Una argumentación a favor del calendario eclesiástico

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Lo que sigue podría llamarse un argumento irénico reformado a favor de guardar el calendario eclesiástico.

Hace un tiempo, en una publicación sobre el protestantismo y la unidad institucional, hice el siguiente comentario:

Mutatis mutandis, lo mismo es cierto en el caso de la liturgia que en el caso de la administración; es decir, los reformadores no buscaron alguna uniformidad litúrgica a lo largo de la cristiandad. Debo señalar que esto no tiene nada que ver con mis preferencias personales, que, en el ámbito litúrgico, son probablemente muy parecidas a las del Dr. Leithart: yo prefiero una liturgia cantada, un calendario básico y salmos entonados en lugar de métricos. Pero estas son precisamente preferencias (con la posible excepción de la última), y las preferencias no se pueden convertir en principios. Es decir, la «unidad» de la iglesia, y su expresión visible, no depende de si todas las congregaciones cantan la Venite o si la cantan durante la misma parte del servicio.

Cuando dije que tenía ciertas preferencias, no quise sugerir que fueran arbitrarias o que no tuviesen fundamento en la razón o en las Escrituras. Creo que las cosas mencionadas arriba son indiferentes con respecto al reconocimiento mutuo de iglesias o denominaciones; además, creo que no deberían ser barreras para la unidad de ningún tipo, y que no deberían ser una prueba de fuego para determinar si una iglesia es realmente una iglesia, en lugar de, digamos, una «comunidad eclesial» (sea lo que sea eso). Por otro lado, algunas de ellas pueden trabajar por el bene esse de la(s) iglesia(s), incluso si no contribuyen en nada al esse de la iglesia, y podríamos recomendarlas y adoptarlas por ese motivo. En esta publicación, me gustaría usar el calendario eclesiástico como una ilustración de algo que creo que es una preferencia, pero una preferencia que tiene buenos fundamentos en las Escrituras y la razón, y que, por lo tanto, sería prudente adoptar.

¿Qué es observar el tiempo?

El tiempo es natural, creado junto con el espacio «en el principio», cuando Dios dijo: «Hágase…». El tiempo y su cálculo no son (meramente) humanos; son características divinamente diseñadas de la vida humana prelapsaria. Una apropiada atención prestada al tiempo se aplica, además, no solo a la señalización de las semanas, sino también a los meses y las estaciones: «Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche; y sirvan de señales para las estaciones, para días y años, y sean por lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra» (Gn. 1:14-15). Si se desea poner esto en el lenguaje popular contemporáneo, podría decirse que el tiempo es sacramental (Dios dio las lumbreras εης σημεῖα), siendo las lumbreras creadas como un tapiz que se dobla como un velo, a través del cual vislumbramos al Dios que las creó1Para una discusión más profunda sobre el «tiempo» en el contexto de la naturaleza y la iglesia, cf. Lewis H. Steiner, The Calendar, Civil and Ecclesiastical (Chambersburg, PA: M. Kieffer and Co., 1858), publicado originalmente en Mercersburg Review)..

Por lo tanto, observar el tiempo en una escala anual y mensual, y no solo en una semanal, ha sido una característica de la mayoría de las sociedades humanas durante la mayor parte de la historia humana, ligada como lo está a los movimientos de los cuerpos celestes mismos. Esas sociedades han señalado esta observancia del tiempo con festivales, celebraciones, solemnidades y conmemoraciones cívicas. Además, el reconocimiento del tiempo en el calendario ha sido puntualizado regularmente por la mayoría de los pueblos con conmemoraciones de grandes hechos y actos dentro de sus propias historias peculiares (más sobre esto a continuación). En ese sentido, es decir, en el reconocimiento regular de la creación y la historia, el calendario israelita del Antiguo Testamento no es único en comparación con otras civilizaciones. Hay un aspecto de la observancia de las festividades que proviene de la ley de la naturaleza en lugar del mandato divino positivo.

