¿Qué es irenismo reformado?

0

Coloquialmente, ser irénico es ser amable, gentil e incluso complaciente. Pero en la historia de la teología protestante, el término en realidad tuvo el significado específico de crear paz a través de un argumento racional, y esto es lo que queremos decir con este. Tratamos de ser amables, aunque a menudo no somos tan buenos en eso. Con suerte, tenemos más éxito en ser irénicos. 

¿La teología irénica es católica? 

Una serie de términos que hemos utilizado para describir nuestro proyecto intelectual han tenido un uso más diverso entre los teólogos cristianos durante algún tiempo. «Restauración» y «recuperación» son dos términos que aparecen a lo largo del siglo XX, y los hemos autoaplicado particularmente en lo que respecta a la recuperación del legado perdido del protestantismo magisterial. Sin embargo, estos términos no son exclusivos del protestantismo. El reciente libro Reformed Catholicity de Michael Allen y Scott Swain, en su capítulo introductorio, ofrece un provechoso resumen de los movimientos de restauración más famosos del siglo pasado, aunque se podría retroceder incluso al gran interés del siglo XIX en la unión de la iglesia y la recuperación de los estudios patrísticos. Por supuesto, la palabra «católico» es quizás el mayor término comercial en la cristiandad, y debemos admitir que hemos evitado usarlo deliberadamente en nuestra descripción principal. 

Es cierto que la mayoría de nuestros escritores han usado la expresión «católico reformado» en algún sentido en el pasado, pero sin problema alguno nos reservamos el derecho de someter el significado de esa nomenclatura a escrutinio en vista de la tendencia obvia de los pensadores (incluso de los históricamente informados) de infundirle un significado estipulado de carácter no reformado. Para muchos, ser «católico» es buscar puntos de acuerdo y evitar puntos de diferencia con los romanistas. En el peor de los casos, es adoptar un ethos que privilegia los primeros ocho o nueve siglos de la Iglesia cristiana por encima de los desarrollos de la Edad Media y la Reforma. Pero esto casi siempre depende de un cierto tipo de nostalgia romántica y de pasar por alto distinciones importantes que se aclararon mejor en momentos posteriores de la historia. Como regularmente tratamos de señalar, los reformadores afirmaron que sus doctrinas esenciales ya eran católicas y no necesitaban suplementos. Ser un «católico reformado» en el siglo XVII significaba ser un teólogo reformado con una visión panprotestante. La via media realmente estaba entre Ginebra y Augsburgo. Nos alegra ser llamados «católicos», en el sentido de tener una mentalidad histórica, intelectualmente cosmopolita o incluso culturalmente procristiandad, pero negamos que esto nos imponga alguna carga para acercarnos a doctrinas, liturgias o prácticas deformadas. Creemos que las antiguas controversias fueron resueltas de manera decisiva, al menos en sus puntos esenciales, por los reformadores protestantes, y negamos que los desarrollos teológicos o historiográficos posteriores hayan cambiado esto en gran manera. 

Por lo tanto, hemos elegido usar la expresión «irénico reformado» para describir nuestra visión. De alguna manera, esto nos ayuda a sobresalir entre un campo abarrotado y poco claro. Pero no es solo un movimiento de marketing. Creemos que una teología irénica fundamentada en la Reforma es precisamente la necesidad de nuestro tiempo. Pero ¿qué significa eso? 

El rol de la razón 

Todo comienza por la razón. A menudo hablamos de «filosofía natural» y «teología natural», pero con esto lo que realmente queremos decir es que no debemos contentarnos con permitir que las estructuras de autoridad respondan las preguntas, las cuales realmente no las responden, sino que establecen sus propias afirmaciones y rechazan las críticas o los escrutinios. Esto es especialmente cierto en el caso de las autoridades intelectuales religiosas. «Cosmovisiones», «presuposiciones», «comunidades», «valores», «compromisos» e incluso «virtudes», son términos utilizados para reforzar a las autoridades subjetivas en lugar de la persuasión razonada. Es por eso que habitualmente hablamos negativamente del Retreat to Commitment. Reconocemos el importante trabajo de W.W. Bartley, pero básicamente estamos hablando del fenómeno intelectual negativo que él sucintamente nombró. Estamos de acuerdo con su crítica mientras que a la vez consideramos su solución como vacía e inviable. Un contrapunto más ortodoxo, aunque carezca de un título pegadizo, es la la obra de Auguste Lecerf, An Introduction to Reformed Dogmatics. El Prolegomena de Bavinck es también un pilar en este punto. 

Esto no conduce al racionalismo porque creemos y profesamos que la razón es una posesión común, un reflejo de una realidad externa que se revela a toda la humanidad y que es ineludible. La necesidad de los principios filosóficos es evidente por sí misma, y no depende de artefactos interpretativos específicos para su demostración. Los axiomas son axiomáticos precisamente porque su negación lleva al absurdo e imposibilidad inmediata. Podríamos decirlo simplemente de esta manera: la revelación general es tanto revelación (proviene de Dios y está fuera de nosotros mismos) como general (toda la humanidad la posee a causa de la naturaleza de la creación y la imagen de Dios en el ser del hombre). 

El rol de la razón es importante porque protege al conocimiento de convertirse en un producto de poder. Los diversos «compromisos» subjetivos terminan en alguna estructura de autoridad que tiene la última palabra y exige sumisión. Ahora, si este punto terminal es Dios, entonces todavía tenemos una explicación razonable, y esto por dos razones. En primer lugar, porque Dios es realmente autoexistente y es el creador autoritario de todas las cosas. Sus afirmaciones autoritarias son verdaderas. En segundo lugar, porque todos los hombres están igualmente ante Su rostro (coram deo, como dice el refrán). La existencia de Dios no es lo mismo que nuestra interpretación de Su existencia, por lo que Él permanece inmediato. Profesar fe en Él es perfectamente racional y no requiere retractación. 

Sin embargo, si ponemos la autoridad en nuestras comunidad mediadoras interpretativas, o incluso en los «paradigmas», terminaremos subordinándonos a la autoridad de otra persona, y en asuntos de suma importancia, esto significa que les permitimos tomar las decisiones y acciones cruciales por nosotros, como nuestros sustitutos. Abdicamos de nuestra propia responsabilidad. Ahora, si el sustituto es Dios o Jesús, entonces esto es piadoso y nos devuelve al párrafo anterior. Pero si el sustituto es otra criatura, entonces la vieja palabra para esto es idolatría. La situación empeora (incluso es absurda) al considerar que conocemos y profesamos que las criaturas son limitadas y falibles. Por lo tanto, poner una fe definitiva en ellas y en las obras de sus manos es realmente paralelo a la situación del Salmo 115: «Tienen ojos, y no ven». Los seres humanos crean los concilios, las iglesias y las matrices filosóficas, y poseen todas las herramientas para examinar las condiciones por las que fueron creados y cómo llegaron a sus conclusiones o cómo funcionan. Nosotros podemos observar si se equivocaron y cómo. Y, sin embargo, a fin de que los artefactos históricos sirvan como verdaderos salvadores filosóficos, debemos (a priori) limitarnos a ellos y prometernos no mirar lo que de todas formas se puede ver. Entonces las Escrituras se cumplen: «Semejantes a ellos son los que los hacen». 

¿Qué pasa si los diversos artefactos históricos o constructos filosóficos son correctos? Entonces la respuesta adecuada es que demostramos que este es el caso y persuadimos a otros de ese hecho. Pero no hacemos esto zapateando y gritando. Lo hacemos a través de un argumento razonado. Y si tenemos éxito, no hacemos simplemente un converso, sino que hacemos un creyente y otro maestro. Nuestro interlocutor también ve la verdad y la entiende. La realidad externa se convierte en una posesión común y ambos se benefician. 

Eclesiología 

Del rol de la razón pasamos a una eclesiología adecuada. La Iglesia, se dice, es a la vez humana y divina, pero esto solo es cierto en el sentido de que el Espíritu Santo mora en el pueblo de Dios. Como protestantes, creemos que el Espíritu Santo mora en nosotros (el pueblo de Dios), y esto significa que el lado «divino» de la Iglesia es simplemente Dios mismo y no una aproximación, un punto medio o un sustituto. Y, nuevamente, Dios mismo es común e inmediato a toda la humanidad, y es percibido y aprehendido por los creyentes. El lado humano de la iglesia es la gente (toda la gente), y las diversas estructuras de autoridad y jurisdicción de la Iglesia también son «humanas» en este sentido. 

Es cierto que hablamos de varias ordenanzas como «divinas», y así podemos decir que el «oficio de la iglesia» es un «oficio divino». Pero lo que queremos decir con eso es solo que Dios ha establecido que debe haber tal oficio en la iglesia y que este tiene una autoridad real que debe ser honrada y obedecida. No creemos que este oficio tenga atributos propiamente divinos en el sentido de que no pueda errar o que su autoridad sea absoluta e indubitable. 

