una proliferación paralizante de elecciones nos deja cada vez más indispuestos para gastar lo suficiente en cualquier placer por el que desarrollemos un aprecio verdadero y profundo. Hemos sido cada vez más programados para ser pescador y pescado, y con la llegada del internet y otras tecnologías digitales, esta tendencia se ha acelerado dramáticamente, como lo documenta Nicholas Carr en The Shallows. Pero si la pereza es un pecado espiritual, una cuestión de no buscar el rostro de Dios, ¿qué importancia tiene esto? Ciertamente, el comprador, jugador o usuario de Facebook compulsivo, puede estar intentando llenar el agujero de Dios en su vida, o ahogar Sus llamados con un «ruido blanco» de frenética trivialidad. Pero como con todos los vicios y virtudes, aquí hay algo parecido a un circuito de retroalimentación. Cuanto más nos refugiamos en la distracción, más nos habituamos a la mera estimulación y más nos insensibilizamos para deleitarnos. Perdemos nuestra capacidad de detenernos y reflexionar profundamente sobre algo, de admirar algo hermoso por sí mismo, de perdernos en la pasión por un juego, una historia o una persona. Y como Lewis señala en las Cartas del diablo a su sobrino, toda pasión o placer profundamente sentido, todo lo que realmente nos saca de nosotros mismos para contemplar las maravillas que Dios ha puesto en el mundo, es un paso hacia Dios y hace que los demonios se estremezcan.

El círculo vicioso de la acidia, entonces, puede moverse en cualquier dirección. O bien, por miedo y culpa, perdemos nuestro deleite en Dios, la fuente de todo bien, y comenzamos a perder nuestro deleite en todos los bienes que nos ha dado, hasta que nos preocupemos cada vez menos por alguien o algo, y nos perdamos a nosotros mismos en diversiones momentáneas, que luego se convierten en los únicos «placeres» que conocemos. O sin pensar comenzamos a habituarnos a los ecosistemas de distracción que nos rodean, hasta olvidar lo que se siente prestar verdaderamente atención a un poema o una persona; y con nuestra capacidad de disfrute así destruida, perdemos rápidamente la capacidad de disfrutar de Aquel que exige la mayor atención de todas. Y no es difícil ver que, de cualquier manera, este vicio de la acidia, particularmente en nuestra era digital, nos lleva de manera natural a cada uno de los otros que ya hemos discutido: la lujuria y la gula que se han fusionado con la «curiosidad» para mantenernos enganchados en la novedad con recompensas cada vez menores, y el espíritu de la codicia que nos encorva sobre nosotros mismos para crear nuestro pequeño mundo virtual.

La salida de este círculo vicioso, entonces, requiere esfuerzo en ambas direcciones. Debemos tratar de volver a encender nuestro amor por Dios mediante la adoración, la oración, la lectura y la meditación. Y, sin embargo, constantemente encontraremos nuestras mentes nubladas en el intento si estamos viviendo vidas perezosas de distracción perpetua. Debemos cultivar conscientemente un disfrute agradecido de los placeres saludables de la belleza, el conocimiento y la amistad con los que Dios nos ha rodeado, en lugar de pescar sin descanso en busca de otra cosa que pueda distraernos por un momento. Y cuanto más capaces seamos de gozar de los bienes que provienen de Dios, más nos sentiremos atraídos en gratitud hacia la gozosa comunión con Él.

Este artículo fue publicado originalmente en Reformation21. Trad. Romel Q.

El Dr. Littlejohn (University of Edinburgh, Ph.D) es el editor de Political Theology Today, el editor general de The Mercersburg Theology Study Series y escribe regularmente en bradlittlejohn.com.

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