Debido a que es algo natural, un pueblo, incluido el pueblo cristiano, tendrá celebraciones regulares, ya sean cristianos o no; sus celebraciones pueden ser cívicas, idólatras o ambas2Ciertamente, en ausencia de una orientación cristiana adecuada, serán ambas cosas., pero algo celebrarán. Esta propensión a celebrar no debe ser resistida, como no debe resistirse la propensión a la comida, la ropa, el refugio o a cualquier otra cosa que la ley de la naturaleza exija.

Por esta razón, me parece que el debate sobre un calendario de festividades religiosas, únicamente sobre la base de un mandato divino positivo, está fuera de lugar. La revelación especial no nos llega gritando desde un vacío desconocido, de modo que no tengamos un marco de referencia para interpretarla. El marco de referencia en el que la interpretamos, o al menos uno de ellos, es el orden creado que también proviene de Dios, y esa revelación especial ayuda a aclarar, no a destruir. De hecho, el calendario judío en sí mismo proporciona evidencia de que no debemos pensar en el calendario únicamente en términos de un mandato divino positivo, ya que los judíos tomaron la iniciativa de conmemorar grandes actos de liberación divina; conmemoraciones que no formaban parte de la legislación mosaica original, divina y revelada. Se puede pensar aquí en Purim y la Fiesta de la Dedicación, o Janucá, en la que Jesús mismo pudo haber participado (véase Juan 10:22).

Dos tipos de festividades

Dado que sabemos, tanto por la naturaleza como por las Escrituras, que la observancia de festividades es una parte de la vida humana creada, y si leemos las Escrituras de una manera que sea sensible a cómo el hombre implementa esta propensión natural y dada por Dios para celebrar (con y sin mandatos divinos explícitos), ¿qué podemos decir sobre qué tipos de festividades deben mantenerse y cuándo?

En las Escrituras, vemos dos tipos básicos de conmemoración festiva: aquellas que conciernen a la creación y/o los ritmos naturales del tiempo, y aquellas que conciernen a la historia y, en particular, a la historia de la redención, o las intervenciones peculiares de Dios en el tiempo natural.

Bajo el primer encabezado, pondríamos el día de reposo en su aspecto creacional; las lunas nuevas; la Fiesta de las Primicias bajo un aspecto; la Fiesta de las Semanas bajo un aspecto, y la Fiesta de los Tabernáculos. Bajo el segundo, pondríamos el día de reposo en su aspecto redentor; la Fiesta de la Pascua; la Fiesta de los panes sin levadura; la Fiesta de las Primicias bajo otro aspecto; la Fiesta de las Semanas bajo otro aspecto; la Fiesta de las Trompetas; la Fiesta de Purim, y la Fiesta de la Dedicación3Dejo fuera otros tipos de celebración que no ocurren al menos anualmente, como las fiestas del Año Sabático..

Aunque mi bosquejo es muy esquemático, solo un gran festival del Antiguo Testamento no encaja cómodamente en estas categorías: el Día de la Expiación. Obviamente es «redentor», pero no se ajusta perfectamente a la segunda categoría, ya que no tiene un aspecto de «conmemoración» de las acciones pasadas de Dios. Tiene relación con la segunda categoría, ya que es un «Sábado de descanso solemne», aunque las instrucciones con respecto a su institución en Levítico 23:26-32 no dicen nada acerca de la creación. De hecho, lejos de mirar hacia atrás, el Día de la Expiación es quizás el más expectante de las festividades del Antiguo Testamento, el cual miraba hacia adelante al sacrificio de Cristo en el Calvario.

Aún así, y dejando de lado el Día de la Expiación, el patrón general de las festividades del Antiguo Testamento es suficientemente claro.

