La reverencia hacia los elementos eucarísticos

6

En los últimos años, hay un rito eucarístico que ha tomado cada vez más fuerza en el romanismo: la comunión en la mano; es decir, la recepción de la hostia en la mano del comulgante, para luego él mismo introducirla en su boca. Este rito es distinto a otro muy común en el romanismo: la comunión en la boca, en la que el sacerdote introduce directamente la hostia en la boca del comulgante. Ambos ritos han sido aprobados por la Iglesia de Roma. Sin embargo, esto no ha ocurrido sin polémica. Recientemente, algunos grupos dentro del romanismo han señalado los problemas de recibir la hostia en la mano. Para ellos, el mayor problema parece ser que la hostia, al caer en la mano del comulgante, dejaría migajas y luego estas mismas caerían al suelo1Un seminarista estadounidense ha hecho un experimento donde prueba que en todos los casos de «comunión en la mano» quedan migajas de la hostia en la mano de quien la recibe. Véase el reporte en InfoVaticana.. Por supuesto, detrás de este problema no hay una razón de higiene o limpieza, sino una razón teológica: la hostia consagrada es, substancialmente, el cuerpo de Cristo2Esto es parte de la doctrina conocida como «transubstanciación», la cual la Iglesia de Roma explica como «la conversión de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo». Para conocer más sobre esta doctrina, véase el Catecismo de la Iglesia de Roma.. Por lo tanto, ¡cualquier migaja que queda en la mano del comulgante son trozos del mismísimo cuerpo de Cristo! ¡Y que tan solo una migaja luego caiga al suelo es un gran sacrilegio!3Con el fin de evitar este «sacrilegio» se ha implementado el uso de la «bandeja»: «La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento» (Instrucción Redemptionis sacramentum, de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (25/03/2004: AAS 96 (2004) 549-601).

Desde una perspectiva reformada, toda esta preocupación por las migajas de la hostia parece absurda. De este lado creemos que «en sustancia y en naturaleza los elementos [eucarísticos] todavía son verdadera y solamente pan y vino, como eran antes» (Confesión de Fe de Westminster 29, V). No solo eso, sino que también creemos que es supersticiosa: «Esa doctrina que sostiene un cambio de sustancia del pan y del vino a la sustancia del cuerpo y de la sangre de Cristo (llamada comúnmente transubstanciación) (…) ha sido y es la causa de muchísimas supersticiones» (CFW 29, VI). Se puede decir que la polémica de las migajas es un buen ejemplo de las «muchísimas supersticiones» que la CFW tiene en mente. 

Ante este tipo de supersticiones, algunos reformados, por temor a «romanizar», se retraen de una correcta reverencia hacia los elementos eucarísticos (el pan y el vino), y los tratan irreverentemente como simples elementos comunes. Así, huyendo de la superstición, corren hacia la irreverencia. No obstante, la teología reformada enseña una reverencia hacia los elementos eucarísticos que es tanto ortodoxa como coherente con la misma teología reformada. A continuación, me propongo exponerla siguiendo al teólogo reformado William Ames y la CFW.

La reverencia hacia los elementos en William Ames

William Ames (1576-1633), un teólogo reformado inglés, argumentó a favor de la reverencia hacia las «cosas que pertenecen propiamente a la adoración».4Esto lo hace en su obra Cases of Conscience, Chap. XXXI. Of reverence, of Worship.. Entre estas cosas incluye «el pan y el vino en la Cena del Señor». También menciona «las palabras de la Escritura, la Santa Biblia y el agua del bautismo», así que todo lo dicho a continuación sobre la reverencia aplica también a estos elementos del culto cristiano. Para Ames, estos elementos, dado que pertenecen a la adoración, deben ser reverenciados. Sin embargo, Ames cree que debemos distinguir la reverencia hacia estos elementos de la reverencia debida a Dios, ya que ambas tienden a ser confundidas. Se confunden cuando a los elementos se les ofrece «honor divino». Esto, dice él, es el error de los «doctores papistas», que «adoran la Eucaristía como Dios». No obstante, para Ames hay una «reverencia singular» que debe ser dada a los elementos, ya que al deshonrarlos podemos deshonrar a Dios. Un ejemplo general que él ofrece de reverencia hacia los elementos es «no exponer el pan y el vino a un uso insolente después de la Comunión». Ejemplos específicos de usos insolentes que vienen a mi mente son: dejar caer los elementos al suelo, permitir que los niños jueguen con ellos, repartirlos como si de una comida cualquiera se tratara, etc.

