La adoración irénica reformada (1): el principio regulador

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Dentro de la tradición reformada hay una corriente litúrgica particular que al interaccionar con ella es notable la priorización que da a las Escrituras. Muchos están familiarizados con el llamado «principio regulador del culto», que, en palabras de la Confesión de Westminster, es «la forma aceptable de adoración al Dios verdadero, está instituida por Él mismo, y está de tal manera limitada por su propia voluntad revelada, que no debe ser adorado según las imaginaciones e invenciones de los hombres, o según las sugerencias de Satanás; bajo ninguna representación visible, o en alguna otra forma que no esté prescrita en la Biblia» (CFW 21.1). Comúnmente esto significa que nuestra adoración debe ser «bíblica». 

Ahora, al interaccionar críticamente con esta noción de una liturgia «bíblica», inmediatamente surgen desafíos. Algunas veces el principio regulador del culto es interpretado como que el Nuevo Testamento tiene una liturgia prescriptiva, y que casualmente es del tipo minimalista. A menudo esto resulta en un entendimiento estrictamente legal de las conversaciones litúrgicas, con distintos límites y una polaridad de prescripción y proscripción: «Lo que no está ordenado, está prohibido». Pero, de hecho, en el Nuevo Testamento no hay  una versión del libro de Levítico. En realidad todo lo que tenemos son ciertas descripciones de escenarios de adoración muy limitados y diversos, y algunos pocos mandamientos; concretamente: reunirse y leer las Escrituras, orar y cantar, aunque estas cosas no son claramente identificadas como «elementos» de la adoración corporativa y como algo distinto de la devoción personal ordinaria. Añádase a esta ambigüedad la falta, en la historia, de alguna tradición monolítica verificable, y así las afirmaciones más ambiciosas de tener «la» liturgia bíblica se exponen a la acusación de falacia del alegato especial

Esta perspectiva legal fue precisamente la de Thomas Cartwright y Walter Travers en su  controversia con el arzobispo Whitgift y Richard Hooker, los cuales intentaron hacerla un asunto de ley divina. Como Bradford Littlejohn observa:

Esta convicción llevó a Cartwright a una dependencia absurda de ‘textos de prueba’ de las Escrituras en muchos puntos en su debate con Whitgift donde el mero sentido común hubiera sido suficiente. Por ejemplo, al quejarse de que en el Libro de Oración el ministro no puede ser escuchado claramente por la congregación cuando se para al final del antealtar, Cartwright siente la necesidad de alegar una ley positiva escriturística a favor del principio y recurre a Hechos 1:15: «Pedro, levantándose en medio de los hermanos, dijo…». Cuando Whitgift levanta una ceja, Cartwright defiende su postura: «Lo que dice San Lucas es una regla inmutable para enseñar que todo lo que es hecho en la iglesia debe ser hecho donde pueda ser mejor escuchado, y por esta razón lo alego». En otro punto, discutiendo los requisitos de los ancianos, dice: «El Espíritu Santo, prescribiendo por Jetro qué oficiales deben ser escogidos, no solo requiere que teman a Dios, y que sean sabios y valientes, sino que también sean confiables». Así, el consejo de Jetro a su yerno ya no puede ser leído solo como un consejo prudente (prudencia que debe ser obvia en situaciones similares, tales como la elección de oficiales), sino que ahora debe ser entendido como una prescripción específica del Espíritu Santo para servir como una ley positiva para la iglesia.

En consecuencia, frecuentemente encontramos la siguiente forma de silogismo a fortiori:

«Hay una palabra de Dios para todas las cosas que tenemos que hacer. Yo alego que de otra manera nuestro estado sería peor que el de los judíos, sobre los cuales el adm. confesó que tenían «dirección por la ley en cada cosa pequeña que tenían que hacer».  Y siendo la virtud de una buena ley el dejar las cosas lo menos posible fuera de los confines de la ley, el objetor al imaginar que no tenemos mandatos para diversas cosas en las que los judíos tenían dirección, presupone una mayor perfección en la ley dada a los judíos que en aquella dada a nosotros. Y que esta es una virtud principal de la ley puede verse en que una consciencia correctamente instruida y tocada por el temor de Dios busca la luz de la Palabra de Dios hasta en las acciones más pequeñas».

Y luego concluye Travers: «No hay nada más absurdo e irracional que pensar que Dios ha disminuido su cuidado y amor hacia la iglesia omitiendo tales mandamientos expresos en el Nuevo Pacto»1Tomado de la disertación del Dr. Littlejohn, «The Freedom of a Christian Commonwealth: Richard Hooker and the Problem of Christian Liberty», University of Edinburgh 2013. Disponible aquí: http://swordandploughshare.com/main-blog/2012/10/8/a-word-of-god-for-all-things-we-have-to-do.html ↩..

Así, mientras algunos de los pensadores «católicos» de la iglesia han ido a la tradición y el ejemplo de la iglesia primitiva buscando algún tipo de ley litúrgica, muchos en la tradición puritana y protestante disidente han hecho esencialmente lo mismo pero solo yendo a las Escrituras. Este entendimiento precisionista del principio regulador es una forma de positivismo litúrgico, y, en sus formas más consistentes, siempre se reduce al tipo de absurdos señalados por el Dr. Littlejohn.

Este tipo de observación, una que creo inevitable, no significa que consecuentemente toda la cuestión de la liturgia es relativa y está a merced de los gustos populares. Hay diversos principios bíblicos que pueden guiar nuestra búsqueda. En primer lugar, hay un mandato apostólico de hacer todas las cosas con orden y decencia (1 Co. 14:40), y el hecho de que este «orden» no esté prescrito por ley positiva (sino más bien explicado como algo discernido por la prudencia), muestra que es posible discernir con prudencia lo que es digno y apropiado para cierto escenario. Que algo sea bueno en algunos contextos no significa que sea bueno en cada contexto, y personas sensibles y maduras pueden tomar estas decisiones sin sentir la necesidad de apelar a una ley divina. El concepto de lo apropiado y prudente, aunque subjetivo hasta cierto grado, no es realmente arbitrario. Como Carl Trueman expresa: «La diferencia no está en iglesias que tienen liturgias e iglesias que no tienen; la diferencia está en iglesias que tienen liturgias inteligentes, que están teológicamente informadas, que ellas reconocen y sobre las que reflexionan, e iglesias que no tienen este tipo de liturgias»2Publicado aquí: http://www.reformation21.org/blog/2014/01/familiarity-and-contempt.php ↩. Podríamos igualmente decir que la diferencia no está en iglesias que tienen liturgias humanamente construidas y basadas en ciertas subjetividades e iglesias que no las tienen, sino en iglesias que tienen liturgias inteligentes y conscientes e iglesias que no las tienen. 

Notas:

  1. Tomado de la disertación del Dr. Littlejohn, «The Freedom of a Christian Commonwealth: Richard Hooker and the Problem of Christian Liberty», University of Edinburgh 2013. Disponible aquí: http://swordandploughshare.com/main-blog/2012/10/8/a-word-of-god-for-all-things-we-have-to-do.html ↩.
  2. Publicado aquí: http://www.reformation21.org/blog/2014/01/familiarity-and-contempt.php 

Tomado con permiso de The Calvinist International. Traducido por Romel Quintero.

Es el pastor asociado de Faith Presbyterian Church en Vancouver, British Columbia. Escribe sobre teología, historia y teoría política, y ha enseñado en Jr. High y High School. Es el fundador y editor general de The Calvinist International, una revista en línea de humanismo cristiano y teología política, y es uno de los directores del Davenant Institute.

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