Los siete pecados capitales en una era digital (1): la lujuria

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Cuando surge el tema de «la lujuria en una era digital», es probable que nuestras mentes piensen inmediatamente en la sofocante epidemia de la pornografía que está barriendo nuestro país, y, de hecho, el mundo. Aunque rara vez se discute abiertamente, la mayoría de nosotros probablemente somos poco conscientes de las estadísticas, que son aterradoras, y de las anécdotas, que son aún más aterradoras. Más de dos tercios de los hombres ahora reportan ver pornografía por lo menos una vez a la semana, y muchos reportan conductas adictivas en toda regla, mirando pornografía diariamente, durante horas y buscando vídeos cada vez más perversos y degradantes. Las historias inquietantes de jóvenes adolescentes que ya están enganchados al «porno duro», y la creciente epidemia de hombres jóvenes que reportan una incapacidad para hacer el amor con mujeres reales, finalmente ha sacado a los psicólogos clínicos de su complacencia para reconocer la adicción a la pornografía como una realidad generalizada y aterradora. Y, dado que el fenómeno es extremadamente nuevo (apenas tiene una década), solo podemos suponer que lo peor está por venir, ya que una generación creciente de adolescentes alimentados con una dieta de pornografía entra en la edad adulta y traen sus relaciones disfuncionales con ellos.

Sin embargo, el síntoma más común de esta epidemia debilitante no es lo que podríamos haber esperado. Influenciados por la escalofriante historia de Ted Bundy, muchos han asumido que la proliferación de la pornografía en nuestra era digital crearía más violadores y depredadores sexuales, ya que los hombres, habiendo aprendido a objetivizar a las mujeres, buscarían realizar sus fantasías oscuras. Sin embargo, las estadísticas muestran una caída del 60% en las tasas de violencia sexual en las últimas dos décadas. Parecería que el síntoma principal de la adicción a la pornografía no es el comportamiento sexual hiperactivo hacia las mujeres reales, sino una incapacidad paralizante para comprometerse con mujeres reales; la víctima prototípica de la cultura de la pornografía no es un violador enloquecido que recorre las calles con un cuchillo, sino, quizás aún más siniestro, un hombre flojo e impotente sentado en una habitación oscura, mirando una pantalla, como el perezoso de Proverbios, que es demasiado flojo como para llevar comida real a su boca.

La respuesta a la creciente ola de pornografía digital ilustra claramente nuestra parálisis al pensar en la tecnología, la cual discutí en la introducción. En la cultura amplia, saturada en la revolución sexual y la libre expresión, muchos han descartado cualquier preocupación sobre el tema como puritanismo, e incluso han tratado de defender la pornografía como una forma de liberación sexual para hombres y mujeres, o al menos buscan normalizarla. Con la sexualidad tenida como algo dado y siempre saludable, la idea de que las nuevas tecnologías podrían alterarla y deformarla fundamentalmente ha sido, hasta hace poco, rechazada por los psicólogos como paranoia.

Pero la Iglesia no ha sido mejor, donde el problema ha sido durante mucho tiempo el proverbial elefante en la habitación. Con seguridad es un elefante, y, ciertamente, está en la habitación: el 50% de los hombres cristianos, y el 20% de las mujeres cristianas, reportan que son adictos a la pornografía, y más y más pastores han sido abatidos por este azote, lo que ha llevado a sus iglesias a la crisis. Y, sin embargo, el problema ha sido silenciado durante mucho tiempo; los sermones no lo mencionan; las sesiones de consejería rodean cautelosamente el tema, y los libros sobre el matrimonio y la pureza sexual le dan poco más que una mención superficial. Cuando se plantea el problema, ya sea como parte de la enseñanza general o como respuesta a revelaciones de pecados particulares, la respuesta es casi siempre ingenua e inútil: un moralismo trillado que retrocede en estado de shock y trata de avergonzar al pecador para que se someta, o que débilmente repite mandatos como «deja de amarte a ti mismo y comienza a amar a Dios», y que atribuye cualquier caída a la falta de fuerza de voluntad.

