Calvino y la catolicidad de la verdad

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En una desconcertante serie de afirmaciones que componen un artículo reciente, se hizo la afirmación de que el principio de que «toda verdad es la verdad de Dios» es «distintivamente reformado holandés» (curiosamente, como una mejor alternativa se ofreció la perspectiva de un teólogo que era…holandés…y reformado).

La afirmación de que el principio mencionado es tan holandés como la salsa holandesa es bastante extraordinaria en su falta de veracidad, ya que la idea se remonta a la antigüedad (e.g., Clemente de Alejandría, Basilio de Cesarea, Agustín) y es un elemento esencial del pensamiento cristiano a lo largo de la historia de la iglesia.

Es especialmente destacado por Juan Calvino (entre otros). Por lo tanto, en su comentario sobre Tito 1:12, él enuncia el principio y afirma que aquellos que se niegan a pedir prestado de los «autores paganos» son supersticiosos, impartiendo un aura sagrada de lo prohibido a algo que en realidad ha venido de Dios. Al discutir el uso que hace Pablo de Epiménides de Creta, Calvino escribe:

De este pasaje podemos inferir que son supersticiosas esas personas que no se aventuran a pedir prestado nada de los autores paganos. Toda verdad es de Dios; y, consecuentemente, si los hombres impíos han dicho algo que es verdadero y justo, no debemos rechazarlo; porque esto ha venido de Dios. Además, todas las cosas son de Dios; y, por lo tanto, ¿por qué no debería ser lícito dedicar a Su gloria todo lo que pueda emplearse adecuadamente para tal propósito?

Luego dirige la atención del lector al discurso de Basilio a los jóvenes sobre el uso correcto de la literatura griega.

Calvino hace el mismo punto en la Institución 2.2, donde vincula el conocimiento de los paganos directamente a la obra del Espíritu de Dios. En 2.2.15, Calvino nos recuerda que la fuente de todo buen don y «la única fuente de verdad» es el Espíritu de Dios, por lo que rechazar estos dones (rechazar a los «autores profanos»), es un «insulto» a Dios y una clara señal de ingratitud.

Por lo tanto, cuando al leer los escritores paganos veamos en ellos esta admirable luz de la verdad que resplandece en sus escritos, ello nos debe servir como testimonio de que el entendimiento humano, por más que haya caído y degenerado de su integridad y perfección, sin embargo no deja de estar aún adornado y enriquecido con excelentes dones de Dios. Si reconocemos al Espíritu de Dios por única fuente y manantial de la verdad, no desecharemos ni menospreciaremos la verdad donde quiera que la halláremos; a no ser que queramos hacer una injuria al Espíritu de Dios, porque los dones del Espíritu no pueden ser menospreciados sin que Él mismo sea menospreciado y rebajado. ¿Cómo podremos negar que los antiguos juristas tenían una mente esclarecida por la luz de la verdad, cuando constituyeron con tanta equidad un orden tan recto y una política tan justa? ¿Diremos que estaban ciegos los filósofos, tanto al considerar con gran diligencia los secretos de la naturaleza, como al redactarlos con tal arte? ¿Vamos a decir que los que inventaron el arte de discutir y nos enseñaron a hablar juiciosamente, estuvieron privados de juicio? ¿Que los que inventaron la medicina fueron unos insensatos? Y de las restantes artes, ¿pensaremos que no son más que desvaríos? Por el contrario, es imposible leer los libros que sobre estas materias escribieron los antiguos, sin sentimos maravillados y llenos de admiración. Y nos llenaremos de admiración, porque nos veremos forzados a reconocer la sabiduría que en ellos se contiene. Ahora bien, ¿creeremos que existe cosa alguna excelente y digna de alabanza, que no proceda de Dios? Sintamos vergüenza de cometer tamaña ingratitud, en la cual ni los poetas paganos incurrieron; pues ellos afirmaron que la filosofía, las leyes y todas las artes fueron inventadas por los dioses. Si, pues, estos hombres, que no tenían más ayuda que la luz de la naturaleza, han sido tan ingeniosos en la inteligencia de las cosas de este mundo, tales ejemplos deben enseñarnos cuántos son los dones y gracias que el Señor ha dejado a la naturaleza humana, aun después de ser despojada del verdadero y sumo bien.

Una objeción que podría plantearse rápidamente es: ¿cómo podrían los no regenerados tener el Espíritu de Dios? La respuesta es directa. El Espíritu obra en más de una forma; es un error pensar que Él opera solo entre cristianos, incluso si obra de manera redentora solo entre cristianos. Calvino anticipa la objeción y la descarta con facilidad:

…no hay que maravillarse si decimos que el conocimiento de las cosas más importantes de la vida nos es comunicado por el Espíritu de Dios. Si alguno objeta: ¿qué tiene que ver el Espíritu de Dios con los impíos, tan alejados de Dios?, respondo que, al decir que el Espíritu de Dios reside únicamente en los fieles, ha de entenderse del Espíritu de santificación, por el cual somos consagrados a Dios como templos suyos. Pero entre tanto, Dios no cesa de llenar, vivificar y mover con la virtud de ese mismo Espíritu a todas sus criaturas; y ello conforme a la naturaleza que a cada una de ellas le dio al crearlas. Si, pues, Dios ha querido que los infieles nos sirviesen para entender la física, la dialéctica, las matemáticas y otras ciencias, sirvámonos de ellos en esto, temiendo que nuestra negligencia sea castigada si despreciamos los dones de Dios doquiera nos fueren ofrecidos (2.2.16)1Estas citas de Calvino de la Institución fueron tomadas de la versión en español de FELIR (Países Bajos, 1968)..

Calvino se apresura a señalar que tal conocimiento no es lo mismo que la «verdadera bienaventuranza», que viene solo con el conocimiento salvador de Dios como Redentor y Padre Celestial. Sin embargo, es un verdadero bien, y sería grosero rechazarlo por un reflejo desagradable de disgusto en una demostración espuria de piedad.

En resumen, lo que Calvino expresa en estos pasajes representa un resumen conveniente de la corriente principal del pensamiento cristiano, incluso entre los reformados. No es una idiosincrasia de los holandeses (una acusación hecha por el vantillianismo general), sino más bien una herencia de la iglesia católica. Haríamos bien en seguirla.

Este artículo fue publicado originalmente en The Calvinist International. Traducido por Romel Q.

Profesor de clásicos en Hillsdale College.

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