Confesando la fe reformada (2): unidad en la diversidad

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Primera parte

Lo siguiente es la segunda parte de una ponencia del Dr. Richard Muller, que en inglés se títula Confessing the Reformed Faith: Our Identity in Unity and Diversity. La ponencia será traducida y publicada aquí en su totalidad.

Concediendo la diversidad en la tradición reformada, bien podríamos preguntar qué nos une. Desde la perspectiva del luteranismo ortodoxo y confesional, cualquier afirmación que podamos hacer de la unidad de la fe es inmediatamente cuestionada por la diversidad de nuestros estándares confesionales. Los teólogos confesionales luteranos han señalado la diversidad de nuestras confesiones y han hablado de las contradicciones internas del calvinismo en contraste con la armonía teológica del luteranismo; la unidad de la confesión eclesiástica, como se expresa en el Libro de la Concordia. Y un historiador contemporáneo del siglo XVI ha argumentado, sobre la base de los diferentes énfasis en la doctrina del pacto de gracia en Calvino y Bullinger, que en realidad hay dos tradiciones reformadas bastante divergentes1 J. Wayne Baker, Heinrich Bullinger and the Covenant: The Other Reformed Tradition (Athens, Ohio, 1980)..

La crítica luterana puede, por supuesto, ser relativamente fácil de contrarrestar. Los teólogos reformados de los siglos XVI y XVII pudieron notar que el estándar monoconfesional de los luteranos, el Libro de la Concordia, no era realmente tan indicativo de una confesión unificada como decía ser. No solo surgió de una terrible controversia, e intentó (con relativo éxito, podríamos agregar) encontrar un curso medio entre extremos doctrinales, sino que tampoco estaba completamente unificado en sus propios documentos.

Por lo tanto, después de la concordia luterana, varias preguntas importantes quedaron sin respuesta para los luteranos y, de hecho, permanecen sin respuesta hasta el día de hoy: ¿Es un «verdadero luteranismo», distinto de los presuntos problemas causados por el luteranismo de la línea de Felipe Melanchthon, una posición doctrinal alcanzable? ¿O el papel de Melanchthon en la producción de los estándares confesionales (él fue el autor de la Confesión de Augsburgo y la Apología de la Confesión de Augsburgo) causa una grieta en los documentos confesionales mismos, dada la autoría de Lutero de los Catecismos mayor y menor? ¿El estilo escolástico de finales de siglo XVI de la Fórmula de la Concordia impide una unidad genuina entre ella y los documentos tempranos del Libro de la Concordia? Por otra parte, hay muchas confesiones luteranas del siglo XVI que no se incluyeron en el Libro de la Concordia y que también apuntan hacia una diversidad en el luteranismo. También es el caso de que incluso después de la firma de la Fórmula de la Concordia, las diferencias en la comprensión de la gracia y la elección continuaron preocupando al luteranismo.

La afirmación de una unidad monoconfesional en el luteranismo, en contra de la diversidad reformada, no es del todo precisa. Además, en el lado reformado ciertamente podemos reconocer un terreno común y un acuerdo fundamental en la doctrina que surge de la aceptación general o de varios símbolos reformados importantes. Un estándar monoconfesional no garantiza en sí mismo la unidad y, aun así, una familia multiconfesional no indica en sí misma desunión.

Pero ¿qué pasa con la afirmación de que hay dos tradiciones reformadas? Es cierto que la enseñanza pactual de Calvino tiende a enfatizar la actividad soberana de Dios en el establecimiento del pacto de gracia y que la enseñanza pactual de Bullinger tiende a enfatizar la responsabilidad humana en el pacto. Sin embargo, también es seguro que Calvino nunca intentó eliminar la responsabilidad humana ante Dios, y que Bullinger nunca afirmó que una respuesta genuina al pacto podría ocurrir aparte de la gracia de Dios. Tanto Calvino como Bullinger enfatizaron la necesidad y prioridad de la gracia en la obra de salvación, y ambos reconocieron la dificultad de mantener ese fino equilibrio, típico de la teología reformada, entre un énfasis en la soberanía divina y una insistencia en la responsabilidad humana ante Dios. La diferencia de énfasis entre las enseñanzas de estos dos pilares de la tradición reformada no indica dos formas divergentes de ser reformado, sino más bien una cierta amplitud de declaración doctrinal y énfasis en la tradición reformada misma.

