Ireneo y la encarnación

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Voy a seguir aquí rápidamente una publicación en Reformation21 sobre Warfield y la encarnación. Warfield señala que, incluso si los redimidos son capaces de rastrear indicaciones o predicciones de la encarnación en el orden creado, eso es solo porque el mundo que Dios hizo es el que caería y sería redimido. La caída no sorprendió a Dios, sino que ya había sido considerado cuando el mundo comenzó a existir, al igual que la redención y restauración de ese mundo. Pero el motivo de la encarnación misma es soteriológico en las Escrituras.

Uno de los primeros testigos no canónicos del motivo soteriológico de la encarnación es Ireneo en Contra las Herejías 5.14, en el que aparece su famoso motivo de «recapitulación». La nota clave en este pasaje es la susceptibilidad de la carne (de la naturaleza humana) a ser salvada; pero es suficientemente claro que los términos que se requerirían para explicar el propósito de la encarnación se extraerían del mismo registro: la reconciliación, el establecimiento de la amistad con Dios, etc1Fui dirigido a este pasaje por la discusión de Turretini de la encarnación (Institutes loc. 13, q. 3 [vol. 2, 299ff. in the Giger translation])..

14,1. Que Pablo no habló de la substancia de la carne y de la sangre al decir que no heredarían el reino de los cielos (1 Cor 15,50), lo sabemos del hecho que por todas partes el mismo Apóstol [1161] atribuye la palabra carne y sangre a nuestro Señor Jesucristo, a veces para establecer su humanidad (374), y entonces también lo llama Hijo del Hombre; otras veces para confirmar la salvación de nuestra carne; porque si la carne no debiera ser salvada, el Verbo de Dios no se habría hecho carne (Jn 1,14), y si no debiera pedirse cuenta de la sangre de los justos, el Señor no habría tenido sangre. Pero como desde el principio la sangre de los justos clamó, Dios dijo a Caín, homicida de su hermano: «La voz de la sangre de tu hermano clama a mí» (Gén 4,10). Y como convenía que pidiese cuenta de la sangre de ellos, dijo a los acompañantes de Noé: «Pediré cuentas de vuestra sangre de vuestras vidas, de la mano de todas las fieras» (Gén 9, 5). Y también: «Será derramada la sangre de quien derramare la sangre de un hombre» (Gén 9,6). Y también el Señor, a los que habrían de derramar su sangre: «Se pedirá cuenta de toda la sangre justa derramada sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías, a quien matasteis entre el templo y el altar; en verdad os digo, todas estas cosas vendrán sobre esta generación» (Mt 23,35-36; Lc 11,50-51), con lo cual quería decir que él recapitularía en la suya propia el derramamiento de la sangre de todos los justos y profetas desde el principio, y que él mismo pediría cuenta de la sangre de ellos. Pero no pediría cuentas de esto si no debiese también salvarlo y si el Señor, para recapitular todas las cosas, no se hubiese hecho él mismo carne y sangre según la antigua creación, para salvar en sí, en el fin, lo que al principio se había perdido en Adán.

14,2. Mas si el Señor se hubiese hecho carne en otra Economía, y hubiese asumido la carne de otra substancia, no habría recapitulado [1162] en sí mismo al hombre, ni se podría decir que se hizo carne; porque es verdaderamente carne la transmisión de la primera plasmación hecha del barro. Pero si debiese tener la substancia de otra hypóstasis, el Padre desde el inicio habría realizado su masa de otra substancia. Pero ahora, lo que era aquel hombre que pereció, esto mismo se hizo el Verbo Salvador, para realizar por sí mismo nuestra comunión con él, y la obtención de nuestra salud. Lo que pereció tenía carne y sangre; Dios había tomado el barro de la tierra para plasmar al hombre (Gén 2,7), y a través de esto tuvo lugar toda la Economía de la venida del Señor. También tuvo él carne y sangre, para recapitular no otras distintas de las de aquel antiguo plasma del Padre, buscando lo perdido (Lc. 19,10). Por eso dice el Apóstol a los Colosenses: «Y a vosotros, que en otro tiempo fuisteis extraños y enemigos por vuestros pensamientos y malas obras, os ha reconciliado ahora por la muerte en su cuerpo de carne, para presentaros santos, inmaculados e irreprensibles ante él» (Col 1,21-22). Habéis sido reconciliados en el cuerpo de su carne, dice, porque una carne justa reconcilió la carne retenida en el pecado, y la condujo a la amistad de Dios2Edición de la Conferencia Episcopal Mexicana (2000)..

Profesor de clásicos en Hillsdale College.

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