La reverencia hacia los elementos en la CFW

Alguien que conozca la CFW podría levantar una ceja ante el título, ya que la CFW no aborda explícitamente la reverencia a los elementos eucarísticos. Sin embargo, creo que sí la aborda, aunque de una manera implícita. En el capítulo 29, sección V, esta dice: 

Los elementos exteriores de este sacramento, debidamente apartados para los usos ordenados por Cristo, tienen tal relación con el Crucificado, que verdadera, aunque solo sacramentalmente, se llaman algunas veces por el nombre de las cosas que representan, a saber: el cuerpo y la sangre de Cristo.

En primer lugar, la CFW habla de apartar los elementos para los usos ordenados por Cristo. Esto significa que tanto al pan como al vino ya no se les dan sus usos habituales, los cuales son alimentarse y saciarse, sino que se usan de un modo sacramental, para ser signos de realidades espirituales. Es decir, el pan y el vino ya no son pan y vino comunes, sino elementos sacramentales. No podemos tratar el pan y el vino sacramental como tratamos el pan y el vino común cuando les damos sus usos habituales en la cotidianidad.

En segundo lugar, la CFW nos dice que los elementos tienen una relación con «el Crucificado». Esta relación es sacramental; es decir, los elementos son signos que representan el cuerpo y la sangre de Cristo. Esta representación no es algo menor, ya que «verdadera» y «sacramentalmente» los elementos «se llaman algunas veces por el nombre de las cosas que representan». Esto es lo que ha sido llamado el «lenguaje sacramental», el cual Zacarías Ursino define como «intercambiar los nombres de los signos y las cosas significadas»5The Commentary of Dr. Zacharias Ursinus on The Heidelberg Catechism (pg. 365 of the P&R reprint).. En otras palabras, es llamar al pan el cuerpo de Cristo, y al vino la sangre de Cristo. Esto fue exactamente lo que hizo el Señor al instituir la Cena: «Comed; esto es mi cuerpo«; «bebed; esto es mi sangre» (Mateo 26: 26, 28). Por este lenguaje sacramental, entonces, podemos decir que el pan apartado es el cuerpo de Cristo, y el vino apartado es la sangre de Cristo. Si esto es así, ¿cómo podemos tratar irreverentemente estos elementos? Creo que nadie en su sano juicio trataría irreverentemente el cuerpo mismo y la sangre misma de Cristo si los tuviese corporalmente en sus manos. Si no trataríamos irreverentemente su cuerpo mismo y su sangre misma, tampoco deberíamos tratar irreverentemente los signos a los que atribuimos esas realidades. Recuerde que, aunque rechazamos que el cuerpo y la sangre de Cristo están corporalmente presentes, creemos que están realmente y espiritualmente presentes en los elementos (CFW, 29, VII). 

Conclusión

Los reformados no somos romanistas. No creemos en la transubstanciación. No adoramos el pan. Y no enloquecemos si un trozo cae accidentalmente al suelo. Pero nuestra teología nos exhorta a no ser irreverentes y tratar los elementos eucarísticos como cosas comunes. 

Estudiante de teología (Universidad Católica de Oriente). Editor de Irenismo Reformado y Agustinismo Protestante. Miembro de la Iglesia Presbiteriana 'Gracia y Verdad' (Medellín, Col).

Related Posts

Leave a Reply

A %d blogueros les gusta esto: