Estudiosidad vs. curiosidad (1): buscando el tipo correcto de conocimiento

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PARTE 2

PARTE 3

En esta serie, quiero explorar cómo ordenar correctamente nuestros amores cuando buscamos el conocimiento. Créalo o no, solo porque el conocimiento es un bien, no significa que todo tipo de conocimiento, o cualquier forma antigua de buscarlo, sea bueno. De hecho, así es con cada bien que Dios nos ha dado para perseguir.

Los cristianos medievales pasaron mucho tiempo clasificando diferentes pecados. Probablemente haya oído hablar de los «siete pecados capitales», que eran las grandes categorías en las que clasificaban todos los demás, pero tenían nombres para más de siete. Y, en realidad, «pecados» no es la palabra correcta. La palabra «vicio» es mucho más precisa, ya que describía un mal hábito o una disposición desordenada que se inclinaba hacia ciertas acciones que en principio podrían ser buenas o útiles, pero que se han distorsionado, mal dirigido o salido fuera de control.

En cualquier caso, uno de los vicios del que hablaron mucho fue el de la curiositas («curiosidad»). ¿Por qué? ¿Cómo podría ser malo buscar el conocimiento? Vivimos en la llamada «era de la información» y «economía de la información», y nos hemos convencido de que el acceso a más y más información debe ser algo bueno. Pero esta es una idea que quiero cuestionar, y esto por tres motivos. En primer lugar, sí importa lo que sabemos: no todo conocimiento es bueno. En segundo lugar, sí importa cómo sabemos: cómo orientamos nuestras mentes y corazones hacia los objetos de nuestro conocimiento y nuestra búsqueda de ellos. En tercer lugar, sí importa por qué sabemos: cuál es el propósito de nuestra búsqueda del conocimiento. En cada uno de estos casos, hay una buena manera de buscar el conocimiento, que los medievales llamaron la virtud de la estudiosidad, y una mala manera, que llamaron curiosidad. A los monjes medievales, que nombraron el vicio así, les gustaba organizar las cosas en grupos de tres (como la Trinidad), o en grupos de siete (como los siete días de la creación). Así que en esta entrada, quiero explorar tres formas del vicio de la curiosidad que se relacionan con lo que sabemos; tres que se relacionan con cómo sabemos, y una que se relaciona con por qué sabemos, dándonos el gran total de siete.

Entonces, ¿cómo podríamos pecar en lo que buscamos conocer? Bueno, podemos desviarnos exigiendo saber cosas que solo Dios puede saber; por ejemplo, el futuro es algo que a menudo deseamos saber, pero que no podemos. A veces tratamos de organizar nuestras vidas de una manera que asegure el futuro y pretendamos que hemos tenido éxito, pero esto siempre es falso. También podemos buscar conocer misterios teológicos que están más allá de nuestra comprensión. Y hay algunas cosas (cosas malas), que podríamos saber, pero que no deberíamos buscar. Entonces, a todos estos errores podemos llamarlos «curiosidad arrogante».

Hay algunas cosas que son completamente apropiadas que algunos humanos sepan, pero tal vez no que yo sepa. Hay muchas cosas en el mundo que simplemente no nos conciernen y no deberían preocuparnos, y si trato de prestarles atención, eso solo me alejará de la vocación que Dios me ha dado. Nuestras vidas están tan ocupadas que es posible que piense que sería fácil ignorar todo lo que no necesitamos saber, pero no lo hacemos. Hace más de 2.000 años, Plutarco discutió este vicio de la curiosidad entrometida, en el que nos entrometimos en los asuntos de otros y chismeamos sobre ellos. Y puedo apostar que los monjes medievales, que vivieron juntos durante años en comunidades muy unidas, tenían mucha experiencia con este problema.

Finalmente, podemos equivocarnos al tratar de saber cosas que nos corresponden saber, pero no en el momento, alejándonos así de las tareas y personas que Dios ha puesto actualmente ante nosotros para abordar asuntos que deberíamos conocer cuando Él nos llame a hacerlo. En un famoso pasaje del Libro X de las Confesiones de Agustín, él discute este vicio de la curiosidad distractora, lamentando la frecuencia con la que es distraído de la reflexión seria y la meditación espiritual por ver un perro persiguiendo una liebre o un lagarto cazando moscas. En principio, hay muchas cosas buenas que conocer, pero no son la tarea a la que Dios nos ha llamado en este momento. De hecho, como reconocieron los medievales, la curiosidad y la pereza (es decir, la flojera) a menudo van de la mano.

Ahora, usted probablemente pueda recordar momentos de su vida (probablemente de la última semana) cuando fue víctima de cada una de estas tentaciones. Estas están profundamente arraigadas a nuestra naturaleza pecaminosa. Sin embargo, hay formas en que literalmente han sido arraigadas a las tecnologías que conforman nuestro mundo actual. Ahora que vastas fronteras de conocimiento han sido abiertas para nuestro acceso instantáneo por la revolución digital, somos tentados a pensar que todo lo que queremos saber puede y debe conocerse cuando queramos. Nos impacientamos con el misterio y el razonamiento paciente, y esta impaciencia es profundamente destructiva para el discipulado cristiano. Esta es la curiosidad arrogante, que piensa que debido a que somos capaces de conocer tanto, deberíamos saberlo todo. ¿Qué pasa con la curiosidad entrometida, que siempre quiere saber qué están haciendo los demás, en lugar de pensar en lo que se supone que debe estar haciendo?

¡Este es el modelo de negocio de las redes sociales! Las redes como Facebook pueden ayudar a fortalecer las relaciones saludables al permitirnos mantener contacto con otros desde la distancia, pero pueden alentar fácilmente dinámicas poco saludables de chismes y envidia (comparándonos con otros), o la intromisión en los asuntos de otras personas. Y, por supuesto, creo que todos tenemos una amplia experiencia de curiosidad distractora en relación con la tecnología. Agustín pudo haber sido un poco escrupuloso al preocuparse por ver un lagarto, pero cuando nos distraemos de nuestro trabajo por cada pequeña notificación en nuestro iPhone o computadora, o cuando revisamos Facebook diez veces al día, difícilmente podemos decir que no tenía razón.

Superar estas tentaciones no es fácil; superar la tentación rara vez lo es. Pero la estrategia básica debería ser bastante obvia: fije sus ojos en Jesús y en las tareas que Él le ha encomendado. A medida que avance hacia la edad adulta, a menudo Él dejará estas tareas menos definidas, y usted tendrá que buscar constantemente Su guía para saber qué quiere Él que usted haga en este momento. Cuando sienta la tentación de dedicar tiempo a buscar el conocimiento prohibido, o el conocimiento de los asuntos de otra persona, o simplemente el conocimiento de algo que es irrelevante para su tarea actual, simplemente pregúntese: «¿Me ayuda esto a cumplir la tarea que Dios me ha dado en este momento?». Y si no, ignórelo escrupulosamente y fije sus ojos en el camino por delante.

Publicado originalmente en Loudoun Classical School. Traducido por Romel Quintero.

El Dr. Littlejohn (University of Edinburgh, Ph.D) es el editor de Political Theology Today, el editor general de The Mercersburg Theology Study Series y escribe regularmente en bradlittlejohn.com.

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