Tal aplicación de la voluntad, usando la razón para gobernar las pasiones inferiores, en la antropología cristiana antigua podía ser bastante efectiva, ya que sucumbir a la lujuria generalmente requería considerable paciencia y premeditación. Reconociendo que este deseo «desata el alma humana de una manera particular» (Aquino, Summa, p. 153 a. 1 ad. 1), las sociedades tradicionales buscaron construir barreras contra éste, principalmente en la forma de costumbres sociales que censuraban la fornicación y el adulterio. Por lo tanto, la satisfacción de la lujuria a menudo requería planear una seducción o cita secreta; en cuanto a los materiales pornográficos, las limitaciones tecnológicas los hacían leves en comparación con las tentaciones actuales, además de que eran de difícil acceso.

Incluso a lo largo de la mayor parte del siglo XX, el acceso a la pornografía en general requería determinación, retraso en la gratificación, secretismo y gastos. Dado que la lujuria es un vicio que anhela la gratificación instantánea, y con frecuencia se quema cuando se niega, el dominio propio, aunque nunca es fácil, a menudo era alcanzable. En los últimos veinte años, y aún más en los últimos diez años con el advenimiento del internet de alta velocidad, todo eso ha cambiado. El debilitamiento de las costumbres sociales ha disminuido el estigma asociado a la lujuria, pero lo que es más importante, la tecnología significa que, como el psicólogo Anthony Jack escribe: «Cualquiera puede, si lo desea, acceder a más contenido sexualmente excitante en pocas horas que lo que el más obsesivo y adinerado coleccionista de hace unas décadas podría haber acumulado en una vida», y eso en total privacidad e instantáneamente por antojo. Con la llegada de los teléfonos inteligentes, las tabletas y, que Dios nos ayude, Apple Watch y Google Glass, la omnipresencia y conveniencia de la tentación continúa multiplicándose.

El hecho es que, aunque la lujuria es tan antigua como Adán y Eva, los desafíos que nos plantea en nuestra era digital son tan grandes y tan nuevos que nuestras viejas formas de pensar sobre el problema se sienten tristemente desfasadas. De hecho, puede ser que nuestro principal problema con la pornografía no sea la lujuria, como se define tradicionalmente.

Aquino, por ejemplo, define este vicio de manera bastante natural como uno que tiene que ver con «los deseos de los deleites del tacto» (Summa, II-II, p. 155 a. 2), siendo el deseo de placer sexual el principal entre tales deseos. Aunque, por supuesto, él reconoció la verdad en la afirmación de Cristo de que «el que mira a una mujer con lujuria comete adulterio con ella en su corazón», aún así, con la mayor parte de su era, entendió tal mirada lujuriosa principalmente en relación con la posesión lujuriosa y la gratificación física. Pero como hemos visto, el perfil común del usuario de la pornografía de hoy es uno que está más alejado de la sexualidad física y real; cierto, el uso del porno puede ir acompañado de la masturbación, pero su principal placer es la estimulación mental y, sobre todo, la estimulación de imágenes siempre nuevas y diferentes.

En esto, se ajusta más al perfil de un vicio distinto, aunque estrechamente relacionado (tal vez el vicio de la era digital), que Aquino llama el vicio de la curiosidad. Esto, dice Aquino, siguiendo a Agustín, es el «deseo de los ojos» que se menciona en Juan 2:16, junto con, pero distinto de, el «deseo de la carne». Esa «curiosidad» por el conocimiento de las cosas sensibles se justifica a sí misma como una búsqueda de conocimiento, la cual es buena, o, como mínimo, neutral, pero se convierte en un vicio, dice Aquino, cuando «no se ordena hacia algo útil, sino que, más bien, aparta al hombre de alguna consideración útil», o cuando «se ordena a algo malo, como el ver a una mujer para desearla» (Summa, p. 167 a. 2 resp.). Podríamos protestar que estos son pecados muy diferentes, pero, de hecho, la clasificación perceptiva de Aquino ofrece una visión valiosa de la naturaleza de la lujuria en nuestra era digital.

Tendré mucho más que decir acerca de este vicio de la «curiosidad» en el siguiente post sobre la glotonería, un vicio íntimamente relacionado con la lujuria tanto en la tradición moral clásica como en su manifestación digital contemporánea. Basta con decir por ahora que la «curiosidad» que lleva a la mente aburrida o cansada a buscar pornografía, a menudo es poco diferente al impulso que ya ha enviado a la misma mente a Facebook diez veces al día para buscar nuevas notificaciones, o que corre a la bandeja de entrada cada vez que escucha una alerta. En su forma digital, la pornografía ha unido el antiguo deseo humano de tener relaciones sexuales con nuestra antigua propensión a buscar diversión en lo nuevo y diferente, y ofrece una «satisfacción» casi ilimitada y sin esfuerzo de ambos impulsos.