Entonces, ¿estas tienen algo que enseñar a los cristianos acerca de la señalización del tiempo después del cierre de la era del Antiguo Testamento? Durante siglos, los cristianos han pensado que sí. No solo continuaron semanalmente –además de las observaciones aparentemente diarias– el domingo en lugar del sábado (aunque las Escrituras no registran un mandato divino para observar el domingo de esta manera), sino que también empezaron, con bastante rapidez, a hacer conmemoraciones anuales (como el Israel nacional) de los poderosos actos redentores de Dios a través de Cristo y Su Espíritu. La lista de esos días se amplió con el paso del tiempo, desde celebrar solo la Pascua hasta tener un calendario que también incluía (por ejemplo) la Natividad, la Crucifixión, la Ascensión y el Pentecostés. Estos cristianos parecen haber reconocido que no solo somos seres «semanales», sino que también hay un uso para las observancias anuales, a fin de que recordemos que los ritmos de todos los tiempos, y no solo el ritmo de la semana, son regidos por el entronizado Hijo de Dios, así como, por ejemplo, se recordaba anualmente al antiguo Israel la forma en que Dios los había rescatado de los egipcios. ¿Significa esto que solamente recordaban la pascua y el éxodo en la Fiesta de la Pascua? Por supuesto que no, así como sería tonto pretender que los cristianos que observan la Natividad solo recuerdan la Encarnación el 25 de diciembre. Es un punto de sentido común que el hecho de reservar momentos particulares para el recuerdo especial de cosas particulares puede ser útil pedagógicamente y espiritualmente, y que puede ayudar a ordenar no solo nuestros días, sino también nuestros años, por el reconocimiento disciplinado de dónde viene nuestro mundo, qué es y hacia dónde se dirige (compare aquí el enfoque del Adviento en el segundo advenimiento de Cristo, o parusía). Como las madres a veces están acostumbradas a decir a sus hijos: «Si todos son especiales, entonces ninguno lo es». Del mismo modo, si todos los domingos son domingos de resurrección, entonces hay un sentido en el que ninguno lo es, ya que en ninguno de ellos se encuentra la resurrección como un foco único de reflexión4Hay un sentido en el que creo que ningún día es especial (intrínsecamente). En ese sentido, me parece que no hay tal cosa como «días santos», si con esa expresión se quiere decir que hay algo sagrado en un día particular considerado en sí mismo. Pero es precisamente ese hecho el que da la libertad de ordenar un calendario religioso sin superstición y escrúpulos y, en su lugar, ordenarlo de acuerdo con prudencia, piedad y pedagogía..  

¿Puede un calendario eclesiástico ser protestante?

De hecho, esta fue la posición mayoritaria de los primeros reformadores, quienes mantuvieron felizmente lo que denominaron las «festividades evangélicas», que están recogidas en algunas confesiones reformadas (véase, por ejemplo, el excelente resumen de la práctica reformada continental de Daniel Hyde); por ejemplo, en el cap. 24 de la Segunda Confesión Helvética:

Estamos muy de acuerdo con que las iglesias, usando de la libertad cristiana, celebren piadosamente la memoria del nacimiento del Señor, su circuncisión, su Pasión y su resurrección, su ascensión a los cielos y la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. En cambio, no consentimos fiestas en honor de personas o de santos.

Incidentalmente, este artículo ya incluye el principio por el cual se podría evitar una proliferación ilícita de tales fiestas: deben ser observadas en conmemoración de los actos de Dios solamente. Esto tal vez no excluye los «días de conmemoración», incluso si no se deben observar como festividades divinas. El artículo continúa: «Los días festivos, claro está, caben entre los mandamientos de la primera tabla de la Ley y deben estar dedicados a Dios únicamente. Por otra parte, las fiestas en honor de los santos, fiestas que hemos abolido, contienen, además, cosas de mal gusto, inútiles y del todo insoportables. Pero, al mismo tiempo, concedemos que no es inútil en fechas determinadas y en lugar apropiado recordar al pueblo, mediante piadosos sermones, que piense en los santos, presentándolos como ejemplo y modelo». Por supuesto, la postura de la Segunda Confesión Helvética no es la única posible. La Iglesia de Inglaterra, por ejemplo, mantiene días para hombres como el apóstol Andrés, el apóstol Tomás, la conversión de Pablo, etcétera. Además, el Libro de Oración Común de 1928 incluye la conmemoración del Día de la Independencia (el 4 de julio). En esta coyuntura, podría hacerse una investigación provechosa más extensa y una comparación de la práctica inglesa y continental, pero no lo intentaré aquí.