La unidad reformada, entonces, no es la unidad de una sola confesión; ni siquiera es la unidad de un libro de confesiones, como se jacta el luteranismo. Tampoco es una unidad de acuerdo absoluto entre sus diversos documentos confesionales. Más bien, la unidad reformada es una unidad de fe representada como un espectro de opinión; una unidad dentro de los límites. A modo de ejemplo, en el patrón fundamentalmente infralapsario de la doctrina confesional reformada de la elección, podemos pasar del predestinarismo infralapsario y único de la Segunda Confesión Helvética, al predestinarismo infralapsario (pero doble) de los Cánones de Dort, a la mezcla de infralapsarianismo con supralapsarianismo (con, creo, una conclusión infralapsaria) en la Confesión de Westminster, sin sentir la necesidad de argumentar que una u otra de estas confesiones está fuera de los límites de la fe reformada o que la alta posición supralapsariana, que definitivamente no se encuentra en los documentos confesionales, viola nuestra enseñanza confesional.

Aun así, solo hay dos documentos confesionales reformados que enseñan el esquema de dos pactos de un pacto de obras y un pacto de gracia: los Artículos de Irlanda y la Confesión de Westminster, y este esquema es un tema menor en los Artículos de Irlanda.

Sin embargo, el esquema de los dos pactos es un tema doctrinal significativo, incluso central, en gran parte de la teología reformada holandesa, donde nunca ha sido un tema confesional. En la tradición reformada inglesa, el esquema se convirtió en una cuestión de enseñanza confesional; en la tradición reformada holandesa, no fue así. Incluso podríamos arriesgarnos a suponer que la diferencia se basa únicamente en el desarrollo histórico de la teología reformada y en el hecho de que el desarrollo confesional reformado holandés llegó a su fin en el Sínodo de Dort, antes del gran florecimiento de la teología pactual reformada, mientras que la revolución puritana provocó una situación confesional en Inglaterra después de que tuvo lugar ese florecimiento. En cualquier caso, esta diversidad confesional no marca un punto de disensión en la doctrina entre las ramas de la fe reformada. La terminología e interpretación del pacto prelapsario varían en los sistemas reformados ortodoxos; a veces el concepto está ausente, a veces está presente como un «pacto de naturaleza», y otras veces como un «pacto de obras». Más importante aún, el funcionamiento de la doctrina del pacto de gracia está claramente presente en la enseñanza y práctica bautismal de todas las iglesias reformadas.

En medio de nuestra diversidad confesional, hay una unidad genuina. No es una unidad enmarcada por doctrinas confesionales que son absolutamente uniformes en todas las iglesias reformadas. No solo podemos experimentar diferencias de énfasis entre nuestras iglesias, también debemos ser capaces de reconocer que la unidad de todas las iglesias reformadas funciona de manera muy similar a la unidad confesional de los creyentes bajo cualquiera de los documentos. En otras palabras, una vez que una confesión eclesiástica es aceptada como una norma doctrinal, proporciona límites para la expresión teológica y religiosa, pero también ofrece una libertad considerable para el desarrollo de expresiones teológicas y religiosas variadas dentro de esos límites.

Por lo tanto, dos sistemas de teología completamente ortodoxos, aunque diferentes, como la dogmática reformada de Herman Hoeksema y la teología sistemática de Louis Berkhof, se encuentran dentro de los límites confesionales identificados por las Tres Formas de Unidad. De manera similar, dada la amplitud de la enseñanza reformada sobre la doctrina de la predestinación, desde la Segunda Confesión Helvética hasta la Confesión de Westminster, podemos reconocer declaraciones doctrinales tan diversas como las de Berkhof, Hoeksema, Hodge o, entre los dogmáticos más antiguos, de Ames, Perkins y Turretini, como expresiones de la enseñanza reformada. No obstante, levantamos una ceja (o tal vez dos) ante el universalismo hipotético de Moisés Amyraut, y nos sentimos bastante justificados con el sentimiento de que el arminianismo queda excluido no solo por los Cánones de Dort, sino también por una correcta comprensión de todas y cada una de las confesiones en la familia reformada.

Cada confesión individualmente permite una variedad de enseñanza dentro de sus límites, típicamente una variedad causada por explicaciones y elaboraciones teológicas que entran en mayor detalle que la confesión. La familia de las confesiones también permite este tipo de variedad, pero también permite dentro de la fe reformada más amplia, una variedad dentro del espectro de creencias causadas por las diferencias entre las confesiones mismas. Nuestra unidad, entonces, es una unidad que existe a lo largo de un espectro de declaraciones doctrinales y, al mismo tiempo, permanece dentro de los límites establecidos por nuestros estándares confesionales particulares y por la familia más grande de confesiones reformadas. Y es una unidad que ha pertenecido a las iglesias reformadas desde el comienzo de su historia sin un estándar monoconfesional o multiconfesional que todas las iglesias sostengan en común.

El Dr. Muller es un teólogo cristiano reformado y es profesor de teología histórica en Calvin Theological Seminary en Grand Rapids, MI. Posee un M.Div. de Union Theological Seminary, NY (1972) y un Ph.D. de Duke University (1976). Muller es un experto en teología de la Reforma, especialmente en la vida y el pensamiento de Juan Calvino.

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