Todo esto demuestra por qué el matrimonio entre la pornografía (con su raíz en el vicio clásico de la lujuria) y el internet (la apoteosis del antiguo vicio de la curiosidad, el deseo de los ojos) ha sido tan singularmente destructivo; una espiral oscura que, una vez a la que se entra, puede parecer casi imposible escapar. 

Pero ¿qué vamos a hacer al respecto? No pretenderé aquí tratar de dar consejos suficientes para aquellos atrapados en las redes de la pornografía; existen excelentes recursos aquí, aquí, aquí y aquí que pueden proporcionar una dirección más completa. Pero una cosa debería ser obvia de lo que acabo de argumentar, y se aclarará más en el post siguiente: el problema de raíz no se limita a los usuarios compulsivos de pornografía. Por el contrario, es casi universal, especialmente entre aquellos de nosotros que hemos crecido usando computadoras, internet y ahora teléfonos inteligentes. Una vez alertado sobre esta insaciable búsqueda de estimulación, puede que comiences a encontrarla en todos los aspectos de tu comportamiento con respecto a los dispositivos digitales, y a ver cuánto puede corromper tu aprendizaje y relaciones: ya sea la verificación compulsiva de tu teléfono inteligente cuando deberías estar hablando con tus hijos, o la navegación sin sentido cuando tienes en tu escritorio una pila de libros geniales que has querido leer.

Sin embargo, a pesar de la novedad de nuestro desafío, la sabiduría antigua aún tiene mucho que ofrecer. Considere la distinción un tanto desconcertante (a primera vista) de Aquino entre las virtudes de la templanza y la continencia, ambas opuestas a la lujuria. La continencia es mejor que nada, dice Aquino, pero está solo a medio camino de la verdadera virtud. La continencia, dice Aquino, consiste en «la razón contra las pasiones» (Summa, II-II, p.155 a.1 resp.), mientras que la templanza alcanza un estado en el que «somete incluso el apetito sensitivo a la razón para que no se levanten en él pasiones fuertes contrarias a la razón».

La neurociencia contemporánea ha confirmado el instinto de Aquino aquí: dado que los circuitos de recompensa del cerebro son formadores de hábitos, es mucho más probable que surjan pasiones lujuriosas de rutinas mentales en las que la pasión ha sido recompensada repetidamente. Cuando pensamos en términos de continencia, nos enfocamos en tratar de resistir la tentación cuando aparece, y con suerte tener más éxitos que fracasos; en cambio, cuando pensamos en términos de templanza, nos enfocamos en tratar de volver a cablear nuestros cerebros para que no surja la tentación. Y esto requiere una conciencia mucho más holística de las formas interrelacionadas en que recompensamos la lujuria y la «curiosidad» en nuestras vidas cada vez más digitales. El logro de la verdadera templanza no viene solo por la fuerza de voluntad (solo amando más a Dios), ni solo por un cambio de las circunstancias externas (abandonando todas las tecnologías estimulantes). Más bien, requiere una coordinación paciente, disciplinada y siempre vigilante del corazón, la mente y el cuerpo en la misión de identificar y desarraigar la maldad de nuestros corazones.

Este artículo fue publicado originalmente en Reformation21. Traducido por Romel Q.

El Dr. Littlejohn (University of Edinburgh, Ph.D) es el editor de Political Theology Today, el editor general de The Mercersburg Theology Study Series y escribe regularmente en bradlittlejohn.com.

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2 Responses
  1. Nahúm

    Muy interesante todo lo que comentas, muchas gracias por el esfuerzo de hablarnos de esta realidad compleja con tanta sencillez y claridad.
    Estoy especialmente interesado en los datos que afirmas a lo largo del escrito, podrías indicarme de dónde los has sacado para consultarlos y exponerlos yo también? Sería de mucha ayuda.

    Gracias por el esfuerzo y servicio a Dios con este.

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