Teocracia sin teonomía

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Quizá sea un error fácil (aunque uno muy malo) confundir teocracia y teonomía1Ambas, después de todo, tienen que ver con Dios y el gobierno.. Por otro lado, también es un error equiparar la teocracia con la eclesiocracia o el gobierno clerical. Los reformadores magisteriales eran teócratas, que creían en el reinado de Cristo sobre el orden terrenal y celestial, pero no eran teonomistas, dado que negaban que la letra de la ley mosaica debía establecerse en cada sistema político terrenal; ni eran eclesiócratas o clericalistas, dado que no creían que el ministerium eclesiástico ordenado fuera la autoridad mayor en un sistema político determinado.

En esta publicación, me gustaría centrarme en la distinción entre la teocracia de los reformadores magisteriales y la teonomía. Los reformadores podían mantener su posición de (1) teocracia (2) no teonomista debido a dos principios complementarios: en primer lugar, porque se adhirieron a la idea de que todos los asuntos temporales eran, bueno, temporales y, por lo tanto, provisionales (tal es la naturaleza del reino terrenal). El código mosaico era vinculante para el pueblo de Moisés, es decir, Israel, y, por consiguiente, expiró con el sistema de gobierno mosaico, al igual que cualquier otro código civil expiraría junto con el sistema que se codificó para gobernar.

Pero, en segundo lugar, lo que no expiró fue la ley moral, o la ley de la naturaleza, de la cual la administración mosaica fue una concretización, especialmente adaptada a las circunstancias de su tiempo y lugar. A esta ley moral, todos los sistemas políticos terrenales estaban sujetos: los griegos, los romanos, los suizos y los alemanes, no menos que los israelitas. Esta ley moral o natural, además, era, en su opinión, teocrática, porque tenía a Dios como su autor y, después de la Ascensión, a Cristo como su rey entronizado. Por lo tanto, estos dos elementos, la ley natural y una distinción rigurosa entre el reino terrenal y el reino celestial, los condujeron a una teocracia sin teonomía.

Un lugar en el que podemos ver la formulación de la desaprobación del uso continuado del código mosaico es en el comentario de Felipe Melanchthon sobre el capítulo trece de Romanos. En este caso, la «ley de las naciones» está vinculada a la ley de la naturaleza como su estándar para garantizar su legitimidad; esta ley se conoce, a su vez, como la «razón».

Pero en esta definición [del magistrado] se pregunta: ¿De dónde sabemos qué cosas se han hecho correctamente? Respondo: Pablo aquí omite una discusión más larga y habla de manera general por la siguiente razón: para aprobar las leyes de todas las naciones [gentium] concernientes a los asuntos civiles siempre y cuando estén de acuerdo con la ley de la naturaleza [lege naturae]. Pues es por eso que desea que las cosas se hagan correctamente en los asuntos civiles. Por lo tanto, él entrega esta tercera regla, a saber, que el cristiano no está ligado a la forma de gobierno mosaica, sino que se le permite hacer uso de las leyes de todas las naciones que están de acuerdo con la razón [ratione]. De hecho, así como el cristiano debe obediencia al magistrado bajo cuya autoridad está2praesenti, es decir, su propio magistrado, el que le está «presente» en ese sentido. Como Melanchthon había señalado anteriormente, un ciudadano de Colonia no debe obediencia al magistrado de París. Ese es el sentido en el que usa «presente» en esta sección. Lo he traducido como «estar bajo autoridad», lo que significa «estar bajo la autoridad legítima de alguien». (como se dijo antes en la cláusula «al magistrado bajo cuya autoridad estás»), así también debe obediencia a las leyes bajo cuya autoridad está, si estas acuerdan con la razón. Por lo que se permite colgar a los ladrones y dividir las herencias según nuestras leyes, dado que el Evangelio no ha establecido una nueva forma de gobierno terrenal [novam politiam mundanam], sino que hace declaraciones públicas sobre la vida eterna y espiritual. Y, mientras tanto, nos permite hacer uso de diversas formas de gobierno, al igual que de diversos intervalos de días. Dado que se ordena la obediencia al magistrado que tiene autoridad sobre nosotros, también se nos ordena que hagamos uso de las leyes que tienen autoridad sobre nosotros. Y en el tercer capítulo de Lucas se aprueba el servicio militar romano. Y en Hechos 15, los apóstoles prohíben agobiar a los gentiles con las leyes de Moisés. Y Pablo dice: «En Cristo no hay judío ni griego»3La traducción es mía del latín..