También negamos que la iglesia sea una institución que se siente por encima de varias congregaciones. No es una corporación ministerial o una estructura jerárquica. «La Iglesia» simplemente es el encuentro de las personas con Dios a través del vehículo de Su Palabra. Es un lugar y no una cosa. Por lo tanto, donde sea que se presente la Palabra y la gente se reúna alrededor de ella, allí está la Iglesia. El orden es ineludible, por lo que las personas se organizarán a sí mismas de ciertas maneras, pero este orden siempre es específico para la asamblea misma. 

El apóstol Pablo es el gran falsificador de la sucesión apostólica. Él no fue comisionado inicialmente por Jesucristo, y no «sucedió» a los 12 apóstoles originales. No derivó su autoridad de ellos, y fue enfático en este punto. Gálatas 1:12 y 2:6 declaran exactamente esto, y cuando Pablo tuvo que defender su apostolicidad a lo largo de la 2da Epístola a los Corintios, comenzando en el capítulo 6, no hace apelación a sus credenciales o cargos como tales, sino que apunta a la prueba carismática de su sufrimiento y fruto ministerial. 

Por lo tanto, nuestro carácter apostólico es el mismo que el de los apóstoles. Somos llamados por Dios, a través de Su Palabra, y capacitados por el Espíritu Santo. El mundo nos conoce por nuestro fruto, y el vínculo definitivo y verdadero de la unidad es la presencia real de Dios en todos nosotros por igual. El Espíritu Santo nos une en una verdadera pericóresis; no una jerarquía institucional construida sobre la obediencia y conformidad, sino la posesión de la singular naturaleza divina. La tercera persona de la Trinidad habita en todos los creyentes, y esta es la unidad y gloria del Dios eterno. 

Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado (Juan 17: 20–23). 

Tratar de explicar estos versículos a través de la asamblea denominacional o la clásica notae ecclesiae, conduciría directamente a una herejía trinitaria. Estamos agradecidos de que no exista tal consistencia por parte de los eclesiásticos y teólogos ecuménicos modernos, pero apoyamos la observación y apelación a estos versos como la razón por la cual no gastamos energía o emoción en un proyecto que no es posible ni deseable. Nosotros no creamos la unidad de Juan 17. Más bien la reconocemos y aceptamos que existe objetivamente. Nuestra tarea, entonces, es relacionarnos con otros cristianos de una manera consistente con la verdad. 

¿Deberíamos tener unión religiosa? Solo del verdadero tipo. Esta comienza con la caridad. Deberíamos tratarnos unos a otros como deseamos ser tratados. Deberíamos ser honestos. Deberíamos tratar de persuadirnos unos a otros de la verdad. Pero no debemos simplemente exigir que el otro renuncie a sus creencias preciadas e importantes y que se someta a otra criatura. No exigimos una supraestructura «unificada» que nos mantenga unidos. Hacerlo violaría la verdad de Juan 17. 

Disposición 

El último punto, y quizás el más práctico, es que una disposición irénica puede cubrir multitud de pecados. Esto es muy diferente al mero pacifismo o al elogio adulador y la falsa humildad. No tenemos que decir constantemente «después de usted» con nuestros más amables acentos. En cambio, asumimos una especie de «mero cristianismo» como el calificador para una identificación general de «cristiano» y entonces entablamos una conversación de buena fe con otros, siendo completamente honestos acerca de nuestras posiciones y objetivos, y tratándolos con respeto y buenos modales. 

Esto no es lo mismo que ser «agradable». Los mayores oponentes pueden ser los mejores amigos. Significa ser honesto, respetar al otro y no intentar disfrazar los argumentos y la autoestimación. Esto a veces es llamado «hombría», aunque no es necesario excluir al sexo femenino. Es, más bien, un espíritu de ethos que trata de evitar la hostilidad, pero que se da el derecho de golpear fuerte si es necesario. Debemos distinguir lo esencial de lo no esencial al hacer esto, y también debemos ser capaces de separar el argumento de la persona. Se descubrirá, quizás sorprendentemente, que se puede jugar bruscamente con los amigos cuando el vínculo es fuerte y claro. 

Por supuesto, existe un tipo de fuerza «protectora» necesaria, y esta debe surgir cuando los interlocutores no están participando en el proyecto irénico, sino que están tratando de adoctrinar, dañar o hacer «naufragar» la fe de los demás. Vemos esta diferencia de enfoque cuando comparamos los herejes del Nuevo Testamento con los «hermanos débiles». Los judaizantes estaban teológicamente equivocados, pero también eran malvados. Ellos «pervierten el evangelio» (Gálatas 1:7), y son puestos bajo maldición (Gál. 1:9). Son llamados «perros» (Filipenses 3:2). Pedro dice que los «falsos profetas» son impulsados por la codicia (2 Pedro 2:3), y que son como bestias que están destinadas al infierno (2 Pedro 2:12–17). Los oponentes de Juan son «anticristos» que de alguna manera «salieron de nosotros» pero que «no eran de nosotros» (1 Juan 2:18–19). Y la diferencia entre ellos, en última instancia, era que no poseían la unción del Espíritu Santo, por lo que sus pasiones los condujeron al engaño (1 Juan 2:20–21). Esta falta de «verdad» entre la afirmación y la realidad se aplica incluso a las sinagogas de Satanás en los primeros capítulos de Apocalipsis. Observe que la iglesia de Pérgamo tiene, entre sus miembros, algunos de los herejes cuya presencia traerá juicio (Apocalipsis 2:12–16). En ningún momento se ofrece la «unidad» como la forma apropiada de interactuar con estas personas. En cambio, se nos dice que debemos corregirlos, reprenderlos y luego expulsarlos. 

Los hermanos más débiles podrían creer muchas de las mismas doctrinas, consideradas simplemente como ideas, particularmente las del tipo judaizante. Sin embargo, no son anticristos malvados, sino más bien aquellos por quienes Cristo murió (Ro. 14:15). La diferencia no es tanto la idea sino lo que la gente está haciendo con la idea y cómo tratan a los demás con ella. Si están lidiando con asuntos de la fe verdadera, entonces deben ser guiados y persuadidos con gracia. Pero si están usando la falsa doctrina para devorar a otros y darse más poder a sí mismos, entonces deben ser combatidos. 

También debemos decir que cualquier forma de ecumenismo carente de principios y que pone a un lado puntos importantes de desacuerdo entre las denominaciones cristianas privilegiadas a fin de tener una gran carpa, pero que, al mismo tiempo, se involucra en el abuso desinformado y poco caritativo de cuerpos sectarios y otras religiones mundiales (la islamofobia, por ejemplo), no es unidad cristiana, sino una de las formas más básicas de tribalismo. Si bien podemos y debemos admirar y defender nuestra herencia cultural, esta no es el Evangelio, y unirnos alrededor de esta solo es realpolitik y no el vínculo de la perfección. También es una gran deshonestidad comprometerse con la búsqueda de la verdad de una manera general (lo suficientemente general como para elegir una religión mundial sobre otra), pero a la vez mostrar un continuo desinterés por las diversas conclusiones particulares dentro de esa religión en nombre de la apreciación de la diversidad. En ambos casos, el compromiso con la verdad y la interacción caritativa con los demás como personas hechas a imagen de Dios son virtudes y deberes cristianos. 

Conclusión 

Un área donde estaríamos de acuerdo con algunas de las varias escuelas de «virtud», es que la búsqueda de la verdad debe estar unida a la formación moral. Esto se debe a que el coraje, la suma de todas las virtudes, es en sí mismo necesario para seguir la verdad a donde quiera que esta conduzca. Y, sin embargo, como protestantes, no creemos que esto deba volver a implicar una subordinación del individuo a una comunidad ritual o autoridad académica (¡O contra polis!). Significa que el individuo debe conocer a Dios y crecer en santidad. Las comunidades y otros medios son importantes para este fin, pero siempre deben apuntar hacia el Bien, y así el crecimiento del individuo en la santificación será reconocible y algo que siempre podrá usar para reflexionar sobre su comunidad y otras herramientas. Como nuestro Señor nos enseñó, el día de reposo fue hecho para el hombre, y así también el resto de los medios de gracia. 

Ser irénico reformado en gran parte significa permanecer quieto y ser uno mismo. Significa que el conocimiento de Dios también otorga el conocimiento de uno mismo, por lo que en lugar de retirarse al compromiso, debemos entrar en la realidad. Caminemos juntos en este proyecto, pero que nuestra caminata sea finalmente en el Camino. 

Tomado con permiso de The Calvinist International. Traducido por Romel Quintero.

Es el pastor asociado de Faith Presbyterian Church en Vancouver, British Columbia. Escribe sobre teología, historia y teoría política, y ha enseñado en Jr. High y High School. Es el fundador y editor general de The Calvinist International, una revista en línea de humanismo cristiano y teología política, y es uno de los directores del Davenant Institute.
2 Responses

Leave a Reply