Turretini sobre la observancia de las festividades cristianas

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Si algunas iglesias reformadas aún observan algunas festividades (como la concepción, la natividad, la pasión y la ascensión de Cristo), estas difieren ampliamente de los papistas porque dedican estos días solo a Dios y no a las criaturas. No se atribuye santidad a estos días, ni se cree que haya algún poder o eficacia en ellos (como si fueran mucho más santos que los días restantes). No sujetan a los creyentes a una abstinencia escrupulosa y estricta de todo trabajo servil (como si en esa abstinencia hubiera algún bien moral o parte de la religión, de modo que fuese una gran ofensa hacer cualquier trabajo en esos días). La iglesia no está obligada por ninguna necesidad a la observación inalterable de esos días, sino que habiendo siendo instituidos por la autoridad humana, por ella misma pueden ser abolidos y cambiados, si la utilidad y necesidad de la iglesia lo exige. «Porque todo es disuelto por las mismas causas por las que se produjo», dicen los abogados. En una palabra, son considerados instituciones humanas. La superstición y la idea de necesidad están ausentes.

Si algunos días junto con algunas iglesias son designados por los nombres de los apóstoles o mártires, no se debe suponer que fueron instituidos para su adoración o que deban tener como fin su honor, como lo hacen los papistas. De ahí que Belarmino afirme «que el honor de los festivales inmediatamente y terminantemente pertenece a los santos» (De Cultu Sanctorum, 3.16 Opera [1857], 2: 555). Más bien, su propósito es el recuerdo de los santos por los cuales Cristo edificó su iglesia para nuestro beneficio (sin embargo, el culto y honor pertenecen solo a Dios, que confirió a los apóstoles y mártires cualquier cosa digna de alabanza que ellos poseyeran o sufrieran). No los invocan ni les encienden incienso, sino solo a Dios, a quien invocan. Dan gracias por los beneficios que redundan en nosotros por su ministerio y ejemplo de vida. Por lo tanto, no podemos aprobar el juicio rígido de aquellos que acusan a tales iglesias de idolatría (en las que aún se guardan esos días y se retiene el nombre de los santos), ya que estas están de acuerdo con nosotros en la doctrina de la adoración a Dios y detestan la idolatría de los papistas.

Sin embargo, aunque nuestras iglesias no condenan esa práctica simplemente como malvada, debido a que la triste experiencia ha demostrado que la institución de los días festivos recibidos en el papado por una falsa envidia (kakozlia) de los judíos o de los paganos dio lugar a la abominable idolatría que continúa y crece en el papado, no sin grandes razones estas han preferido abolir esa costumbre en su reforma (para que ningún contagio pueda contraerse, y para que puedan evitar con cuidado sus peligros). Porque en la religión, incluso cuando se produce la más mínima desviación de los mandatos de Dios, y los hombres desean o suponen que una cosa es lícita para ellos, todas las cosas seguras deben ser temidas. De hecho, se ha visto por la experiencia que, desde inicios insignificantes, se hicieron grandes progresos en la superstición e idolatría en el papado en cuanto a la adoración de imágenes, la invocación de los santos, el purgatorio, el sacrificio de la misa, las oraciones por los muertos, etcétera. Por lo que parece mejor carecer de algún bien útil (pero menos necesario) que de su uso incurrir en el peligro inminente de cualquier gran mal.

—Francisco Turretini, Institutes of Elenctic Theology, ed. James T. Dennison Jr., trad. George Musgrave Giger (Phillipsburg, NJ: P&R Publishing, 1992–1997), 11.15.13–15. Traducción al español: Romel Quintero.

Ser irénico es ser completamente bíblico y evangélico en teología, rigurosamente perenne en filosofía, católico en alcance y pacífico en espíritu.

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