El sacrificio eucarístico en la teología reformada

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Cualquiera que lea a los padres de la iglesia primitiva (Ireneo, Tertuliano, etc.), sabe que ellos usaron el lenguaje de «sacrificio» para describir la Eucaristía. Los reformadores protestantes también leían a los Padres, y los leían más a fondo que la mayoría de nosotros hoy. Como lo ha demostrado recientemente la investigación en el campo de la teología reformada posreforma, a pesar del acuerdo confesional entre los reformadores, hubo cierta diversidad de opiniones sobre una serie de cuestiones importantes (vea este trabajo, por ejemplo). Una de estas áreas de diversidad es la naturaleza sacrificial de la Eucaristía.

Si usted está familiarizado con la influencia de los reformadores continentales en la Reforma inglesa, habrá oído hablar de Pedro Mártir Vermigli. Florentino de nacimiento, Vermigli era un ex monje agustino y abad, entrenado en la via Thomæ en la Universidad de Padua. Fue una de las principales figuras en la reforma de la iglesia en Roma, siendo nombrado por el Papa junto con Reginald Pole y Gasparo Contarini para una comisión eclesiástica con el deber de lograr una reforma moral entre el clero. Después de leer a Lutero, Bucero, Calvino y otros, Vermigli comenzó a enseñar teología de la Reforma a los monjes bajo su cuidado en el monasterio de San Frediano en Lucca, y después del fracaso del Coloquio de Ratisbona para lograr la unidad entre luteranos y romanistas, se vio obligado a huir al norte de los Alpes por la persecución de la inquisición. Finalmente llegó a Inglaterra, donde su huella en la Reforma inglesa quedó en el Libro de Oración, más explícitamente en su autoría de la segunda exhortación (tercera en el BCP de 1928). Uno de los estudiantes de Vermigli, Girolamo Zanchi, permanecería en Lucca, pero después de diez años también hizo el viaje a tierras protestantes. Los dos se convertirían en dos de los principales escolásticos reformados, modelando gran parte de su teología en la Summa de Santo Tomás de Aquino.

A la luz de la estrecha relación entre el maestro y el ex alumno, es interesante notar una diferencia en su teología del sacrificio eucarístico. Lutero rechazó el lenguaje de sacrificio de su misa alemana debido a lo que percibió como el abuso de «sacrificios de sacerdotes» entre los romanistas. Los reformadores ingleses y continentales conservaron este idioma hasta cierto punto, pero muchos aún dudaban en usarlo.

Vermigli discute la naturaleza del sacrificio en uno de los loci de su comentario sobre el libro de Jueces, publicado en 1561. En este está de acuerdo con los primeros Padres de la iglesia en que la Eucaristía es tanto un sacramento como un sacrificio, incluso admitiendo que es un sacrificio apropiado. Él dice:

En la medida en que por el mismo acto [i.e., la Eucaristía] celebramos la memoria de la muerte de Cristo, damos gracias por los dones recibidos y nos consagramos y ofrecemos a Dios, es y puede ser llamado un sacrificio apropiado por el cual ofrecemos oblaciones aceptables a Dios mismo (‘Of Sacrifice’ en McLelland y Duffield, Peter Martyr, 313).

Entonces, la Eucaristía puede denominarse un «sacrificio» debido a las «oblaciones aceptables» que se ofrecen a Dios en ella, y la conmemoración del sacrificio de Cristo, aunque Vermigli insiste en que Cristo mismo no se ofrece en la Cena. Él dice que hay cuatro oblaciones en el sacramento: (1) El pan, el vino y otras limosnas, como él señala, son mencionados por Ireneo y Cipriano como sacrificios. (2) El dar gracias, que es un sacrificio de alabanza. (3) La ofrenda de nosotros mismos, tanto del alma como del cuerpo, a Dios, que es un sacrificio mencionado por San Pablo. Y, por último, (4) la Eucaristía es un sacrificio conmemorativo.