Para que no se objete que no existe una justificación divina para tal práctica, debemos recordar nuevamente que los judíos del Antiguo Pacto instituyeron festividades sin un mandato divino directo, además de las reuniones de la sinagoga, y parece que Cristo aprobó y santificó ambas cosas con su presencia. En otras palabras, aprobaciones como las que se encuentran en la Segunda Confesión Helvética surgen naturalmente de una lectura de la Escritura misma; una vez más, se descubre que la revelación especial está en armonía con la revelación general o la ley natural, y no en contra de ella. Es decir, mientras que se podría argumentar a favor del uso del calendario solo desde la naturaleza y la forma en que Dios creó al hombre y el mundo, se puede argumentar con la misma facilidad desde las Escrituras. En cualquier caso se descubrirá que ambas formas de revelación están de acuerdo.

Conclusión

Pero si tal práctica es voluntaria, y el resultado de la «libertad cristiana», ¿qué tiene que ver con la «unidad»? Ciertamente, su ausencia no deshace a una iglesia (incluso si esa ausencia es un signo de ir contra la naturaleza humana creada), así como la liturgia anti-litúrgica de «tres canciones y un sermón» no deshace a una iglesia, a pesar de sus limitaciones espirituales y pedagógicas. Aun así, se podría sugerir que tal liturgia anti-litúrgica deja algo que desear, aplanando el tipo de movimiento dinámico apropiado para la acción litúrgica. Se podría sugerir lo mismo acerca de un calendario anti-calendario, a saber, uno que aplana el tiempo de una manera que no corresponde a nuestra experiencia de la realidad. Por lo tanto, tal calendario me parece que trabaja con propósitos contrarios a la pedagogía cristiana y, por lo tanto, está en desacuerdo con la prudencia.

También hay otra razón para considerar las festividades: la mayor parte del mundo cristiano, de acuerdo con la naturaleza creada, es decir, el sentido del tiempo que tenemos los seres humanos como tales, y la piedad práctica, observan las festividades mencionadas anteriormente, aunque ciertamente en una variedad de maneras; y unirse a ellos en (por ejemplo) la conmemoración de la primera venida de Cristo en la Encarnación y la anticipación de su Segunda Venida, es un signo visible de la catolicidad de la fe cristiana que confiesan los cristianos reformados y presbiterianos. Es fácil de hacer, y no requiere acuerdos ecuménicos o reorganizaciones administrativas. De hecho, es tan fácil como decir «feliz navidad». Deberíamos hacerlo. Pero este «deberíamos», debe señalarse, surge de la persuasión, la prudencia, el amor fraternal y la libertad, y no de la compulsión, la coerción o el requerimiento divino.

Notas:

[1] Para una discusión más profunda sobre el «tiempo» en el contexto de la naturaleza y la iglesia, cf. Lewis H. Steiner, The Calendar, Civil and Ecclesiastical (Chambersburg, PA: M. Kieffer and Co., 1858), publicado originalmente en Mercersburg Review).

[2] Ciertamente, en ausencia de una orientación cristiana adecuada, serán ambas cosas.

[3] Dejo fuera otros tipos de celebración que no ocurren al menos anualmente, como las fiestas del Año Sabático.

[4] Hay un sentido en el que también creo que ningún día es especial (intrínsecamente). En ese sentido, me parece que no hay tal cosa como «días santos», si con esa expresión se quiere decir que hay algo sagrado en un día particular considerado en sí mismo. Pero es precisamente ese hecho el que da la libertad de ordenar un calendario religioso sin superstición y escrúpulos, y en su lugar, ordenarlo de acuerdo con prudencia, piedad y pedagogía.

Este artículo fue publicado originalmente en The Calvinist International. Traducido por Romel Q.

Es el pastor asociado de Faith Presbyterian Church en Vancouver, British Columbia. Escribe sobre teología, historia y teoría política, y ha enseñado en Jr. High y High School. Es el fundador y editor general de The Calvinist International, una revista en línea de humanismo cristiano y teología política, y es uno de los directores del Davenant Institute.

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