Confesando la fe reformada (1): la diversidad confesional

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Lo siguiente es la primera parte de una ponencia del Dr. Richard Muller, que en inglés se títula Confessing the Reformed Faith: Our Identity in Unity and Diversity. La ponencia será traducida y publicado aquí en su totalidad.

Introducción

He seleccionado el siguiente tema esta tarde: «Confesando la fe reformada: nuestra identidad en la unidad y diversidad». El tema central que abordaré es el tema de la identidad reformada, específicamente como es indicada por el cuerpo de documentos confesionales que nos unen en la fe y que nos distinguen en ramas y denominaciones. También argumentaría que la retención y el mantenimiento de la integridad y estabilidad de la fe reformada en sus confesiones es uno de los dos asuntos más importantes que enfrentan nuestras iglesias hoy. El otro, me aventuraría a decir, es el asunto paralelo y profundamente relacionado de la retención y el mantenimiento de nuestra tradición de liturgia e himnodia en la que la postura doctrinal de las confesiones se pone en acción y se aplica en la vida corporativa de los creyentes. De hecho, los dos asuntos son inseparables. Propongo abordar estos asuntos con miras a: (1) nuestra diversidad confesional; (2) la naturaleza de nuestra unidad en la diversidad; (3) las presiones sobre la integridad confesional en nuestros tiempos, y (4) las formas de reafirmar y fortalecer la integridad confesional hoy.

Diversidad confesional

Prácticamente todos aquí, esta noche, representamos, de una forma u otra, una rama de la fe reformada. Más que eso, representamos, en su mayor parte, dos ramas principales de la fe reformada: una identificada por su adhesión a los Estándares de Westminster (la Confesión de Fe de Westminster, el Catecismo Menor de Westminster y el Catecismo Mayor de Westminster); la otra por su aceptación de las Tres Formas de Unidad de las iglesias reformadas holandesas (la Confesión belga, el Catecismo de Heidelberg y los Cánones de Dort). En ambas familias confesionales, la enseñanza de las confesiones y los catecismos se ha hecho eco en formas de adoración y en tradiciones de himnodia que se remontan a la Reforma del siglo XVI y que reflejan la vida de nuestras iglesias a lo largo de los años intermedios.

Sin embargo, cuando en los últimos años he visitado iglesias, ya sea del tipo confesional «reformado» o «presbiteriano», me ha sorprendido la creciente variedad de formas de adoración, la pérdida de la himnodia tradicional y la disminución del interés por parte de estas iglesias en sus tradiciones confesionales. En el contexto de esta erosión de identidad, alguna manera de reenfocar nuestra vida eclesiástica a la luz de nuestra herencia confesional parece necesaria.

Cuando era considerablemente más joven y, más importante, un poco menos sabio (algunos dirían que menos cínico) sobre los problemas de la vida, administración y dirección de la iglesia, yo estaba muy entusiasmado con la transición de los estándares monoconfesionales a los multiconfesionales en lo que llamábamos las iglesias presbiterianas «del norte» y «del sur». En ese momento me pareció que el aumento de los Estándares de Westminster con escritos confesionales tan venerados como la Segunda Confesión Helvética, la Confesión Belga, el Catecismo de Heidelberg, la Confesión Escocesa y el Catecismo de Ginebra solo podría enriquecer nuestras percepciones eclesiásticas y conducirnos a la renovación confesional; es decir, que esta era una forma primaria de reenfocar nuestra atención en las confesiones.

Recuerdo bien a un sabio y anciano diácono de la iglesia que serví diciéndome: «Rick, ya hemos tenido suficientes problemas solo aprendiendo los estándares de Westminster». En ese momento, le presenté el caso del enriquecimiento multiconfesional. Hoy, estoy de acuerdo con su preocupación. La adopción de estándares multiconfesionales ha hecho poco para enriquecer la vida de los presbiterianos en los Estados Unidos. De hecho, ha hecho poco más que contribuir a la dilución del confesionalismo reformado, ya sea mediante la adopción de una forma más flexible de suscripción, sobre la base de la diversidad entre las confesiones ahora presentes en el Libro de las Confesiones, o, como temía mi diácono, a través de una creciente ignorancia sobre todas las confesiones. Un mayor número de confesiones no leídas, no utilizadas y no declaradas no resuelve ningún problema.

Para presentar el punto sucintamente: adoptar las confesiones de los demás, con el resultado de que cada grupo reformado profese su fe mediante el uso de más confesiones, no produce una renovación del interés en las confesiones o un sentido más rico o completo del significado de las confesiones (por lo menos no necesariamente). Tampoco produce una unidad genuina en la fe: las iglesias que sostienen las mismas confesiones no necesariamente las sostienen de la misma manera o con el mismo nivel de interés y compromiso.

Además, desde los inicios de nuestra historia, la fe reformada se ha expresado en y a través de la diversidad de confesiones regionales y nacionales: la Confesión Tetrapolitana, la Confesión Galicana, la Confesión Belga, la Primera Confesión de Basilea, la Primera Confesión Helvética, la Segunda Confesión Helvética, el Catecismo de Heidelberg, la Confesión Escocesa, los Treinta y Nueve Artículos y otras. Todas estas confesiones fueron entendidas en su tiempo como Reformadas.

Los diversos grupos de confesiones se reconocieron mutuamente como parte de la misma familia de la fe, sin sentir la necesidad de suscribir las confesiones de los demás o de probar extensamente que la enseñanza de una confesión era idéntica a la de otra. Y, la mayoría de las veces, estas confesiones distintas eran acompañadas y reflejadas por órdenes distintivas de adoración tanto regionales como nacionales.

Lo más cerca que las iglesias reformadas han llegado a un solo libro de confesiones, compartido por todos, fue en 1580, cuando los teólogos de Ginebra produjeron la Armonía de las Confesiones Reformadas, un documento basado en la Segunda Confesión Helvética que incluye citas de todas las principales confesiones reformadas de la época. El documento fue admirado y alabado, pero nunca fue reconocido como la confesión normativa de ninguna de las ramas de la iglesia reformada. Del mismo modo, los Cánones de Dort fueron presentados por un tiempo como un estándar más allá de los Países Bajos, y, ciertamente, obtuvieron cierta autoridad durante el siglo XVII en Suiza, pero nunca se convirtieron en un estándar universal. De hecho, las confesiones regionales y nacionales, junto con sus distintas órdenes de adoración, han prevalecido hasta nuestros días.

El Dr. Muller es un teólogo cristiano reformado y es profesor de teología histórica en Calvin Theological Seminary en Grand Rapids, MI. Posee un M.Div. de Union Theological Seminary, NY (1972) y un Ph.D. de Duke University (1976). Muller es un experto en teología de la Reforma, especialmente en la vida y el pensamiento de Juan Calvino.

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