Aunque admite que estas son buenas razones para usar el término «sacrificio» de la Eucaristía, al final rechaza el término. Él dice: «No usaría [los términos ‘sacrificio’ e ‘inmolación’], ya que la Sagrada Escritura no lo llama así, y no debemos apartarnos precipitadamente de su fraseología» (ibid., 314). En otras palabras, aunque las Escrituras mencionan el sacrificio en las cuatro formas que Vermigli menciona anteriormente, no vincula explícitamente esas cuatro formas a la administración de la Eucaristía misma. Tampoco, señala Vermigli, se refiere a los ministros como «sacerdotes».

Aunque el profeta Malaquías profetizó sobre el sacrificio (Minchah) que se haría «en cada lugar» en el Nuevo Pacto, Vermigli ve contradicciones en la interpretación de este pasaje por parte de los padres de la iglesia. Él dice que Ireneo se refiere al sacrificio como eucarístico, aplicándolo al pan y al vino. Mientras que Tertuliano y Jerónimo lo ven como una descripción de la vida cristiana misma como un sacrificio universal. Entonces, concluye, no hay una orden bíblica explícita para aplicar el término «sacrificio» a la Eucaristía. Se puede usar generalmente para toda alabanza cristiana, acción de gracias y conmemoración de Cristo, pero no específicamente para la Eucaristía misma. Uno podría señalar rápidamente aquí que el término «sacramento» tampoco se usa explícitamente en las Escrituras en referencia a la Eucaristía, por lo que la referencia de Vermigli a la Eucaristía como un «sacramento», pero no como un «sacrificio», parecería revelar una inconsistencia de su parte.

Zanchi adopta un enfoque diferente al de su antiguo maestro con respecto a la palabra «sacrificio». Aunque menciona a Vermigli en sus escritos (siempre bajo una luz positiva), Zanchi aboga por la Eucaristía como un «sacrificio». En el locus De sacrificio Christi en su comentario sobre Efesios, Zanchi dice que es un error decir que en la Eucaristía se hace un verdadero sacrificio propiciatorio, y niega que el ministro ofrezca a Cristo de alguna manera real. Cristo se ofreció a sí mismo de una vez por todas, y Su sacrificio es perfectamente suficiente, y no necesita ninguna ofrenda adicional para proporcionar una expiación por los pecados del mundo entero. Si los Padres hablan de ofrecer a Cristo, esto no debe tomarse literalmente, sino de manera mística y sacramental. Es decir, Cristo es ofrecido a través de los símbolos consagrados de pan y vino, pero no físicamente, y tampoco es ofrecido «realmente»; un término que, para Vermigli, Zanchi y Cranmer, denotaba «físicamente» y «corporalmente», ya que era utilizado para describir un cuerpo físico.

Cuando se trata de la interpretación del capítulo tres de Malaquías, Zanchi no ve una contradicción entre Ireneo y Tertuliano, como lo hizo Vermigli. Más bien, él cree que la profecía se refiere tanto al sacrificio eucarístico como a los sacrificios generales de alabanza y acción de gracias, ya que la Eucaristía es un sacrificio de acción de gracias. Así, «la totalidad de este sacrificio es verdaderamente incruento»; es decir, Zanchi ve toda la acción de consagración y ofrenda, no solo del ministro, sino de toda la iglesia, como la totalidad del sacrificio eucarístico. Por lo tanto, «sacrificio» no se refiere propiamente a la ofrenda de pan y vino, o a la acción de gracias, sino a ambas.

