Los siete pecados capitales en una era digital (3): la avaricia

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Introducción

Parte 1

Parte 2

Teniendo en cuenta lo que he dicho en la última entrega sobre la gula, es probable que usted se esté preguntando qué podría decir sobre la forma distintiva de la avaricia en una era digital. El contenido digital, por su naturaleza, no puede ser poseído de la manera en que los objetos tradicionales de la avaricia pueden serlo; no solo es físicamente insustancial, sino que también es ilimitadamente replicable, para gran consternación de la industria musical. Independientemente de nuestros intentos de extender la lógica de propiedad al contenido digital a través de acuerdos de propiedad intelectual, el hecho es que dicho contenido es esencialmente   consumido (sin límite) en lugar de poseído, en la medida en que la posesión presupone una cierta escasez. Como vimos la última vez, el mundo digital puede ser un sitio para algo como el vicio de la gula, ya que devoramos una gran variedad de contenido y gadgets siempre nuevos, pero incluso nuestros dispositivos de hardware (nuestras computadoras portátiles, tabletas y teléfonos inteligentes) son tan transitorios que se han vuelto más bienes de consumo que activos productivos (recordemos que para Aquino, el contraste esencial entre, por un lado, la avaricia y, por otro lado, la lujuria y la gula, es que la avaricia es un deseo desordenado por un «bien útil», mientras que la lujuria y la gula por un «bien agradable»).  

De hecho, todo nuestro modo de vida moderno puede parecer haber dejado atrás la avaricia, ya que gastamos en lugar de ahorrar, tiramos en lugar de atesorar y nos entretenemos en el momento en lugar de invertir para el futuro. No solo eso, sino que uno de los males clave de la avaricia en la tradición moral clásica ya no parece aplicarse. Aquino dice de la avaricia: «La avaricia es pecado directamente contra el prójimo, porque uno no puede nadar en la abundancia de riquezas exteriores sin que otro pase necesidad, pues los bienes temporales no pueden ser poseídos a la vez por muchos» (Summa, II-II, p. 188 a. 1 ad   2), y nos reímos de su ignorancia. ¡Qué pensamiento de suma cero! Ahora sabemos que las inversiones productivas pueden crear riqueza, de modo que un hombre puede abundar sin privar a otro. E incluso si esto no es tan cierto como nos gustaría pensar en el ámbito de los bienes externos, ciertamente es el caso en el mundo digital. Los titulares recientes en las noticias sobre la «neutralidad de la red» subrayan esta convicción: el internet es un gran bien común global, al que todos pueden tener igual acceso, y nadie debería comprar derechos especiales de entrada.

Pero si dejamos las cosas aquí, hemos profundizado superficialmente en la esencia de la avaricia. El segundo y mayor mal de la avaricia, dice Aquino, consiste en la «inmoderación en el afecto interior que se tiene a las riquezas; por ejemplo, si se las ama o desea gozar de ellas desmedidamente. Entonces la avaricia es pecado contra uno mismo, por lo que implica desorden, no del cuerpo, como en los pecados carnales, sino de los afectos. Como consecuencia lógica, es pecado contra Dios, como todos los pecados mortales, en cuanto se desprecia el bien eterno por un bien temporal» (Summa, II-II, p. 118 a. 1 ad 2).

De hecho, es solo cuando consideramos la naturaleza de este afecto desordenado que podemos entender las condenas extraordinarias que las Escrituras reservan para Mamón: «El amor al dinero es la raíz de todo mal». Hay pocos lugares mejores para obtener tal comprensión que la parábola del rico insensato (Lucas 12:16-21): «La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate».

Lo más sorprendente de este pequeño soliloquio es su solipsismo: «dentro de sí», «yo», «haré», «mis», «haré», «mis», «guardaré», «mis», «mis», «a mi alma». Aquí hay un hombre que está completamente envuelto en sí mismo, tanto que hace pequeños discursos para él mismo, hablando con su alma como con un viejo amigo. Esto nos da la primera clave para el corazón de la avaricia.

La otra clave se encuentra en Santiago 4:13-14: «!Vamos ahora! los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y traficaremos, y ganaremos; cuando no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece».

Las riquezas se valoran principalmente como una fuente de seguridad falsa, una forma de ayudarnos a sentir que tenemos el control de nuestras vidas, pero esto de manera absurda, ya que son incluso más pasajeras que la vida misma. Uno de las muchas facetas que tengo es como asesor de inversiones, y siempre estoy consciente, con algo de nerviosismo, de que estoy en el negocio de vender seguridad. Es difícil no escribir una copia publicitaria sin caer en la trampa de manipular los temores de los clientes: «Si le preocupa lo que pueda traer el futuro, ahorre e invierta con nosotros para que pueda dormir tranquilo».  

Solipsismo y seguridad: estos son el corazón de la avaricia, y nos muestran que la avaricia, de hecho, está más estrechamente relacionada con el orgullo (que es la razón por la que el orgullo también se describe como la raíz de todo pecado) que con la envidia, como podríamos haber imaginado. La envidia, de hecho, sean cuales sean sus problemas, al menos tiene la virtud de ser un pecado social. Cuando envidiamos, miramos a otras personas y deseamos ser como ellas. Cuando sentimos avaricia, nos retiramos a nosotros mismos y buscamos ser autosuficientes. Cuando hacemos esto, negamos aquello para lo que fuimos creados fundamentalmente. Lo primero que dicen las Escrituras acerca de la humanidad es que fuimos formados del polvo de la tierra y que fuimos dotados de vida por el aliento de Dios: somos totalmente dependientes y estamos seguros solo cuando descansamos en Dios. La segunda cosa que dicen las Escrituras sobre nosotros es que «no es bueno que el hombre esté solo». Fuimos creados para compartir; nada es más natural para nosotros. Considere la reacción instintiva de una pequeña niña cuando descubre una nueva maravilla en el patio trasero: «Vengan y vean esto». Considere su reacción instintiva cuando escucha una nueva pieza musical o ve una película nueva: le cuenta a todos sobre ello e intenta que otros también lo experimenten. Nunca somos más humanos que cuando compartimos, y en nada la caída es más clara que en la barrera que introdujo a ese compartir (lo primero que hicieron Adán y Eva fue esconder sus cuerpos del otro). La avaricia, entonces, es el descenso del hombre caído hacia el solipsismo, la evidencia de que nos hemos incurvatus in se («encorvado en nosotros mismos»), según la memorable frase de Agustín.