Más conocida, supongo, es la declaración congruente de Juan Calvino en la Institución 4.20.16 (FELIR, 1968), donde compara la ley moral con la ley eterna y divina, y argumenta que esta, en lugar de las aplicaciones particulares de la ley moral del código mosaico, debe ser acatada en las comunidades terrenales:

Lo que he dicho se entenderá claramente si en todas las leyes consideramos las dos cosas siguientes: la ordenación de la ley y la equidad sobre la que la ordenación se puede fundar. La equidad, como es algo natural, es siempre la misma para todas las naciones; y, por tanto, todas cuantas leyes hay en el mundo, referentes a cualquier cosa que sea, deben convenir en este punto de la equidad. En cuanto a las constituciones y ordenanzas, como están ligadas a las circunstancias de las cuales en cierta manera dependen, no hay inconveniente alguno en que sean diversas; pero todas ellas deben tender a este blanco de la equidad. Y como quiera que la ley de Dios que nosotros llamamos moral, no es otra cosa sino un testimonio de la ley natural y de la conciencia que el Señor ha imprimido en el corazón de todos los hombres, no hay duda que esta equidad de la que ahora hablamos queda en ella muy bien declarada. Así pues, esta equidad ha de ser el único blanco, regla y fin de todas las leyes. Así pues, todas las leyes que estuvieren de acuerdo con esta regla, que tendieren a este blanco y que permanecieren dentro de estos límites no deben desagradarnos, aunque no convengan con la ley de Moisés, o bien entre ellas mismas. La Ley de Dios prohíbe robar; y se puede ver en el Éxodo qué pena se establecía en la legislación judía contra los ladrones (Éx. 22, 1). Las más antiguas leyes de las demás naciones castigaban al ladrón haciéndole pagar el doble de lo que había robado. Las leyes posteriores establecieron diferencia entre latrocinio público y privado. Otras han procedido a desterrar a los ladrones; otras a azotarlos; y otras, incluso a darles muerte. La Ley de Dios prohíbe el falso testimonio. Quien entre los judíos profería un testimonio falso era castigado con la misma pena con que debería ser castigado el que falsamente era acusado, de haber sido convicto (Dt. 19, 19). En algunas naciones la pena de este sujeto no era más que una pública afrenta; en otras, se le ahorcaba; en otras, era crucificado. La Ley de Dios prohíbe el homicidio. Todas las leyes del mundo, de común consentimiento, castigan con la muerte al homicida, aunque no con un mismo género de muerte. Contra los adúlteros, en unos países las leyes eran más severas que en otros. Sin embargo, vemos que a pesar de toda esa diversidad de castigos todas iban dirigidas al mismo fin; porque todas de común acuerdo pronuncian el castigo contra las cosas que en la Ley son condenadas; a saber, homicidios, hurtos, adulterios y falsos testimonios; mas no convienen en el género del castigo, porque no es necesario, ni tampoco conveniente. Hay países en que si no se impusiesen severos castigos a los homicidas, estarían llenos de homicidios y latrocinios. Hay ocasiones que exigen que se aumenten los castigos. Si en algún país tiene lugar algún desorden o revuelta, será preciso corregir con nuevos edictos los males que de aquí se podrían derivar. Los hombres, en tiempo de guerra se olvidarían de todo sentimiento de humanidad si no se les tuviese más a freno, castigando sus excesos. Asimismo, en tiempo de peste o de hambre todo andaría confuso si no se emplease mayor severidad. Algunas naciones necesitan ser gravemente corregidas de un vicio determinado, al que están más inclinadas que otros países. El que se diese por ofendido por tal diversidad, muy propia para mantener la observancia de la Ley de Dios, ¿no sería un malvado y envidioso del bien público? Lo que algunos suelen objetar, que se hace injuria a la Ley de Dios dada por mediación de Moisés, cuando al abolirla se prefieren a ella otras nuevas leyes, es cosa muy vana. Porque no le son preferidas como simplemente mejores, sino en razón de la condición y circunstancias de tiempo, de lugar y de país. Además, al obrar así no queda abolida, puesto que nunca fue promulgada para nosotros, que procedemos de los gentiles. Porque nuestro Señor no la ha dado por el ministerio de Moisés para que fuese promulgada a todas las naciones y pueblos, ni para que fuese guardada por todo el mundo; sino que, habiendo Él recibido de modo especial al pueblo judío bajo su protección, amparo y defensa, quiso también ser su particular legislador; y como convenía a un legislador bueno y sabio, tuvo presente en todas las leyes que les dio la utilidad y provecho del pueblo.

¿Por qué esto es importante? Porque las distinciones son importantes, y porque deberíamos estar dispuestos a entender a los reformadores magisteriales en sus propios términos, en lugar de fusionarlos con un movimiento moderno tardío al que su propio pensamiento tiene muy poco parecido. Ya que en general fueron mejores estudiantes de la tradición clásica de la filosofía legal y política que nosotros, debemos hacer todo lo posible para comprender su reflexión a nivel de principios (ya sea que estemos de acuerdo con esos principios o no) al máximo grado posible. Es mejor que nos apoyemos en sus hombros.

Notas:

[1] Ambas, después de todo, tienen que ver con Dios y el gobierno.

[2] praesenti, es decir, su propio magistrado, el que le está «presente» en ese sentido. Como Melanchthon había señalado anteriormente, un ciudadano de Colonia no debe obediencia al magistrado de París. Ese es el sentido en el que usa «presente» en esta sección. Lo he traducido como «estar bajo autoridad», lo que significa «estar bajo la autoridad legítima de alguien».

[3] La traducción es mía.

Publicado originalmente en The Calvinist International. Traducido por Romel Quintero.