Entonces Zanchi, como Vermigli, se refiere a la Eucaristía como un sacrificio cuádruple de (1) acción de gracias y (2) limosnas, (3) del yo y (4) de conmemoración, agregando un elemento más: (5) el de la participación. Él dice: «Correctamente juzgamos que es mejor llamar a la Cena el sacrificio incruento de Cristo, a pesar de que el verdadero cuerpo de Cristo no se ofrece realmente en sí mismo». Entonces, si no se ofrece el verdadero cuerpo de Cristo, ¿es un verdadero sacrificio? Para este punto, Zanchi cita una gran parte de la Summa de Santo Tomás de Aquino, q. 83, art. 1., para argumentar con Tomás que la Eucaristía es una imagen del verdadero sacrificio de Cristo, que se convierte en un verdadero sacrificio en sí mismo porque la imagen participa en la realidad. Él explica: «Las imágenes son llamadas por los nombres de las cosas de las cuales son imágenes». Y, entonces, por medio de esta participación sacramental de la imagen dentro de la realidad (signum et res), la Eucaristía puede ser llamada correctamente un «sacrificio». Zanchi dice que «todo aquí [en el argumento de Santo Tomás] es más puro que esos [argumentos] transmitidos por el Concilio de Trento».

Aunque Zanchi no cree que Cristo se ofrezca verdaderamente en el sacrificio de la Eucaristía, sí cree que se ofrece la imagen de Cristo, la cual verdaderamente participa en la verdadera ofrenda de Cristo en el Calvario. Entonces, por la comunicación de propiedades entre la imagen y la realidad, no es inapropiado hablar de ofrecer a Cristo, siempre que la distinción entre imagen y realidad se aclare y explique. Él dice:

¿Qué pasaría si alguien dijera que este sacrificio [de la Eucaristía], que ha sido llamado propiciatorio, es ofrecido a Dios por toda la iglesia, o incluso por el mismo sacerdote (como dicen) en nombre de toda la iglesia en la asamblea pública? [Si se dice] en este sentido, por supuesto, que cada persona, contenta solo con el sacrificio de Cristo, una vez ofrecido al Padre por nuestros pecados, rinde todo el [sacrificio] a este, e implora al Padre para que se contente con el sacrificio único [de Cristo], mediante la conmemoración pública que se celebra en la Cena del Señor, tanto con las palabras como con los ritos, en lugar de todas las oblaciones, satisfacciones, obras y, por último, de todas las cosas que la humanidad puede pensar que sirven para la expiación de nuestros pecados y que son necesarias para la salvación eterna. [Si alguien dijera] esto, de ninguna manera disputaremos con ellos. Porque, ¿alguien que atiende el asunto en sí mismo puede desaprobar esto? De hecho, toda la piedad cristiana consiste en la ofrenda [oblatione] de este tipo de sacrificio».

Aquí vemos cuán lejos está dispuesto a llegar Zanchi para acomodar el lenguaje tradicional del sacrificio eucarístico transmitido por los padres de la iglesia. Zanchi no desaprueba llamar a la Eucaristía un sacrificio propiciatorio; es decir, siempre y cuando quede perfectamente claro que esto se habla en sentido figurado, debido a la relación entre la imagen y la realidad, para que nada se reste del verdadero sacrificio de Cristo que no necesita repetición. Toda la congregación, incluido el ministro que hace la ofrenda en su nombre, ofrece la imagen del sacrificio propiciatorio de Cristo al rogar al Padre que vea todas nuestras ofrendas de acción de gracias (o cualquier otra cosa que pensemos ofrecer para nuestra salvación) a la luz del único sacrificio verdadero de Cristo.

Como él dice en otra parte, en su tratado sobre el sacrificio cristiano: «[La Eucaristía es un] sacrificio incruento por los pecados; no por propiciación, sino por medio de la propiciación realizada por Cristo siendo representado; es un sacrificio de penitencia a Dios y de fe en Cristo con oración para el perdón por medio de Cristo». De esta manera, la opinión de Zanchi está menos en conformidad con Vermigli, y más en conformidad con el reformador inglés, John Jewel (otro estudiante de Vermigli), quien dijo: «Así ofrecemos a Cristo; es decir, un ejemplo, una conmemoración, un recuerdo de la muerte de Cristo. Este tipo de sacrificio nunca fue negado; pero el verdadero sacrificio de M. Harding nunca ha sido probado» (Jewel, Reply to Harding, 1565).

Publicado originalmente en The North American Anglican. Traducido por Romel Q.

Eric Parker (PhD McGill University) es el editor de Library of Early English Protestantism (LEEP) en Davenant Institute.

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