La adoración irénica reformada (3): el principio regulador de Ursino

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En este punto, los lectores de mentalidad anglicana deben sentirse tentados a correr a las Leyes de Richard Hooker para mostrar que, aunque hay ciertos desacuerdos en las aplicaciones particulares, Calvino y Hooker pensaban igual cuando se trataba de su entendimiento de la ley e incluso de los principios de autoridad, orden y caridad. Sin embargo, a fin de reforzar el incuestionable carácter «reformado» de esta perspectiva, sumaremos a Calvino el ejemplo de Zacarías Ursino y la academia de Heidelberg1Commentary on the Heidelberg Catechism (P&R, 1985) 519. . Sin embargo, al hacerlo mostraremos una aplicación diferente de los mismos principios subyacentes: una que permite la posibilidad de más libertad y diversidad individual.

En su comentario del Catecismo de Heidelberg, en la sección donde discute el segundo mandamiento, Ursino expone una teología de «cosas indiferentes». Él escribe: «Por lo tanto, tales obras, que son indiferentes, deben ser distinguidas cuidadosamente de aquellas en las que adoramos a Dios»2 Ibid 519-520. . Como en Calvino, vemos el término «adoración» siendo usando en el sentido estricto, sin denotar todos los ritos y las formas asociadas con la liturgia, sino más bien refiriéndose específicamente a las cosas ordenadas por Dios. Esto es hecho explicito cuando Ursino expone la diferencia entre las leyes divinas y las leyes humanas. Él escribe:

Dios desea que los hombres mantengan la observancia de los preceptos divinos, no en su propio nombre, sino por la autoridad de Dios mismo, y como ministros y mensajeros, no como los autores de estos preceptos. De esta manera es que los ministros del evangelio declaran la doctrina revelada del cielo a la iglesia, los padres a sus hijos, los maestros a sus pupilos; y que los magistrados hacen conocer a sus súbditos los preceptos del decálogo. La obediencia a estos mandamientos es y es llamada adoración a Dios, porque no son humanos, sino preceptos divinos, a los cuales es necesario rendir obediencia, aunque alguna autoridad no los obedezca; e  incluso si todas las criaturas hacen lo contrario3521..  

Pero cuando se trata de las leyes humanas, ya sean civiles o eclesiásticas, Ursino cree que pueden ser implementadas y ejecutadas aparte de las prescripciones bíblicas positivas, siempre y cuando no sean consideradas leyes divinas o «adoración». Ciertamente, tienen una naturaleza divina, es decir, una manera en que son «adoración», pero esto es en su moralidad general y fundamento principal, no en sus particulares:

En tercer lugar, hay ordenanzas eclesiásticas o ceremoniales, descritas por los hombres, que incluyen las determinaciones de las circunstancias necesarias o útiles para el mantenimiento de los preceptos morales de la primera tabla; como: el tiempo, el lugar, la forma y el orden de los sermones, las oraciones, la lectura en la iglesia, los ayunos, la manera de proceder en la elección de ministros, en la colecta y distribución de las limosnas, y en otras cosas de naturaleza similar, con respecto a las cuales Dios no ha dado un mandamiento particular. Aquello que es general con respecto a estas leyes es moral, como en el caso de las promulgaciones civiles (si son hechas correcta y beneficiosamente), y es, por lo tanto, adoración a Dios. Pero, en cuanto a las ceremonias mismas que son aquí prescritas, estas no constituyen adoración a Dios ni sujetan las conciencias de los hombres, ni es necesaria la observancia de estas, excepto cuando su descuido dé ocasión a la ofensa4Ibid..

Vemos los mimos términos claves como en Calvino: necesario, adoración y sujetar la consciencia. La «adoración» a Dios está directamente ordenada por Dios y es inseparable de la ley moral. Sin embargo, hay otros asuntos sobre los cuales «Dios no ha dado un mandamiento particular», que pueden ser instituidos y ordenados por los hombres.

Y, aun así, Ursino concede que las leyes humanas eclesiásticas pueden ser desobedecidas, a menos que desobedecerlas «dé ocasión a la ofensa». En esto, es un poco más liberal que Calvino, aplicando los mismos principios pero en una posición exactamente opuesta. Mientras que Calvino prácticamente no permite el disentimiento una vez que las leyes humanas han sido promulgadas (suponiendo que esas leyes no afirman tener carácter divino), Ursino declara que a la consciencia individual se le debe conceder la libertad de disentir, excepto en aquellos casos que se cause ofensa: 

Tampoco este poder y autoridad de establecer, abolir o cambiar estas ordenanzas pertenece únicamente a la iglesia, como ella lo considere mejor para su edificación; sino que también las consciencias de los individuos particulares retienen esta libertad, de modo que pueden omitir o hacer estas cosas de manera diferente, sin ofender a Dios y si nadie se ofende por ello; es decir, si lo hacen sin desprecio y descuido del ministerio; sin perversidad y ambición; sin un deseo de contención o novedad, y sin la intención de ofender a los débiles. Y la razón es que las leyes son observadas apropiadamente cuando son observadas de acuerdo con la intención y el diseño del legislador. Sin embargo, la iglesia debe procurar que tales ordenanzas que son establecidas con respecto a cosas indiferentes, sean observadas no por su autoridad o mandato, sino solo por el bien de observar el orden y evitar la ofensa. Por consiguiente, en tanto el orden de la iglesia no sea violado y no se dé ocasión a la ofensa, la consciencia de cada uno debe ser dejada en libertad; porque algunas veces es necesario, no por razón del mandato de la iglesia o del ministro, sino por causas justas, hacer u omitir las cosas que son indiferentes5521-522.