Sin embargo, una vez más, todo esto podría parecer simplemente una prueba más de que nuestra era digital, cualquiera que sea su maldad, ha trascendido el vicio de la avaricia. ¿Para qué sirve el internet si no es un lugar para compartir, un lugar para ser social? Al parecer, en cada página web encontramos el pequeño botón de «compartir esto» en una docena de lugares diferentes para invitar a nuestros amigos a experimentar o aprender lo que acabamos de ver. Si el signo de la pecaminosidad de Adán y Eva fue que cubrieron su desnudez, escondiéndose el uno del otro, entonces nuestras redes sociales podrían parecer haber revertido la caída, ya que nos hacemos totalmente transparentes entre nosotros en nuestros perfiles en línea.  

Pero ¿realmente lo hacemos? Ciertamente, algunos adolescentes y usuarios de redes sociales inmaduros, o con deseo de atención, pueden intentar hacerse transparentes al mundo, compartiendo cada pensamiento o experiencia sin filtro. Sin embargo, incluso esto es difícilmente un verdadero compartir, el cual está motivado por el deleite en y con el otro; más bien, es simplemente el grito solitario del alma incurvatus in se, con la esperanza de que el resto del mundo se vuelva sobre ella también. Sin embargo, para la mayoría de nosotros la aparente inmediatez y transparencia de las redes sociales es una ilusión; por el contrario, permanecemos ocultos incluso en nuestra autorevelación de manera mucho más efectiva que lo que las hojas de higuera de Adán y Eva, o las normas de etiqueta social, pueden hacer. Parece que compartimos mientras cargamos la mitad de nosotros mismos sobre nuestras espaldas, como Ananías y Safira; compartimos para mantener una cierta apariencia y sentido de control, como el benefactor avaricioso que da ostentosamente mientras se aferra fuertemente a su principal capital.  

Cuando me encuentro con un ser humano real en una conversación o amistad, por más desapegado o reservado que pueda ser, en última instancia, tengo que renunciar a cierto control sobre mí mismo, compartiendo más de lo que quisiera. No puedo asegurarme de que mi cuerpo siempre se vea desde su ángulo más favorecedor y, a menos que sea un maestro del autocontrol, no puedo evitar que mis expresiones faciales, mi lenguaje corporal y mi tono de voz dejen ver indicios que prefiero ocultar. Si, en el toma y dame de la conversación, me hacen una pregunta o me enfrento a un insulto para el cual no estoy preparado, puedo responder torpemente y abofetearme después. En Facebook, Instagram, y mi blog, sin embargo, mantengo el control total de mi presentación personal. Solo puedo compartir las fotos más favorecedoras, las actualizaciones de estado más ingeniosas, las opiniones mejor consideradas y, si es necesario, vigilar los límites de mi espacio social, rechazar la entrada de otros o silenciarlos si hacen comentarios no deseados.  

Charles Taylor ha descrito el movimiento de la premodernidad a la modernidad como el movimiento del «yo poroso» al «yo pulido». En esto y en muchas otras cosas, la tecnología digital es la apoteosis de la modernidad; de hecho, con las redes sociales, nos hemos movido más allá del yo pulido hacia el yo curado. 

Obviamente, tendré mucho más que decir acerca de este fenómeno cuando regrese más adelante a considerar el orgullo en una era digital, pero vale la pena hacer una pausa para reconocer que, a pesar de la inmaterialidad del espacio digital, estamos tratando aquí con el corazón espiritual de la avaricia. La avaricia, la negación de compartir y de la interdependencia para la cual Dios nos creó, consiste en el deseo de vigilar y expandir continuamente un ámbito de propiedad privada cuyo uso está totalmente sujeto a su control. Para muchos de nosotros, las infinitas oportunidades que nos brinda la tecnología digital para vigilar, curar y controlar nuestro propio espacio virtual constituyen una poderosa tentación para satisfacer este vicio, incluso cuando tenemos pocas posesiones materiales en las que poder ejercerlo. La tentación no es irresistible; muchos reconocen la pérdida de autenticidad que conlleva y buscan conscientemente hacer que sus mundos y seres digitales sean porosos. Pero esto requiere un esfuerzo consciente, la determinación de ser hospitalario con el extraño (el comentarista torpe u odioso que sigue enviando alertas), y dejar de lado la necesidad de ser visto siempre de la forma más favorecedora. Y esto solo es posible, debo agregar, cuando aprendemos a dejar de buscar seguridad en nuestro capital material o social, y aprendemos a descansar seguros solo en Dios.

Publicado originalmente en Reformation21. Trad. Romel Q.

El Dr. Littlejohn (University of Edinburgh, Ph.D) es el editor de Political Theology Today, el editor general de The Mercersburg Theology Study Series y escribe regularmente en bradlittlejohn.com.

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