Ursino anticipa la objeción que equipara el orden eclesiástico con el orden civil, y busca así requerir una sumisión uniforme con el fin de la estabilidad y armonía. Su respuesta es que el poder del ministerio es diferente (en tipo) al del magistrado:

Dios ha dado al magistrado la autoridad de crear leyes civiles, y ha amenazado con derramar Su ira sobre todos aquellos que violan estas leyes; pero no ha dado tal autoridad a la iglesia, o a sus ministros, sino que simplemente requiere que Sus leyes y ordenanzas sean observadas de acuerdo con la regla de la caridad; a saber, con un deseo de evitar la ofensa, y no como si hubiese alguna necesidad en el asunto, como si la consciencia estuviese sujeta a ello6574. .

Dado que la autoridad del ministro está fundamentada en la caridad, debe conceder autoridad a la consciencia del individuo en lo posible. Lo que previene la rebelión es que esto proviene de la concesión del ministro y no es una rebelión contra su juicio y autoridad.

Y así, vemos en Ursino el permiso para la iglesia de crear leyes y ordenanzas de poder humano, pero, a causa de la naturaleza de la iglesia, no debe hacer leyes solo por su propio poder, sino por el bien de la caridad.  Este es un «principio del hermano débil». Y aunque esta perspectiva pareciera acercarse a la posición «puritana», su naturaleza no legal es precisamente lo que la distingue de esa posición. La iglesia tiene el poder de hacer ciertas leyes humanas, pero debe voluntariamente limitar su creación de leyes a los límites de la modestia por el bien de sus miembros.

Ursino resume su posición sobre la adiaforía (cosas indiferentes) y la liturgia en su tratamiento del cuarto mandamiento. Dice así:  

III. ¿CUÁNTOS TIPOS DE CEREMONIAS EXISTEN?

Hay dos tipos de ceremonias: unas que son ordenadas por Dios mismo, y otras que son instituidas por los hombres. Las ceremonias que han sido instituidas por Dios, son tales que constituyen lo que es Su adoración, y solo pueden ser cambiadas por Dios mismo. Los sacrificios, por los que ofrecemos y rendimos obediencia a Dios, son las ceremonias de este tipo, siendo divinamente instituidas. Así, los sacramentos, por los que Dios testifica y otorga Sus beneficios sobre nosotros, son también divinamente instituidos. Las ceremonias instituidas por la iglesia no constituyen la adoración a Dios, y pueden ser cambiadas por el consejo de la iglesia, si hay razones suficientes para demandar un cambio.

¿ES LÍCITO PARA LA IGLESIA INSTITUIR CEREMONIAS? 

La iglesia puede y debe instituir ciertas ceremonias, puesto que la adoración moral de Dios no puede observarse sin definir y fijar las diferentes circunstancias relacionadas con ella. Por lo tanto, podemos decir que es apropiado para la iglesia instituir ceremonias cuando se observan las siguientes condiciones: 1. No deben ser impías; sino tales que estén en conformidad con la Palabra de Dios. 2. No deben ser supersticiosas, de modo que extravíen a los hombres, ligando a ellas adoración, mérito o necesidad, ni deben ser ocasión de ofensa cuando se observan. 3. No deben ser muy numerosas, de manera que opriman y carguen a los hombres. 4. No deben ser vacías, insignificantes e infructíferas, sino que deben tender a la edificación. 

Vemos dos puntos generales aquí. Primero, que debe hacerse una distinción teológica entre la ley divina, que está constituida apropiadamente como «adoración a Dios», y las «ceremonias instituidas por la iglesia», que siempre deben ser consideradas, hasta cierto grado, como adiaforías. Lo segundo, es que estas ceremonias indiferentes deben ser pastoralmente estratégicas. Deben ser consistentes con la enseñanza de las Escrituras; no deben tender a la superstición o falsa teología; no deben ser muy difíciles, y no deben ser frívolas, sino que deben (de forma clara, discernible y objetiva) ser consistentes con el amor y la edificación. La perspectiva de Ursino es particularmente útil para instruir a aquellos de nosotros que no tenemos el deseo ni los medios para forzar a una congregación a una uniformidad litúrgica extraña.

Conclusión a la serie

Hemos identificado un precedente apropiadamente «reformado» con una actitud más abierta hacia la liturgia. Esta no necesita estar atada a una lista positiva de mandatos bíblicos ni a una tradición eclesiástica totalizadora. Su apertura corre en dos direcciones: una apertura para permitir las leyes humanas y una apertura para la libertad individual. Esta posición irénica reformada busca hallar principios bíblicos sobre los que construir prudencialmente, de acuerdo con las necesidades específicas de la congregación. Las tradiciones eclesiásticas pueden y deben ser honradas, pero esas tradiciones deben ser gobernadas por los principios de caridad y gracia. Y todo lo que se haga debe ser aplicado estratégicamente por los pastores que apropiadamente entienden la naturaleza de su autoridad.  El orden necesario no debe venir en detrimento de la libertad, sino a través de un nivel óptimo y racional de consentimiento. Para explicar mejor cómo alcanzar tal objetivo se requeriría otro ensayo, pero podemos decir confiadamente que la herramienta primaria tiene que ser una persuasión racional, caritativa y paciente fundamentada en las distinciones teológicas básicas que hemos explicado aquí.

Publicado originalmente en The Calvinist International. Traducido por Romel Quintero.

Es el pastor asociado de Faith Presbyterian Church en Vancouver, British Columbia. Escribe sobre teología, historia y teoría política, y ha enseñado en Jr. High y High School. Es el fundador y editor general de The Calvinist International, una revista en línea de humanismo cristiano y teología política, y es uno de los directores del Davenant Institute.

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